“Algo está podrido en Dinamarca” reza una de las inmortales líneas de la obra Hamlet, del dramaturgo inglés William Shakespeare. Parafraseando ese histórico dicho podríamos afirmar que algo huele mal (o está podrido también) en el tema surgido como subproducto de las lamentables demoliciones de viviendas populares que, con razón, han conmocionado a la opinión pública. Una desafortunada acción -que mereció el oprobio ciudadano y cuyos culpables deben ser sancionados- destapó lo que parece ser una preocupante olla de corrupción en torno a la compra-venta de terrenos y a la construcción de viviendas sociales que propicia el actual Gobierno mediante concesiones especiales a determinadas empresas.
En efecto, la propia demolición ha constatado –así lo afirman los entendidos- la extrema precariedad de dichas viviendas y su costo real, muy por debajo del precio de venta. Pero lo peor estaba por venir: ahora surge un potencial negociado con las tierras donde se edificaron las casas. Una humilde lavandera ha confesado ser un mero “palo blanco” para la adquisición de los terrenos y nada menos que por una cifra de varios centenares de miles de dólares. Es casi inconcebible que esa operación se hubiera realizado como “normal”, sin tomar recaudos en torno al origen del dinero y su legitimidad, que ciertamente no era tal, ya que de ninguna manera la compradora podía justificar con sus magros ingresos semejante cantidad de dinero. A partir de ahí han surgido diversas especulaciones acerca de manejos dudosos.
El tema está aún en fase investigativa y ojalá se llegue al fondo de la cuestión. Por otro lado, es necesario que se esclarezca definitivamente cómo y de qué manera se adjudica la construcción de estas viviendas, qué es lo que hay por debajo de la superficie, etc. En suma: se requiere total transparencia en torno a estos hechos que indirectamente involucran a las autoridades del Gobierno, las que tienen a su cargo las decisiones fundamentales en ese campo.
El presidente Evo Morales repitió desde el inicio de su gestión que ella iba a ser de “corrupción cero”. Varias sombras ya tiñen de oscuro esa sana intención. Ahora, el asunto que nos ocupa, pone las cosas en un lugar candente y en algo de suyo muy delicado (las viviendas a bajo costo para el pueblo), elemento a manejarse con el máximo de honestidad y no mediante oscuras maniobras.
La demolición fue cruel y sin sentido, hay que sancionarla. Pero también debe sancionarse ejemplarmente a aquéllos que lucran con las necesidades populares y generan actos reñidos con la ética. La investigación tiene que ser implacable y llegar al fondo mismo de las cosas, es lo que todos esperamos para poner fin a este enredo. Asimismo, de aquí en adelante las cosas tendrán que conducirse de otra manera en el campo de las llamadas “viviendas sociales”. No se puede lucrar ni especular con las necesidades del pueblo y menos aún, con el sueño de la vivienda propia para los más humildes.
El sospechoso embrollo queda ahora en manos de la justicia. Estaremos atentos al desarrollo de esta lamentable situación.
La falta de combustibles
Marcelo Rivero
En tanto a las autoridades respectivas y al propio Gobierno se les va el tiempo en explicaciones y en promesas que ya llevan cerca de tres años con relación a la explotación petrolífera y a la producción de carburantes, la gasolina, el diésel y el gas en garrafas se convierten en artículos cada vez más escasos, de lujo diría. Aquí en Santa Cruz de la Sierra, en ciudades y pueblos de nuestro departamento, y en muchos otros puntos del país, los dueños o los conductores de vehículos de uso público y particular andan 'husmeando' por los surtidores y si encuentran uno que esté vendiendo el combustible que emplean le brincan como moscas a la miel, ya sea porque el tanque está con el concho o para reforzar la provisión. Contraviniendo la regla -porque primero hay que 'asegurarse'-, he visto a varios que ponen unos pesos encima y se hacen llenar los bidones que llevan en el maletero. Idéntica es la desesperación entre las amas de casa y los vendedores de comida, desde modestas pensiones hasta restaurantes de categoría; sufren porque están trabajando con las últimas gotas del gas que consiguen con sobreprecio y tras largo peregrinar. (¡Bolivia cumple, Evo no cambia!, o algo así, dice una huevada de las tantas que se escuchan en estos tiempos tan desventurados para la patria).
Cifras multimillonarias son las que está perdiendo medio mundo por la carencia de combustibles: el obrero que se busca la vida en uno u otro oficio, el changador, el comerciante, el profesional, el oficinista, la vendedora de pastillas, etc., todos ellos porque no pueden llegar o llegan a las quinientas al lugar donde desempeñan sus actividades. Ven mermados sus ingresos los choferes de taxis, camiones, colectivos y microbuses de corta y larga distancia, porque sus 'herramientas de trabajo' están operando a media fuerza porque no hay diésel. Lógicamente que también están perdiendo plata los propietarios de esos medios de transporte, puesto que no sólo han reducido las horas de circulación de sus vehículos sino que se ven obligados a paralizarlos totalmente. Qué se puede decir de los empresarios chicos, medianos y grandes, de los ganaderos; muy especialmente de los agricultores que están en la disyuntiva de seguir remando o alzar los brazos ya que el diésel es imprescindible para mover la maquinaria de siembra, de fumigado, de cosecha, de transporte de los productos...
Y para el Estado es un descalabro porque deja de vender lo que a estas horas tendría que estar fluyendo a todo dar de las entrañas de la tierra, copando los surtidores, llegando a los mercados externos... ¡Dinero fresco aunque sea para cercar pueblos y congresos, para seguir botando gringos, mejor aún, para declararle la guerra a EEUU!
¿Y por qué la carencia de combustibles habiendo petróleo? ¡Son los frutos de la nacionalización de pliqui y de la eficacia de la resucitada YPFB!