Vivimos tiempos en que para satisfacer la demanda interna y llegar al mercado internacional, se debe producir con tecnología de punta y concentración de capital. Cuanto mayor sea la extensión de la tierra cultivable o el campo reservado a la agropecuaria, tanto más elevados los índices de producción para los mercados interno y foráneo. El beneficio emergente llega a todos. Al pueblo se le garantiza seguridad alimentaria en el marco de un razonable equilibrio de oferta y demanda, y al Estado mejores ingresos por la vía impositiva.
Desde las décadas de los 70 y 80, respecto al desarrollo agropecuario, Santa Cruz estuvo señalándole al país el citado camino. Lo hizo acreditando una ascendente contribución al Producto Interno Bruto. Grandes y medianas empresas dedicadas a la producción de soya , caña de azúcar , arroz y otros productos, así como a la actividad pecuaria, lograron repuntes notables en aquel registro estadístico. La economía regional pasó a ser una de las más importantes e influyentes del país. Esta la causa por la cual Santa Cruz se convirtiera en destino predilecto y casi único de la migración interna. Se instalaron entre nosotros aimaras del altiplano, quechuas de los valles , mestizos y criollos de ambas latitudes. También lo hicieron gentes de clase media y de la elite empresarial del occidente.
Es que Santa Cruz estuvo predestinada desde siempre para un desarrollo ascendente en el marco de la economía de mercado. Si empezamos un poco tardíamente este proceso, fue por nuestro aislamiento geográfico del occidente, a causa de la inexistencia de infraestructura vial moderna. Las cosas cambiaron a partir de la construcción de la vieja y nueva carretera a Cochabamba, así como de las vías férreas y camineras que llegando al Brasil nos permitieron acceso al Atlántico y navegar por el Río Paraguay hasta la desembocadura del Plata.
Otro factor a favor fue la inexistencia entre nosotros del latifundio sujeto a relaciones semifeudales de producción, como las que se daban en el occidente hasta la Reforma Agraria de 1953. Salvando una que otra excepción que no hacen la regla, como las que por contagio parece que se dieron en zonas cordilleranas limítrofes con Chuquisaca y el Chaco tarijeño, en Santa Cruz no aparecieron patrones que vivieran de la mano esclava de sus pongos, sino productores que pagaban un salario a sus peones y empleaban maquinaria para el laboreo de tierras.
Es cierto que en Santa Cruz existen tierras improductivas sujetas a mercadeo, pero la mayor parte de ellas cumple una función económico-social que se debe respetar. Se debe recompensar con seguridad jurídica a cuantos cumplen con tal exigencia y no con lo contrario, como actualmente lo hace el Gobierno con su referendo dirimitorio sobre la cantidad de hectáreas que se debe poseer en nuestras llanuras para fines de producción agropecuaria.
Lo menos que se puede tolerar es que se quiera convertir a Santa Cruz en región productora a escala inferior a la que actualmente registra la agropecuaria. Porque ésta y no otra sería la consecuencia de una victoria del ‘Sí’ en el referendo aludido. ¿De la gran producción a la mediana y de ésta, a la miniproducción? Ni pensarlo...
Promover y proteger a la gran producción agropecuaria. Es lo que se debe hacer y no lo contrario.
Que el olvido no los sepulte
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Visión clara de futuro.
Tal vez esa era su mayor fortaleza.
Sus horizontes nunca estuvieron cerrados apenas más allá de sus narices.
Podían faltarle medios materiales.
Ser sus sueños imposibles.
Mas su visión apuntaba siempre a las grandes empresas.
Por supuesto que tenía confianza en su buena estrella.
Pero era consciente, plenamente consciente, de que con ello no alcanzaba.
Entonces ejercitaba su inteligencia.
Echaba a andar su fuerza.
Poseía otra cualidad excepcional.
La de rodearse de gente de su calibre.
Tan visionarios.
Tan fuertes.
Tan emprendedores como él mismo.
Al lado de ellos y con más el aliento infatigable de los suyos, nada había como para disuadirlo de sus afanes creativos.
De la pasta de los soñadores visionarios estaba hecho.
Y tal personaje singular era Roberto Barbery Paz.
Exponente magnífico de aquel sector que puso en evidencia, con la plenitud de sus potencialidades, al agro cruceño.
Se alineó al lado de los cultivadores de la caña de azúcar.
Y trabajando codo a codo con esa gente de agallas, dio nacimiento con buena estrella al ingenio azucarero de Unagro.
Un conglomerado de pequeños, medianos y grandes cultivadores de caña que no tardaron en dar con las fórmulas para vivir y trabajar en paz y en armonía.
Azúcar de alta calidad y subproductos de la industrialización de la caña, algunos de ellos casi exóticos, surtió Unagro con índices óptimos de rendimiento.
La excelente producción no sólo que ganó los mercados nacionales sino que también pisó fuerte e irrefrenable en los del exterior.
Barbery Paz tentaba con fórmulas nuevas y alcanzaba a la vez nuevos y exigentes espacios doquier.
Joven, con sangre caliente, la alegría de vivir bullendo en su corazón, Roberto Barbery Paz era alma de las fiestas de juventud en que se lo acogía con especiales galas y él correspondía con calidez.
Un personaje al que hay que tener al margen del olvido.