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EDITORAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 09, Octubre de 2003  

>>    Explotación de recursos naturales

Los recursos naturales del país están seriamente amenazados. Es peor todavía. Se encuentran en franco trance de agotamiento. Es decir los que todavía, de manera definitiva, no se han agotado.
Los recursos naturales no renovables o ya no existen o ya dimos buena cuenta de ellos o, como vulgarmente se dice, están por pico de sucha. Es que les brincamos con propósitos depredatorios, a hacer tabla rasa. Es que no practicamos una explotación racional con la mira puesta en el porvenir.
Del auge de los recursos naturales mineros que en sus buenos tiempos dieron nombradía a todo el país, que determinaron el acuñamiento de esa expresión repetida mundialmente, “vale un Potosí”, como sinónimo de grandeza y poderío económico, en la actualidad sólo quedan cerros históricos en que se pasean las pobres ánimas de los mineros bolivianos diezmados por la silicosis y la inhumanidad de los explotadores que sacaron sus fortunas incalculables, en acto cruel y desleal, amén de desnaturalizado, para disfrutarlas en la esplendorosa Europa.
Bocaminas muertas, miles de compatriotas enterrados alrededor de ellas, es lo único que le queda al país boliviano que nunca pudo cambiar sus harapos, que nunca se benefició del auge minero.
Hasta no hace mucho tiempo, nuestros bosques orientales eran ricos en maderas preciosas para los más diversos usos. A partir de donde finalizaban los límites urbanos de nuestra ciudad de Santa Cruz de la Sierra era posible encontrar “manchas” interminables de madera mara tan valiosa, tan requerida por los sectores de la ebanistería, de la construcción y otros. En la actualidad, y como resultado de esa explotación devastadora, no encontramos una sola planta de mara sin duda alguna a mil leguas a la redonda.
Hablar de mara ya casi es un mito. Pensemos en otras especies maderables de menores cualidades naturales, y vamos a coincidir, con toda seguridad, en que de igual manera, o están en proceso de extinción o ya se extinguieron de modo irremediable. Así es como están las cosas.
¿Qué es lo que hemos hecho nosotros los depredadores sin alma, de nuestros ríos? Pues los hemos matado literalmente. El manso y poético Piraí, para no ir más lejos, otrora rico en peces de exquisita carne y en cuyas riberas crecía una vegetación lujuriante y perfumada, ¿qué es hoy? Pues un cauce contaminado, un gran basurero público sobre el cual se ciernen amenazadoras las horrorosas aves carroñeras.
¿Y qué es lo que nos queda de nuestra fauna tan abundante, valiosa y delicada? Ni el casi doméstico jausi ha conseguido sobrevivir a la depredación salvaje. Cazadores furtivos, los famosos colonos trasplantados sin un plan racional, sin nociones ni siquiera remotas de lo que son las reservas naturales, han dado buena cuenta de la fauna oriental que otrora impresionaba a propios y extraños por su abundancia y su diversidad. Ni moviéndonos hasta el infinito dentro de nuestro territorio es posible encontrar hoy una anta o un tropero, sólo por mencionar algunas de las especies que se han extinguido.
Y pese al enorme daño que la depredación ha causado a la región y al país todo, allí están los famosos colonos, metiéndose furtivamente en las pocas reservas delimitadas por el Estado, o asentándose con prepotencia para arrasar con lo que les sale al paso y construir sus miserables viviendas. Santa Cruz de la Sierra, el Oriente todo, ya es un desierto de ríos y montes muertos. Y a los cruceños, no se nos mueve un solo pelo. Buen futuro el que les espera a nuestros hijos.

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