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| EDITORIAL |
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, domingo 06, julio de 2003
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Mejor que mendigar
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Muy dura está la lucha por la vida. Lo sabemos todos en este país en crisis,
indudablemente. Repetirlo, no deja de ser perogrullada. Mas viene al caso una
vez más, como sustento de este comentario.
La muy dura lucha por la vida ha aguzado el ingenio. Habrá que entender que esto
es bueno para la comunidad. Y como producto de ese aguzamiento del ingenio,
tenemos una muy singular proliferación de oficios. Algunos de ellos
verdaderamente pintorescos y hasta risibles.
En todo caso, desempeñar un oficio, cualesquiera sea, siempre será mejor, mucho
más digno, que mendigar, y mucho más todavía que tomar el camino tortuoso de la
delincuencia.
Nos costó entender, para empezar con los ejemplos, al mozo aquel que nos abordó
al paso ofreciendo contar un chiste. Seguimos de largo sin llevarle el apunte,
mas, dos o tres días después, otro mozo de la misma calaña volvió a ofrecer sus
“servicios” de contador de chistes. Me paga lo que usted quiera, nos dijo, y sin
darnos tiempo a resistirnos, se mandó un chiste tan desabrido como antiguo. Pero
ya nos había ensartado y no nos quedó más que pagar.
Ya constituyen legión, multifacética y rumorosa, los mozalbetes apostados al pie
de los semáforos de calles y avenidas, munidos de una especie de rastrillo que,
aprovechándose de los vehículos que se detienen frenados por la luz roja, se
encaraman en el capó y proceden, no a limpiar, sino más bien a ensuciar, los
vidrios parabrisas. A su antojo, pasan -quiérase o no- el rastrillo dos o tres
veces y, a cobrar la moneda que no siempre se tiene a mano.
Donde quiera se estacione un motorizado, como caídos del cielo aparecen mocitos
por decenas con la oferta socorrida: “Se lo cuido... Se lo cuido”, refiriéndose
por supuesto al vehículo. La “especialidad” de cuidadores roza -si no es que da
de pleno- el campo del delito, porque quien rechaza los “servicios” de los
cuidadores queda materialmente expuesto a que roben de su motorizado piezas como
espejos, niquelados, marcas de fábrica y otros, incluyendo las placas. No es
raro, además, que el vehículo de quien rechaza a los cuidadores, desaparezca
hasta verte señor mío.
Entonces, el ofrecimiento de los servicios de cuidador reviste todas las
características de un chantaje con todas sus agravantes. O lo pagamos de a
buenas o en su defecto tendremos que atenernos a las consecuencias.
Pero hay más de los oficios pintorescos. El de los malabaristas, por ejemplo,
que valiéndose de limones o naranjas o pequeñas pelotas, se intercalan en el
congestionado tráfico urbano y empiezan a demostrar sus habilidades que, como en
los casos anteriores, hay que pagar guste o no guste se tenga o no se tenga a
manos la moneda que tiene que ser de cincuenta centavos o más, porque desatan
iras santas las de menor valor.
Sea como fuere, todas estas formas de ganarse la vida son mucho más tolerables
que las de la mendicidad, en la que están involucrados hombres y mujeres en esta
villa grigotana, procedentes del interior de la república, arrastrando
impedimentos reales o simulados y siempre con las manos tendidas en actitud
suplicante. Esa mendicidad, a la que se suman hombres y mujeres de algunos de
nuestros grupos étnicos, ayoreos, supone una forma más de dar la lucha a la
vida.
El ciudadano común, que tan bien no se halla económicamente hablando, debe
disponer de unos pesos aparte para costear a los que se dedican a tan singulares
oficios.
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