Grandes, medianas y pequeñas factorías en que se produce cocaína son casi a diario descubiertas y, precisamente, dentro de los límites de nuestra extendida jurisdicción departamental. Las tales factorías, que surten los mercados opulentos y ansiosos de la droga, nos ensucian la imagen de cruceños y de bolivianos, virtualmente todos los días, sin faltar ninguno.
A consecuencia del intenso y sostenido tráfico de las drogas heroicas, particularmente de la cocaína, la región nuestra, y por extensión el país todo, su valor histórico y la situación socio política y económica, están tocando fondo y, desde luego, no sin horroroso y a la vez degradante estrépito. Figuramos a estas alturas, en los planos universales, con el estigma repudiable de narcotraficantes.
Dentro de este panorama ominoso no faltan los conformistas in extremis que, repitiéndose aquella perogrullada de “así fue siempre”, poco se inquietan y menos aún se incomodan ante el arrollador auge del narcotráfico. Pero si bien es cierto que desde que los estupefacientes invadieron espacios de la sociedad contemporánea universal, nuestra región y nuestro país no lograron sustraerse, por un lado, del pingüe negocio de producirlos y abastecer, y por el otro, el más grave, de consumirlos, nunca como hoy, todo lo referente a aquellas fases, producción, abastecimiento y consumo interno, alcanzaron el auge, la intensidad que hoy se palpa y se percibe con abrumadora y deleznable claridad.
Aunque estrictamente no hemos medido, desde sus inicios, el fenómeno del auge actual del narcotráfico en sus diversas fases, a contar de su punto de partida, creemos que este punto de partida se percibe desde que, por circunstancias que no viene al caso, -esta vez-, analizar, se consumó la exclusión de la DEA, forzada o por voluntad propia, de la lucha abierta y planificada contra el flagelo degradante. Ausente ese organismo, privados de su presencia en el vasto territorio nacional y muy en particular en la parte que más nos concierne, el tráfico de los estupefacientes nos atropella desde que despunta el día hasta que se muere.
Con franca amargura descubrimos a través de los diferentes medios de comunicación, que si no es en nuestra propia casa grande, es nuestra gente la que traspasa sus umbrales con alijos de cocaína encima para caer en manos de policías o de fuerzas especiales antidrogas de países vecinos o del otro extremo del planeta. Y en aquel sórdido ir y venir se involucran cada vez más, para hacer más dolorosa la experiencia, tanto hombres como mujeres, tanto jóvenes como ancianos y hasta menores de edad que impíamente y carentes de entrañas, son utilizados como portadores y de manera reiterada.
Padecemos lo indecible cuando damos la cara los bolivianos en tren de viaje por el otro lado de nuestras fronteras y nos miden con el recelo con que sin duda se mide a los sospechosos. Ni qué hacer, así es como se nos cataloga y en parte por nuestra propia culpa.
Muerte civil
Oso Mier ®® Sonría plis
Llegué temprano a mi casa. Mi gente desayunaba y nadie respondió mi saludo. Sólo Chocolate, mi perro fiel, me movió la cola, pero mi suegra le hizo una seña y el can se retiró con la cola entre las patas.
Pregunté qué había pasado, ¿por qué había un pacto del silencio entre todos?, silencio que lo rompió mi suegra diciendo:
- Y usted, ¿todavía se atreve a hablar? Pero mírese... con la camiseta de Blooming, si nunca fue hincha de ese club. Seguro que ha estado bebiendo gratis con los blooministas.
- Bueno, reconozco que no soy hincha de Blooming, pero es un campeonato para todo Santa Cruz.
- Eso no se discute. Lo que pasa es que está usted castigado. Ha sido sometido a una muerte civil. Está confinado y dormirá con el perro.
- No pueden hacerme eso, sin previo proceso.
- Qué proceso ni ocho cuartos.
- ¿De qué se me acusa?
- De haber abandonado toda una noche a su familia y volver en estado de ebriedad.
- Vuelvo en estado de felicidad. No bebí, bueno bebí pero no me emborraché y me amanecí porque le pusieron candado a la puerta de mi amigo bloominista.
- ¡Pruebas, quiero pruebas! Sópleme en mi ojo, me dijo mi suegra, pero yo sabía que iba a ser inútil. A mi casa había ingresado una nueva pandemia. Confinar, apresar y prohibir los derechos civiles a candidatos que ni sentencia tienen. Es que el poder es a veces abusivo. Acomoda las leyes a su conveniencia. Peor aún, se ríe en las leyes.
Mi suegra seguía hablando, masticando el chicle de la bronca en medio de su comedor postizo, sus dientes, y cada vez se parecía más al ministro de Defensa que no se por qué, apuntó su artillería a la Corte Nacional Electoral que lo único que ordenaba era que un ciudadano encarcelado y sin proceso tenga derecho a hablar.
Iba a volver a salir pero en la tele dieron una noticia que confirmó que Bolivia cambia, Chichi es masista y Evo cumple. Me dio miedo salir a la calle y preferí agarrar el toro por las astas y compartí una cerveza con mi madre política, que es la única política que no cambia.
* Politólogo que necesita un psiquiatra para que le explique qué clase de locuras pasan últimamente en nuestra política.