No se han apagado aún los ecos de las celebraciones del 447 aniversario de la fundación de nuestra ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Celebraciones que, a pesar de la natural represión impuesta por la situación de desastre en que estamos viviendo a merced de las torrenciales e inclementes lluvias que al parecer no van a cesar todavía, no dejaron de prender lucecitas de esperanzas en los corazones de los hijos de esta cálida región grigotana.
Alentados, entonces, por aquella euforia que de modo subyacente hoy nos mantiene en pie, vibra en nuestro ser esta Santa Cruz de la Sierra, a la que vemos a la luz de sus perspectivas y a la sombra de sus problemas, algunos de ellos muy grandes.
Queremos ver hoy la parte que concierne a sus problemas. Varias veces desde éstas y otras columnas periodísticas nos hemos ocupado porfiadamente de sus problemas, empeñándonos en desnudarlos con la máxima crudeza, entendiendo que de esta manera captaríamos la atención pública y lograríamos soluciones o cuando menos la promesa de proveerlas en tiempos prudenciales. Por desgracia hasta hoy, y quién sabe hasta cuándo, ninguno de los problemas tantas veces lanzados sobre el tapete ha sido encarado. Y así es como andamos, rengos de uno y hasta de los dos pies, sin que nadie, de manera filial, efectiva y leal, se comida a proveer una fórmula para proporcionarnos, así más no sea que un muy pequeño alivio.
Porque casi la generalidad de cruceños y de gente que convive aquí, se ha dado maneras de sacar fuerzas de flaquezas y ha cumplido roles verdaderamente soberbios y espectaculares, Santa Cruz de la Sierra asume con gallardía y nobleza su papel de abanderada no únicamente en la vasta llanura oriental sino además en esa diversidad geográfica que se llama Bolivia. Apenas unos resentidos sin remedio que están perfectamente identificados, discuten todavía el rol líder que, sin buscarlo, sin pretenderlo siquiera, le fue implícitamente encomendado tal vez hace más de medio siglo bien medido a esta nuestra Santa Cruz que no defrauda.
Nuestra ciudad, porque su portentoso desarrollo rebasó todos los límites previsibles, vive al borde inminente de un espantoso caos. Sus calles, sus vías públicas, por mucho que se las pinte y repinte con líneas blancas que nadie respeta quizás porque no sabe qué significan, son un infernal quebradero de cabezas que va a volver locos a conductores de vehículos y peatones en general. Mas el quebradero de cabezas no es sólo la consecuencia del movimiento humano o vehicular, lo es de otros problemas mucho más complejos y graves, a los que hay que buscar soluciones heroicas, incluso, antes de que este ambiente fraternal de los cruceños se transforme en un infierno sobre la faz de la tierra.
Tres brasas que el diablo envidia
Marcelo Rivero
Algunos homenajes se están rindiendo a esta ciudad de Santa Cruz de la Sierra con motivo del 447 aniversario de su creación, que se recordó ayer. Tuvo especial significación el que se verificó en San José de Chiquitos, en cuyas cercanías Ñuflo de Chaves plantó la cruz de la fundación bautizando el nuevo pueblo con el nombre de su natal Santa Cruz allá lejos, en Extremadura. No deja de ser penoso el hecho de que de Santa Cruz la Vieja no quede ni rastro, que no se hubiese levantado allí aunque sea un muro con inscripciones explicatorias, que no exista un área adornada con lo que prodiga la propia naturaleza, que no esté ni la placa que colocaron hace años, que el caminito por el que se llega al lugar sea tan angosto y que a veces no sea ni transitable.
Ahora bien, la ‘locomotora del país’, sin embargo, está lejos de moverse a electricidad, ni siquiera a diésel, es a leña y hay que cuidarse de las brasas que va escupiendo. Una de esas brasas es el tráfico vehicular, al que en lugar de buscarle solución siquiera siendo prudentes y considerados, lo complicamos más porque no respetamos las pocas señalizaciones y los escasos semáforos que aún funcionan, menos al conductor o al peatón que tienen prioridad para atravesar una arteria o cruzar a la vereda de enfrente. Decenas de motorizados flamantes y viejos se incorporan a diario por las estrechas vías -llenas de vendedores ambulantes, además-, y a nadie se le ocurrió tomar medidas heroicas, aunque nada de heroico es disponer que los automotores con placas que terminan en números pares circulen un día y las de impares otro día. ¡Más bien es racional, a semejanza de lo que hacen en otras urbes!
Y si esa brasa quema sin remedio, cómo no habría de calcinarlos la de la inseguridad ciudadana, incluso la prepotencia del fuerte o del que en su ignorancia se cree superior, que nos tienen atemorizados, contra la pared, en alerta permanente. ¿Y las autoridades que protegen la integridad, la vida y la hacienda de los vecinos? No las hay o si las hay, con excepciones, no sirven para nada.
Brasa, asimismo, de la que hay que cuidarse, es la contaminación del medio ambiente. Que nos envuelve a todos por igual y de la que todos, o casi todos, somos culpables, porque tiramos desperdicios a diestra y siniestra, porque los mercados, las calles y los desagües están llenos de cochineras, porque abundan los tipos que hacen sus necesidades donde les cita, porque el servicio de limpieza tiene fallas. ¡La ciudad es un inmenso basurero! y quedan pendientes contaminaciones no menos nocivas como la acústica y la visual.
He ahí tres brasas tan quemantes en esta viña que hasta el diablo las envidia para las pailas de sus dominios.