Miércoles 16, Septiembre 2009
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia
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Armamentismo y fiebre porcina



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Un lechón al horno o unos perniles bien adobados, por sólo decir algo, hacen del puerco un animalejo bien cotizado aquí y en cualquier parte del mundo. Con la carne del animalejo y sus cientos de formas para llevarla a la mesa, no hay quien no se chupe los dedos y quede sin pedir repetición, no obstante que en exceso, la carne porcina provoca desarreglos gástricos.
Pero resulta que el animalejo, es decir, el puerco, de norte a sur y de este a oeste, a todos los bípedos civilizados e implumes nos tiene con el Jesús en la boca, sean hombres o mujeres, jóvenes y viejos, no precisamente por exceso súbito en el consumo del lechón al horno ni de los jamones, sino porque, según los biomédicos, el puerco sería, o es más bien, portador de una bacteria o algo por el estilo que desencadena una fiebre (porcina), que suele ser fatal cuando se instala en el organismo humano.
Y desde que la bacteria y sus efectos empezaron a levantar roncha en estos valles del Señor ya transcurren cuatro o cinco meses, poco más o poco menos, con miles y tal vez millones de afectados por el bichillo y miles de muertos que ya se encuentran, con sus almas, a la diestra del Dios Padre esperando el Juicio Final, confiados en la benevolencia divina.
Cuatro siglos atrás, la peste negra, viruela, en Europa, causó mortandad y hasta determinó la caída de reyes y de reinas, amén de otros cataclísmicos desastres. Pero en ese entonces, aparte de que la política tenía ribetes muy similares a los que hoy la adornan, las ciencias y las investigaciones científicas estaban en pañales y poco o nada se podía esperar de ellas. Hoy, en cambio, es tal el avance en esos campos que no deja de sorprender que no se haya hallado aún el antídoto, el remedio que nos ponga al cubierto de la porcina enfermedad.
Vacuna, sí hay, nos soplan al oído, pero no son efectivos los medios para aplicarla oportunamente y a todos los estamentos sociales, en especial a los más privados de la fortuna. Más están en otra cosa los gobernantes, y hasta diríamos los pueblos, en la política mezquina, en la politiquería, en el expansionismo, en aparatosidades de vedettes consentidas. Más están, y esto es lo peor y más dramático, empecinados en armar ejércitos por agua, aire y tierra, invirtiendo sumas astronómicas en pertrecharse cual si la guerra estuviese ya declarada o fuera el tiempo ineluctable de la conflagración y del sangriento holocausto.
En casi todos los pueblos de esta nuestra América, amén de la peste porcina y de otros males regionales sin tratamiento eficaz, hay sectores sociales de miles y miles de seres que padecen hambre, que arrastran el estigma pesado del analfabetismo, que carecen de empleo para ganarse el pan de cada día, que no tienen, en fin, ni en qué caer muertos. Mas, a despecho de esta trágica realidad, suman millonadas y millonadas los dineros que se destinan a la compra de armamento del mayor poder destructivo. Quienes tengan hambre, que alcen las piernas y laman hasta que les dé calambre. Viene al pelo este dicho popular viejo nuestro.


¿Hasta cuándo el desacato?
Marcelo Rivero
Duele cuanto uno ve en nuestro pueblo ya sea caminando o viajando en motorizado, o que aprecia en el periódico a través de fotos y textos informativos. Al mismo tiempo invade una sensación de impotencia porque nada se puede hacer, porque la autoridad que ponga las cosas en su lugar no aparece y porque la observación que uno hace al infractor, la sugerencia que le propone o el consejo que le da, son respondidos con palabras groseras y con gestos obscenos. Hay que darse por feliz si sólo nos matan con la indiferencia.
Coincidiendo con recientes publicaciones de EL DEBER que muestran un ‘trufi’ con dos pasajeros adelante más el chofer y con el despelote en La Ramada -¡más de 70 toneladas de desperdicios había sacado la comuna de allí la semana pasada!-,  el domingo pasado decidí ir a pie al supermercado que está a 700 metros de mi vivienda; la flojeé al retornar y tomé el primer vehículo de servicio público que pasaba, por desgracia el llamado trufi. No había recorrido ni 100 metros -cruzando la avenida- y el conductor se detuvo para que suban dos pasajeros, diciéndome que me recorra para que uno entre adelante. Me negué haciéndole notar que transgredía una regla, me respondió que estaban autorizados, le reclamé la plata que le había pagado por el pasaje para bajarme y no me la quería devolver; no me dio la gana de bajarme ni de darle campo al viajero que aguardaba, hasta que el ‘llocalla’ cedió seguramente porque los ‘pavos’ de atrás me dieron la razón y exigían seguir viaje. Y anteayer, ya en mi auto, me dirigí al mercado La Ramada topándome con el infierno de siempre: ventas donde les place a los ‘gremiales’, automotores que se cruzan temerariamente y que se aparcan en cualquier sitio -cuyos choferes creen que arreglan la falta poniendo guiñadores-, basura a diestra y siniestra, la toldería inmensa que es ejemplo vivo de promiscuidad y una ‘invitación’ a varias clases de tragedia, como las que pueden surgir de la suciedad -porque abundan los insectos transmisores, y seguro que ratas y ratones-, a escasos metros de donde se expenden alimentos, y peor aún si se produce un cortocircuito.
Completando la dosis de aquel desbarajuste están los niños, incluso de dos o tres años, que andan de aquí para allá, que pueden ser arrollados y que hacen sus necesidades fisiológicas donde les cita, los ‘cleferos’ que están en las mismas y a la pesca de un desprevenido para robarle, los delincuentes que aprovechan la casi nula presencia de agentes policiales.
En menor o mayor medida estos problemas se dan en casi toda la ciudad y en casi todos los centros de abastecimiento popular, que a la par de hacernos preguntar hasta cuándo el desacato nos impulsan a expresar dolor por lo que acontece en nuestro pueblo amado. 


El domingo 28 se juega el clásico cruceño, ¿quién ganará ese partido?

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