Pasando factura a su antecesor por muertes de compatriotas a merced de los enconos políticos, se estrenó el actual régimen. La impresión que produjo la emisión de la tal factura no era otra que la de mostrar a los gobernantes de la víspera dedicados a la cacería de seres humanos. Ni más ni menos, que como si por entretenimiento o por deporte, se hubiesen dedicado a salir por calles y plazas a cobrar piezas de bípedos implumes, hermanos nuestros por añadidura.
En tonos de espanto y con intención condenatoria, el nuevo régimen les abrió cargos a sus predecesores y a tambor batiente les inicio juicios ante los tribunales ordinarios. No pocas veces, los del nuevo régimen hicieron alusión a sus manos limpias, a sus conciencias tranquilas y hasta aseguraron que las páginas de sangre fraterna vertida no se repetirían en el tiempo presente.
Robustecieron el ánimo estos anuncios, entre otros, con los que se abrió paso a buen ritmo el régimen que predicaba estentóreamente el cambio. La opinión pública respiraba con alivio y hasta hacía fuerzas para que se escarmentara a los antecesores, que dieron trabajo a la descarnada parca.
Se terminó la cruel cacería de hermanos, coincidía con alivio la gente toda de nuestra Bolivia. Y de manera espontánea batía palmas al paso del naciente régimen y de sus calificados exponentes.
Pero mucho antes de que hasta los más pesimistas pudieran pensarlo siquiera, se abrió una nueva cuenta por muertos en el fragor, en el encono de las luchas políticas. Una nueva cuenta que, aunque nadie podía imaginar siquiera los alcances de su magnitud, empezó a crecer dramática y muy dolorosamente hasta redondear guarismos , lo que se dice, de espanto.
Detonante de tan dramático incidente, en su cruel ahondamiento y en su espantosa repetición, no fue tanto el encono político que no cedió, desde luego, sino más bien la obcecación, el ensimismamiento, el concepto providente que de sí mismos y de sus actos alientan los del nuevo régimen. Reacios a las rectificaciones, nada interesados en limar asperezas, soberbios dentro del marco de su relativa mayoría, los del nuevo régimen, como grande cosa, se declaran abiertos para dialogar; pero con la advertencia por delante de que, en el manejo de los intereses públicos que han adoptado, están resueltos a aceptar modificaciones de forma, pero de ninguna manera de fondo. Lo que en buen romance viene a ser igual a nada, pues a nadie interesa reemplazar un punto por una coma o algo por el estilo.
Frente a posiciones tan inflexibles y teniendo en cuenta la falta de interés en una conciliación que le abrevie al país un ruidoso y catastrófico desbarrancamiento, desde lo hondo del corazón del boliviano limpio brota una demanda con genuina pasión e insospechada solidaridad humana: ¡No más sangre!
Aplauso a jóvenes y a no quejarse
Marcelo Rivero
El corrupto y servil periodismo que maneja el masismo resaltó los excesos que se cometieron tras tomar, los jóvenes autonomistas (de la Unión, de ‘la Gabriel’ y de los barrios), instalaciones estatales, algunas de las cuales ya tendrían que haber desaparecido de haberse aplicado, como era de ley, los resultados del legítimo referéndum del 2 de julio de 2006 (¡más de dos años lleva esta burla y estafa del Gobierno!).
Señaló el ‘vandalismo’ y nadie, o casi nadie, recordó que en estas medidas se caldean los ánimos, no pocos manifestantes se ‘desahogan’, descargan sus furias cuando ven frustradas sus aspiraciones (en este caso autonómicas) y rompen vidrios y destruyen muebles y aparatos. Cuando esto ocurría el martes, un señor que miraba la TV-igual que yo- dijo, reprochando la acción, ‘qué chicos buenos’, a lo que respondí ‘pero no han linchado a nadie’ (como hacen los paisanos en Chapare, en San Ignacio y en cualquier punto de Bolivia en aplicación cruel de la ‘justicia comunitaria’).
Claro que no se justifica la violencia ni que se aprovechen para sustraer objetos. Pero también hay que decir que en estas circunstancias siempre aparecen los delincuentes y los activistas contrarios que se camuflan y se meten entre la multitud para pescar en río revuelto. Pasa en todo el mundo tan pronto como se producen protestas e infelizmente seguirá pasando, más aún cuando, como en las tres cuartas partes del territorio boliviano, un Gobierno dictatorial está desconociendo derechos incuestionables. Para la próxima habrá que sugerir -sugerencia que hay que extender a todo el planeta- que lleven a unos sociólogos, a unos psicólogos, a unos religiosos, ¡a la Policía!, para que en medio de las trifulcas aconsejen, reflexionen y arresten a los pillos e incrustados que aprovechan el calambre para destruir y robar.
No obstante, los excesos los jóvenes autonomistas merecen un aplauso cerrado de la gran mayoría ciudadana que aspira a lo mismo. El pasado miércoles en la tardecita y después de las 10 de la noche estuve ‘husmeando’ por algunos puntos ‘tomados’ y vi a centenares de muchachos haciendo guardia, soportando el fuerte olor de los gases y el humo, apenas protegidos por pañuelos, decididos a morir por un ideal, porque a eso se exponen ya que el centralismo totalitario puede mandar atacarlos y ellos apenas disponen de unos palos, de unos cohetes y de hondas para defenderse. Encima hay quejas porque se pierde plata al no haber actividades. ¡Así es señores, no sólo hay que perder, sino que se debe aportar a la causa! Si un rato de esos regalamos 800 pesos a una madre colla y pobre que alumbró trillizos, si otro rato gastamos 80 dólares en una suculenta comida, ¿cómo no tener 500 pesos y dejar de ganar no un día sino una semana por la ‘causa’? ¿Queremos autonomía? Sí. ¡Pues es poniendo, con sacrificio y sin medias tintas! Y mi admiración a esos jóvenes.