Si nuestras relaciones con Estados Unidos eran ya bastante complicadas, ahora ingresan a una fase de mayor incertidumbre con la última decisión del Presidente de la República de declarar “persona non grata” al embajador de la potencia del norte en La Paz.
Huelga decir que determinaciones de tal tipo no constituyen una novedad, aunque son de poca recurrencia en las relaciones bilaterales de los Estados. Se basan en acciones y actitudes violatorias de normas diplomáticas y protocolares que deben observar los representantes foráneos, en resguardo del respeto, imagen y seguridad que se merecen los países en los cuales fueron acreditados, así como de no injerencia en los asuntos domésticos de los mismos. Ante transgresiones plenamente comprobadas a las respectivas reglas, procede la declaratoria de “persona non grata” para que en el término legal, que no sobrepasa las 48 horas, el cuestionado diplomático haga maletas y vuelva a su país de origen.
Contra el embajador de Estados Unidos cursa la acusación de que impulsa entre bambalinas el “golpe de Estado civil” que los prefectos y movimientos cívicos de las regiones de la ‘media luna’ estarían organizando para derrocar al presidente Evo Morales, sindicación a la que se suma, desde Venezuela, Hugo Chávez, mentor y financista de casi todos los esquemas del MAS para la hegemonía política total. Los sindicadores pasan por alto los factores ostensiblemente causantes de la actual y por cierto violenta arremetida antigubernamental. Nos referimos al ilegal recorte del IDH a los departamentos y al empecinamiento de Evo Morales y de sus hombres de imponer a toda costa su ‘visión de país’, ignorando que cinco de las cuatro regiones que lo integran no quieren lo que él y su gente se proponen, sino un Estado descentralizado en autonomías departamentales reales que siga sujeto a los principios de una plena independencia y coordinación de poderes, al pluralismo ideológico y político en el ejercicio de una representación popular determinada por el voto mayoritario y no por la pertenencia étnico-cultural, así como otros postulados de la democracia moderna.
¿Cuáles son las consecuencias de tal declaratoria de persona non grata? Desde luego que Estados Unidos no romperá relaciones diplomáticas con Bolivia por el solo hecho de que el Gobierno de Morales le aplique semejante marbete a su embajador en La Paz. Sin embargo, exigirá explicaciones basadas en pruebas contundentes respecto a la acusación.
Entretanto, acogiéndose al principio diplomático de reciprocidad, le ordenó a nuestro embajador en Washington empacar y tomar el avión que lo lleve de retorno a la ciudad del Illimani.
Es poco probable, sin embargo, que todo esto provoque un rompimiento de las relaciones boliviano-estadounidenses. Éstas continuarán, pero sólo a nivel de “segundones” diplomáticos (ministros encargados de negocios) en ambas embajadas, específicamente circunscritas a sectores básicos.
Desde luego que provocará efectos negativos para Bolivia semejante rebaja de rango en la relación bilateral con Estados Unidos. Somos un país débil y todavía estructuralmente ceñido a la dependencia. Con poca chance, en consecuencia, de imponerse en esta pulseada diplomática a la gran potencia del norte.
Preocupante: crece el centralismo mental
Dominicus
Como ya lo dije en otras oportunidades: mientras proclamamos autonomía, el centralismo sigue campante, inclusive cada vez más fuerte. Tendremos que luchar contra eso con todas las armas legales disponibles y también utilizando progresivamente los mecanismos previstos en el Estatuto Autonómico aprobado abrumadoramente el pasado 4 de mayo. La lucha será larga, pero confiamos en que sea exitosa. Las autonomías son irreversibles.
Sin embargo, algo que me preocupa de parte de alguna de nuestra gente en Santa Cruz es el centralismo mental, la dependencia –casi patológica– en la mente acerca de algo que está en La Paz y a lo que hay que llamar o convocar, como sea, a como dé lugar, aunque localmente se tenga lo propio.
Este tipo de centralismo, por estar metido en la cabeza, es mucho más duro de combatir que el centralismo andino externo y de naturaleza burocrática. Para explicarme daré un simple ejemplo, no sin dejar constancia de que hay muchos más y cada cual debe tener, inclusive, alguna anécdota similar.
La semana pasada, teniendo acá su propia oficina, una entidad privada llamó a La Paz para coordinar una reunión conjunta. Sí, amigos, no llamó a su propia unidad local para pedir que ella establezca la reunión (lo que era lógico y de esperar), sino que por el impulso del acendrado centralismo mental y pese a tener su oficina en Santa Cruz, llamó al altiplano para que desde allí se estableciera el conducto de la reunión. ¿Qué tal? Como este simple caso, hay centenares. Algunos cruceños se han autoimpuesto y autoestablecido una especie de esclavitud interna –muy acendrada en sus mentes– que impulsivamente los hace dependientes del centralismo, aunque tengan acá las herramientas institucionales necesarias para evitarlo. Y eso sí que es preocupante, hasta peligroso.
Mientras muchos cruceños y cruceñas no se deshagan del centralismo mental que les surge a ratos casi como reflejo instintivo, bien difícil será la lucha por una auténtica autonomía. Es más, el caso que conozco vino de un empresario muy entusiasta de las autonomías regionales, pero está visto que su centralismo mental pudo más…
Como este caso hay muchos, reitero. Esto debe cambiar. El centralismo debe ser extirpado primero de la cabeza, para luego ser aniquilado en el terreno institucional. Una cosa no funciona sin la otra.