
En 30 días entrará en vigencia la nueva ordenanza contra los ruidos
Roxana Escobar N.
Santa Cruz se ha vuelto la ciudad de las bocinas. Originadas por el transporte vehicular, pueden sacar de quicio hasta a quien tenga los nervios de acero. Desde hace algún tiempo se ha vuelto imposible transitar por la ciudad sin escuchar reiteradas veces la bocina.
El martes pasado bastó recorrer algunas arterias para darse cuenta que el micrero, el taxista, el chofer del trufi, o el del vehículo particular (en resumen todos) hacen un uso abusivo de la bocina. Todos están apurados y quieren llegar primero. Incluso hay bocinazos que vienen acompañados de insultos o miradas feas.
“Hace dos años he dejado de manejar como antes, ahora lo hago cuando realmente es muy necesario. Y cuando conduzco, opto por las periferias o circunvalaciones, pero evito el centro de la ciudad”, dice Sergio Antelo, a quien los bocinazos le causan estrés y le ponen los pelos ‘de punta’. Cada vez que sale sufre porque asegura que en dos cuadras le tocan bocina hasta cinco veces. En cualquier intersección del segundo anillo, el semáforo aún no se ha puesto verde, pero ya está el ruido o el acelerador alertando que hay que apresurarse a cruzar.
Lo mismo sucede en los embotellamientos. Por ejemplo, el martes pasado, en el quinto anillo y Mercado Primavera se registró uno que duró poco menos de una hora (20:30 a 21:10). Buses, camiones, micros y vehículos particulares formaron un nudo, paralizando el tráfico y formando interminables filas. Ningún conductor quería ceder el paso, y lo único que se escuchaba era una tronadera de bocinas que enloquecían a todos. Dos conductores decidieron bajar de sus motorizados y ordenar el tráfico, clamando a los choferes que cedan paso. Uno de ellos, impotente, a gritos dijo: “Por favor señores, no actuemos como animales, entremos en razón”.
Pero lo cierto es que nadie respeta ni los metros de distancia que deben haber entre un motorizado y otro. Por el contrario, el conductor se siente ‘obligado’ a estar pegado al que va adelante, si no quiere ser víctima de algún bocinazo.
Para Antelo, el ruido es el deterioro del medio ambiente y por ende de la calidad de vida de los ciudadanos. Considera que hay normas, entre ellas, cita al Código de Urbanismo y Obra, que si bien no establece en forma expecífica el toque de bocinas, sí habla de los ruidos, y el gobierno municipal es encargado de hacerlas cumplir y sancionar a los infractores.
Eric Titze, director de Medio Ambiente del municipio, sostiene que el tocar de las bocinas es un fenómeno del descontrol del parque automotor, porque cada vez se hace más caótico y estresante manejar, debido a que la ciudad está saturada de vehículos. En los últimos años se ha incrementado en forma alarmante. Sólo por citar un dato, la Superintendencia de Pensiones, Valores y Seguros indicó que el parque automotor creció un 16,2% en el país con respecto al año pasado.
“Existen los malos vecinos que no tienen conciencia de una cultura urbana, que implica cumplir ciertas normas para vivir en sociedad. Nadie quiere acatar las normas”, sostuvo. Para Titze, la solución debe ser encarada entre todos: ciudadanos, transporte público, Tránsito y municipio. Hasta agosto de 2007, la unidad de Emergencia Ambiental registró 754 quejas, de las cuales 267 fueron por contaminación acústica, siendo la queja más frecuente. Jaime Claros, de 65 años y vecino del barrio Cooper, cree que el tráfico vehicular se ha vuelto un atentado para las personas de su edad. Decidió dejar el volante el día en que un grupo de jóvenes, que iba en un automóvil detrás del suyo, lo insultó y lo aturdió con bocinazos, porque no transitaba más rápido.
El Código de Tránsito establece que sólo se debe tocar bocina en casos de emergencia y está prohibido durante la noche. Sin embargo, en la urbe se ha vuelto tan común que hasta de noche las bocinas no dan tregua a los oídos.
La tranquilidad de los vecinos también se ve afectada por los ruidos. En el barrio La Colorada, algunos moradores deben soportar la bocina de un taxi que recoge a unos clientes todos los días a la cuatro de la madrugada para trasladarlos al mercado Los Pozos. Los buses de transporte escolar y los radiomóviles son otra fuente de contaminación acústica, y, aunque parezca increible, el fenómeno de las bocinas puede acarrear daños físicos y psíquicos.
El otorrinolaringólogo Carlos Cuéllar explica que el sistema auditivo que está expuesto a constantes ruidos sufre daños a largo plazo. Si la bocina alcanza un nivel de ruido que supera la capacidad de recepción de las células nerviosas del oído, puede causar lesión. Cada vez que el oído es sometido a ruidos fuertes, se puede producir la muerte de algunas células y, por supuesto, hay un deterioro paulatino de la audición. Esto se traducirá en una sordera a veces en la edad madura y no en la senectud, como debería ser si no fuéramos agredidos por tantos sonidos estridentes.
El daño psicológico también es innegable, pues la persona que está sometida a un ruido constante se transforma en una persona neurótica, conflictiva y poco tolerante. Agregar al estrés laboral, familiar o de salud aquél que desencadena el tráfico vehicular es agudizar el nivel de tensión de una persona, dice la psiquiatra Danisa Flores. Esto puede representar un alto costo en la salud. Por lo tanto, de la actitud que asuma cada ciudadano dependerá que los ruidos dejen de ser un problema.
OMS: 70 decibeles, lo máximo tolerable
La Organización Mundial de la Salud (OMS) establece que los ruidos generan molestias que provocan daño, lentamente, pero de manera acumulativa. Según los resultados provisionales de un estudio realizado por dicha organización, en Europa, la exposición a largo plazo al ruido causado por el tránsito es responable de hasta el 3% de los ataques cardiacos mortales. La OMS establece 70 decibeles como nivel máximo tolerable de ruido, que equivale al sonido de una alarma. A partir de los 90 decibeles (como los que genera una sirena) agrede el sistema auditivo. Sin embargo, en algunas zonas de la ciudad, los niveles de ruido pasan los 100 decibeles. El especialista Carlos Cuéllar afirma que la única manera de prevenir daños permanentes en el oído es a través de la educación ciudadana, por medio de campañas publicitarias que alerten sobre los riesgos que conlleva un sonido sobredimensionado. Además, antes de otorgar la licencia de conducir, cree que la unidad de Tránsito debería obsequiar (o vender) un manual y realizar un pequeño cuestionario al postulante a conductor. Éste debería contestar correctamente las preguntas como condición para obtener su licencia. El otorrinolaringólogo Gustavo Cuéllar recomienda que la Alcaldía y Tránsito inviertan en programas dirigidos a evitar los bocinazos, que apliquen las normas y sancionen a los infractores.