Con nada buenos auspicios se inició una nueva gira del Presidente de la República, que lleva dadas fehacientes muestras de ser muy afecto a este tipo de gimnasia, a la que dedica tiempo que tal vez, en circunstancias tan tristes como las actuales a causa de las inundaciones, deberían ser de solidarios gestos, y no de largas excursiones lejos de los dramas y padecimientos de todos los días.
Pero el jefe del Estado se embarca sin reparar en lo que queda a sus espaldas. A mano un itinerario que ni contempla asuntos que pudieran catalogarse de vida o muerte, ni ciertamente corto como la triste realidad aconseja, parte sin importarle gran cosa que las papas quemen o no en esta nuestra Bolivia que no las tiene todas consigo, particularmente en este último tiempo que, justamente, es tiempo suyo, es decir, entramado por el propio gobernante.
Al parecer esta vez el viaje, que aún no ha concluido, desde sus comienzos no se abrió paso con buen pie. Se dieron fallos que no pasaron inadvertidos en las ceremonias protocolares que, sin ser el ingrediente central en los encuentros de tan alta naturaleza, se observan y se cumplen sacramentalmente aquí y en cualquier otro punto del planeta. Empezó, entonces, el nuevo periplo presidencial, con una sensible omisión protocolar que no dejó de proyectar sombra aunque no hubiese afectado a la razón de la visita presidencial.
Pero al margen de ésta, que tal vez no pasa de ser una mera insignificancia, muy pobres, por lo que ha trascendido, fueron los resultados del alto encuentro del que nuestro jefe de Estado formó parte. Y tan es así que al final, como resumen de lo debatido, quedó concertado un nuevo encuentro del mismo nivel y de la misma naturaleza, pero que esta vez tendrá lugar en nuestro país, vale decir en la sede del Gobierno, allí en las alturas espléndidas de la ciudad de La Paz.
Pocas veces, y no es de hoy sino más bien de siempre, nuestro país se ha excusado por no asistir a los múltiples encuentros internacionales a que ha sido convocado y que prácticamente han sido todos, ya fuesen interamericanos, europeos, asiáticos, mundiales en fin. Bolivia, a quien en tales eventualidades no pesan sus pobrezas, su carencia de recursos, siempre ha participado con uno o con varios representantes en certámenes en que, incluso, no tenemos pito alguno que tocar ni lo tendremos en años luz a la vista. Somos singularmente especiales por nuestra ostentosa conducta que se vuelve más condenable si reconocemos que de los tantos encuentros de que participamos, por lo general no traemos nada de provecho para el país a cuyas arcas exhaustas, les cargamos, eso sí, nuestros gastos.
Pero este es tema diferente. Lo que hoy remarcamos es la inoportunidad del viaje presidencial en momentos que siguen siendo dramáticos y de angustia general.
La verdad ante todo
Elías Ortiz
El Presidente de la República ha celebrado con bombos y platillos la concreción de la entrega de los bonos Juancito Pinto y Dignidad, y manifestó públicamente –con profunda satisfacción– que ahora lo pueden tumbar, haciéndonos ver que las metas fundamentales del accionar gubernamental son medidas populistas, que buscan simpatía y apoyo.
Olvidan los hombres del Gobierno que el objetivo primordial como administradores de los recursos del Estado no es disponer, como regalos o dávidas, dinero que debe estar destinado a fortalecer el desarrollo y el crecimiento, debiendo hacerse inversiones y no gastos corrientes.
Otorgar bonos de esta naturaleza constituye, desde todo punto de vista, una medida proselitista para lograr apoyo popular; fue el caso de la búsqueda de votos, como lo hizo Sánchez de Lozada, con el Bonosol antes de las elecciones generales.
Esto no amerita hacer tanta bulla ni aspavientos, porque no son las medidas ideales para un pueblo que necesita seguridad jurídica, garantías plenas para la inversión nacional y extranjera, y fábricas y empresas que den trabajo a los ciudadanos y condiciones para vivir tranquilos, sin zozobra ni angustia; que los gobernantes pacifiquen el país, que no fomenten la confrontación ni la beligerancia y que permitan un desarrollo estable, pacífico y constructivo para Bolivia, que aseguren días venturosos y nuevos horizontes a los bolivianos.
Cuando se crean esas condiciones tan favorables, los hombres de Gobierno deben sentirse orgullosos, felices y satisfechos, porque están haciendo lo que debe hacer cualquier gobernante del mundo: asegurar el futuro a sus semejantes, ofreciéndoles bienestar y prosperidad.
Debemos detener el ‘desangramiento humano’ del país; vemos con mucha tristeza que, por ser un país pobre, ‘exportamos’ recursos humanos, gente que emprende viajes al exterior para ocupar los puestos más bajos de actividades que les reditúan ingresos económicos para vivir y enviar dinero a la familia.
No nos oponemos al bono Juancito Pinto, aunque hemos sugerido que para evitar malos manejos lo entreguen en calidad de material escolar, ese material que el niño necesita en el transcurso del año.
El bono Dignidad debe llegar a los cien mil ancianos que verdaderamente lo necesitan; el saldo del dinero debe ser capital de inversión para fundar empresas, y se debe entregar a los beneficiarios acciones en las sociedades anónimas que se creen.
El mensaje del presente comentario es dejar sentada, en su verdadera dimensión, la realidad de los conceptos.