La protesta social empieza a brotar en el país a raíz de una crisis traducida en la inflación de los precios de los alimentos componentes de la canasta familiar, circunstancia que pone en situación difícil a gente que con lo que gana apenas puede ya abastecerse en el mercado para una o dos semanas.
Algunos desfiles de cacerolas vacías y las exigencias de ciertos gremios para que se les fije incrementos salariales acordes con el encarecimiento de la vida, son los signos delatores de un malestar que hasta abril o mayo podrían alcanzar una peligrosa intensidad. Maestros urbanos y rurales, la COB y sus filiales departamentales, junto a otros sectores, podrían ser quienes enciendan la mecha de un conflicto cuyo estallido el Gobierno debiera evitar.
Lo malo es que diversos factores corren a favor de una inflación que al parecer será imparable. La contingencia tiene sus causas más remotas en el mercado internacional, donde la demanda de artículos alimenticios es superior a la oferta. El encarecimiento de los alimentos se da también en América Latina, Estados Unidos y Europa, alcanzando particular severidad en España y Alemania. La creciente industrialización de los productos alimenticios y el incremento demográfico determinarían el fenómeno, aunque no faltan quienes refieren la causa principal a una creciente aplicación de capital y tecnología en ramas que nada tienen que ver con la producción de alimentos.
Entre nosotros, a las causas externas, que no sólo son las anteriormente señaladas, sino también los graves tropezones económico-financieros de efectos negativos para la economía de otros países, como la desestabilización del mercado inmobiliario en los Estados Unidos, se agregan las que tienen su origen en los daños y perjuicios que provoca en la agropecuaria el fenómeno La Niña con sus inundaciones y destrozos a la infraestructura vial. Se produce hoy en Bolivia sensiblemente menos de la cantidad que exige la demanda. Por tanto, los precios de la leche, del arroz, de la carne y otros productos se encarecen a ritmo mucho más acelerado que en otras partes.
A tales factores engancha su carro, a la vez, la incapacidad gubernamental para enfrentar la situación con idoneidad. Opta por medidas de efecto puramente transitorio, como la importación de alimentos (que en algún porcentaje son contrabandeados al exterior por los comerciantes compradores), de espaldas a programas de reactivación del aparato productivo nacional. Hace poco o nada para que la agropecuaria le garantice al país la seguridad alimentaria que antes le brindaba.
Planteadas así las cosas, el tiempo corre contra el Gobierno desde la microeconomía, que en todas partes hace de estímulo para reflejos sociales y políticos críticos cuando aquella sufre el embate de fallas y carencias.
Huelga decir que el Gobierno no parece tomar en cuenta la citada desventaja. Si se percatase de ella, dejaría de “politiquear” en la línea de la maniobra y del conflicto, para ocuparse a fondo de la microeconomía, alentando y estimulando a la agropecuaria a fin de que produzca más para que los precios de los alimentos no sigan disparándose hacia arriba.
Dos comentarios puntuales
Dominicus
FARC: narcotraficantes y terroristas
Las llamadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), ejercen acciones de violencia en Colombia desde hace décadas. En ese drama que lamentablemente arrastra el país hermano, las FARC han probado ser eficaces en secuestros y en tráfico de estupefacientes, generando así auténtico terror y medios financieros. El calificativo internacional de terroristas está dado por su conducta, no por intereses malévolos ni por el “imperialismo”. De ahí entonces mi profunda extrañeza ante la ambigüedad de la mayoría de los mandatarios latinoamericanos que no saben (o no quieren) mencionar las cosas por su nombre. Ahora todo es delicadeza con estos delincuentes, ya para algunos “insurgentes” y hasta “patriotas”…
La hojarasca escrita últimamente soslaya el elemento fundamental del terrorismo y se centra en otros que nada tienen que ver con el fondo de la cuestión. Mientras no se pruebe lo contrario, en Colombia hay un régimen democrático que lucha con legitimidad contra irregulares que apelan a toda clase de elementos para provocar daño a inocentes, entre ellos dos muy contundentes: droga y secuestros.
Todo comentario que no resalte la acción terrorista de las FARC y pretenda sublimar otros “logros” de ese grupo criminal, no refleja la verdad verdadera, algo cada vez más difícil en esta América Latina, terriblemente inundada por una alarmante corriente de doble moral.
La coca es droga, sí señor
Cuando comenzaba esta columna, hace ya casi seis años, comenté el 27 de agosto de 2002 el origen colonialista del dañino hábito de masticar coca y expresaba al final: “El masticarla no produce beneficio alguno, es una práctica que debería eliminarse, máxime por ser un subproducto del hoy tan vilipendiado ‘colonialismo blanco’. Esta prédica tendría que formar parte de las plataformas ideológicas de los dirigentes autóctonos de la hora presente...”.
Ahora que hay en Bolivia un gobierno presuntamente “originario”, se procede a la inversa: se incentiva aún más el hábito de masticar coca, se lo publicita y se lo defiende a ultranza, aunque organismos internacionales insistan en su necesaria disminución por los perjuicios que ocasiona.
Realmente, vivimos en un mundo al revés... Está probado científicamente que los efectos de la coca son embrutecedores y tan perversos en el largo plazo como los de la cocaína.