Algunos elementos corren a favor de las versiones en sentido de que los tres policías cruelmente linchados la semana pasada por una turba de campesinos en Epizana, Departamento de Cochabamba, presionaban a los conductores ebrios o con documentación vencida o sin ella para que les pagaran coimas a cambio de librarse de las respectivas sanciones. Igualmente fue aireada la especie noticiosa de que los cobros irregulares se hacían para reunir significativos montos de dinero que luego eran entregados a oficiales de mayor grado.
Las informaciones sobre el luctuoso e impactante caso destacan que ninguna de las tres víctimas tenía la autorización de sus mandos superiores para instalarse en aquel lugar con fines de control del tráfico de automotores o para desempeñar otras tareas. Señalan, igualmente, que todo empezó cuando un chofer, pariente de una autoridad del pueblo, se negó a hacerles efectiva la suma demandada, en medio de una discusión que derivó en insultos y mutuas agresiones.
El asunto es que las exacciones de tal tipo se dan no sólo en los caminos y carreteras, sino también en las calles y avenidas de todas las ciudades del país. De pronto aparece una pareja de uniformados de la institución policial que le ordena al conductor detenerse. Luego, le exige mostrar el brevet actualizado y demás documentos del vehículo. La ausencia de cualquiera de estos documentos origina una ‘transacción’ sobre el monto de la suma a abonar para seguir viaje sin multas de por medio.
La iniciativa, a veces, parte de los policías o del conductor acostumbrado a salir de estos trances a través del cohecho activo que, al igual que el pasivo, es un delito sancionado por el Código Penal.
Escenas así son perceptibles para cualquiera particularmente en zonas periféricas de la ciudad, donde de un momento a otro, a bordo de motocicletas, aparecen policías, o que cortan el tráfico o se instalan a los costados de las vías, a la espera de alguien sospechoso de alguna carencia documental que les permita ejecutar la ilegal operación.
Es preciso y justo destacar que tales acciones no comprometen a toda la entidad policial, donde hay también gente honesta, que debe ser la mayoría. Sería más apropiado hablar de redes pequeñas que en horas fuera de servicio se entregan a tan censurables prácticas delictivas.
Por eso se debe investigar a fondo el caso de Epizana para establecer si los policías allí linchados formaban o no parte de alguna de tales redes. Y en caso afirmativo, dar con los niveles intermedios de mando a los que se hallaban conectados.
Porque en la Policía, al igual que en otras entidades, hay inescrupulosos y corruptos que deben ser identificados y sancionados, para el bienestar de la propia institución.
Crema, chairo, fricasé y majadito
Marcelo Rivero
Debería seguir comentando los desaciertos del gobierno que están llevando al país a mayores discordias y a inminentes y graves enfrentamientos. Pero como tampoco me faltan unas espiningas cruceñas clavadas en la mente sobre esos pecados que estamos cometiendo en la forma de expresarnos y al reemplazar comidas y palabras que eran de uso común en nuestro lenguaje o modificándolas por chifladura, por omisión y por descuidada distorsión, a ellas me remito advirtiendo que son sólo algunos de los tantos casos que afectan nuestras costumbres y habla popular.
El asunto ahora está referido a las comidas porque hace un par de semanas compartí el almuerzo con unos compañeros de trabajo en un restaurante sencillito, donde suelen servir bocados criollos con los nombres cambiados. Por ejemplo el menú ese día era encabezado por una ‘crema’ de plátanos y de inmediato sospeché lo que en cuestión de minutos se confirmó y que le transmití al dueño del boliche: señor, esta sabrosa sopa toda la vida la llamamos lagua de plátano, no se monee de eso que viene en sobre o de los restaurantes famosos que a cualquier cosa espesa la denominan crema. No importa que lagua tenga origen quechua (como tantos otros vocablos que los creemos cambas), pero así ha sido siempre, lagua de maíz, lagua de choclo (quechua también), lagua de plátano.
A los días el afán de meterle algo al buche fue en un linajudo club, donde de sopa ofrecían chairo. A ver, conoceré esta comida colla, me dije e hice el pedido, encontrándome al rato con un apetitoso remojao. Recuerdo que cuando venía a caballo de Trejo trayendo leche, queso y huevos, la inolvidable tía Raquel me daba la listita de las cosas que debía comprar, entre ellas remojao, que en el mercado Viejo lo vendían por libras o por porciones. Trigo, mote, chuño y verduras, todo cocido, contenía el remojao, al que le agregaban -al menos así lo hacía esa mi segunda madre-, huesos, papas, mantequita y algún otro aderezo, saliendo un puchero nutritivo y riquísimo (‘delicioso’ dicen ahora los bien hablados). Tenemos pues a los collas hasta en la sopa (como estamos tan susceptibles aclararé que con ello no estoy hablando mal de los paisanos), por eso el remoajo ya es chairo.
También están reemplazando la patasca, sobre todo en Año Nuevo cuando casi no hay local que no ofrezca fricasé en desmedro de ese incomparable plato nuestro. Creo que como no hay comida colla que sustituya al majao, por lo menos le están cambiando el nombre ya que medio mundo dice majadito, parece que encuentran vulgar eso de majao. De cuando en cuando alguien decía ‘te invito a comer un majadito’, diminutivo para dejar claro la sencillez del convite, pero que toda la vida fue majao, de eso no hay dudas y así debería expresarse.