En estos tiempos de ‘cambio profundo’ –como le gusta reiterar al Gobierno del presidente Evo Morales- hay sectores de prioridad absoluta donde, hasta el momento, no se percibe cambio alguno. Uno de ellos y verdaderamente fundamental, es el campo de la salud.
El artículo 7 de la Constitución Política del Estado actualmente vigente expresa que toda persona tiene derecho a la salud y se ‘garantiza’ el acceso a los servicios de salud. A todo esto, el nuevo proyecto de CPE acordado políticamente el pasado mes de octubre en el Congreso, es aún más ampuloso, ya que expresa (Art. 18) que “todas las personas tienen derecho a la salud” y en otra parte del texto se manifiesta que “el Estado garantiza la inclusión y el acceso a la salud de todas las personas, sin exclusión ni discriminación alguna”. Finalmente, hay un extenso párrafo que reza textualmente: “El sistema único de salud será universal, gratuito, equitativo, intracultural, intercultural, participativo, con calidad, calidez y control social. El sistema se basa en los principios de solidaridad, eficiencia y corresponsabilidad y se desarrolla mediante políticas públicas en todos los niveles de gobierno”.
El que lee esto sin conocer Bolivia, pensará que acá hemos llegado al Paraíso terrenal de la salud, a una verdadera maravilla. Lamentablemente, en esto como en tantas otras cosas de nuestra patria, la distancia entre el papel y lo real resulta abismal. Ya sea con la actual CPE o con la futura, es difícil que a corto plazo se cumpla un mínimo de lo dispuesto en la Ley de leyes del país. En Bolivia el sistema de salud sigue en estado calamitoso, para desgracia de los pobres, de los más humildes.
A los que por no disponer de recursos tienen que acudir forzadamente a hospitales públicos, les espera un verdadero calvario con todas las calamidades imaginables. O no hay salas disponibles para operar, o no hay habitaciones, o no hay espacio, o no hay remedios o no hay equipos o no hay médicos y enfermeras, o falta todo junto. Así de simple y de dramático. Esta es la realidad en cualquier parte de la república y con contadas excepciones a la regla, si las hay. Agreguemos a ello la triste tasa de mortalidad en los hospitales públicos.
A un boliviano necesitado, carente de recursos y enfermo, de poco le sirve el palabreo oficialista en torno a la ”recuperación de los recursos naturales” o que “ahora Entel es del pueblo y tenemos el derecho humano de comunicarnos”, o que “el Estado controla y ya no lo hacen los capitalistas extranjeros y el imperialismo, etc., etc. De nada sirve esa cháchara frente a la necesidad urgente, real y dramática, de un boliviano humilde que precisa cuidados médicos mientras el Estado es casi absolutamente incapaz de brindarlos.
Estas son las grandes injusticias de Bolivia y parte de las grandes tareas que el gobierno debería estar realizando, en lugar de estatizar cuanta cosa encuentra en su camino. Sin una buena salud, sin garantías de curar al enfermo y reponer al accidentado, poco futuro puede tener un país.
Nutrición infantil, educación, salud, acceso a los servicios básicos, posibilidades de tener un trabajo digno y seguridad, son los pilares fundamentales de toda sociedad civilizada. Y en esto, el Estado boliviano viene fallando miserablemente desde hace mucho tiempo.
Es hora de cambiar de verdad. Tales cambios deben venir en torno a las cosas diarias de la vida, en torno a lo que necesita la gran mayoría del pueblo. Si de cambios profundos se habla, comencemos con lo que la gente necesita, aquí y ahora. Comencemos con la salud pública, prácticamente en ruinas.
Obama: perspectivas en Latinoamérica y Bolivia
Dominicus
Tras la victoria de Barack Obama en las recientes elecciones norteamericanas, han comenzado a derramarse torrentes de tinta (y cuantiosos análisis) en torno a lo que hará el futuro presidente de la superpotencia con respecto al mundo y a América Latina. Asimismo, varios líderes latinoamericanos se han apresurado a enviarle saludos. También tenemos los de Evo Morales, quien se ha preocupado -en sus saludos a Obama- más por Cuba y por Irak, que por temas que hacen al futuro inmediato de los bolivianos.
La verdad de las verdades es que toda América Latina, con la excepción de México por ser país limítrofe, está en la categoría “b” de las prioridades estadounidenses. La agenda nacional es para EE.UU la fundamental, sobre todo ahora con la crisis financiera y sus peligrosas derivaciones. Luego vienen otros aspectos del escenario internacional: Irak, Afganistán, la lucha contra el terrorismo, la Unión Europea, el Grupo de los 8, las nuevas tensiones geopolíticas con Rusia, etc. Así de simple y de real. Obama no se está quedando con insomnio por pensar en Bolivia o en alguno otro de nuestros países. Lo más probable es que ahora ni se acuerde de nosotros hasta que llegue el momento adecuado.
No hay que hacerse, pues, muchas ilusiones. América Latina no tiene prioridad en la agenda de Barack Obama. Por otro lado, EE.UU tiene políticas de Estado que van mucho más allá de los cambios de gobierno. El nuevo presidente dará su personalidad y sello a la nueva administración, pero otras cosas seguirán igual.
Con Bolivia lo primero será siempre el tema del narcotráfico (ahora en auge) y la reducción de la producción de hojas de coca derivadas hacia la droga. A ello agréguense como factores de relacionamiento los programas de cooperación, hoy en entredicho por el gobierno boliviano. En este campo, habrá que esperar las posibles consecuencias de las acciones locales (expulsión del embajador, suspensión de la DEA, etc.).
Estados Unidos es una ‘república imperial’, al decir de Raymond Aron. Y a ningún imperio le gusta que humillen a uno de sus símbolos principales, como sin duda lo es su embajador. Habrá que afrontar, repito, las probables consecuencias para Bolivia de tales acciones. Sin embargo, creo que EE.UU seguirá teniendo enorme paciencia con respecto a las actitudes gubernamentales del momento y reiterará su permanente voluntad de cooperación.