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| EDITORAL |
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 09, Febrero de 2003
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Alianzas, sus objetivos
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| Intereses personales, por decir lo menos, inspiran las alianzas que con tanta frecuencia se dan en el terreno siempre deleznable de la política nacional. Dar esto por aquello, y por lo general dentro del ámbito privado, es la base de las múltiples alianzas políticas que se celebran con besos y abrazos y con alboroto innecesario.
Cuando al gobierno nacional -ayer, hoy y siempre- empieza a apretarle el zapato porque alguno de sus socios de turno se ha insubordinado, u otro ha resuelto por propia voluntad cambiar de camisola, pasarse al otro bando, la alianza con terceros del vasto espectro político, pues francamente es el recurso obligado.
Recurso tan obligado, la alianza en este caso específico, que hasta pavorosos y desbordados ríos de sangre han tenido que salvar las partes, sin sonrojarse siquiera, para encorchetarse y echar a andar a partir de un confite, de espaldas a lo pasado que fue tan doloroso.
A veces, llenando nuestra memoria con esos cuadros dramáticos, trágicos de la historia política boliviana, nos preguntamos cómo se sentirán los mártires de tantas causas aún pendientes, viendo cómo sus seguidores políticos se abrazan, se tienden las manos, se asocian a los festines del poder y se reparten las tajadas del gobierno, con quienes, hasta las gradas en que subieron al cadalzo, fueron sus verdugos.
Mas, ya no es caso de abrir la boca con asombro. Hoy como ayer y como mañana, seguramente, avanzan tranquilos y corrientemente por las calles tomados fraternalmente del brazo, verdugos y víctimas, carceleros y guardias pretorianas, ofensores y ofendidos.
Las alianzas son de clarísima esencia materialista. Esto por aquello y al diablo con los principios, las líneas dogmáticas, las posiciones filosóficas y otras yerbas de olor. Alianzas para ejercer gobierno, para sostenerse en el poder, para asegurar votos en el congreso, para capear las siempre crudas tormentas políticas, para definir los resultados electorales, para hacer posible una ley y hasta una autorización de viaje al exterior.
Y, obviamente, las alianzas no se dan a cambio de nada. Para ejercer gobierno, una alianza cuesta cuando menos un lugar en el aparato ejecutivo, un porcentaje significativo en el reparto de las carteras del Estado, muchos escaños en el parlamento nacional, control de las ciudades del país a través de las autoridades políticas, cierto número de embajadas en el exterior y manejo de las empresas públicas, de las autarquías, con incumbencia en los negociados de volúmenes mayores.
Las alianzas se perfeccionan para distribuirse los gobiernos regionales. En las transacciones son moneda corriente las alcaldías, las oficialías mayores, las presidencias de los concejos, las direcciones y todas esas menudencias de nuestro ramo administrativo que seguramente nosotros mismos creamos hace dos siglos para tener con qué negociar.
Alianzas y más alianzas. De las que no se oye hablar, al menos en tono serio y confiable, es de alianzas para mejor servir al país, a las regiones y a nuestros pueblos.
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