En lo que ya parece práctica habitual, el gobierno del presidente Evo Morales vuelve a arremeter contra Estados Unidos, deteriorando aún más lo que ya es un serio retroceso con respecto a la tradicional relación bilateral.
Y aquí, en este nuestro comentario editorial, no entramos en detalles en torno a eventuales teorías conspirativas de una o de otra parte, de hoy o de mañana y menos en función de épocas pasadas, hayan sido ellas mejores o peores en el campo que analizamos. No, nos referimos al momento actual en sentido global y con la mente en la necesidad impostergable que tiene Bolivia, como nación vulnerable, frágil y dependiente, de llevarse bien con la primer súper potencia mundial, tal como todo el mundo –simpatizantes y antipatizantes del coloso del norte- hacen o intentan hacer, con excepciones contadas, tales como las del régimen venezolano o el iraní, por citar a los más conspicuos.
En un marco de dignidad y mutuo respeto, la buena relación se impone hasta por sentido común. Sin embargo, he aquí que “cada dos por tres” como vulgarmente se dice, surge algún problema, se lo crea, se lo magnifica, o se amplifica una discrepancia menor para transformarla en exagerado asunto mayúsculo. Si -como habitualmente se repite desde esferas oficiales- antes se procedía con sumisión en el vínculo con la administración norteamericana, ahora hemos llegado a una agresividad que no tiene sentido.
Además, tal agresividad es unilateralmente dirigida hacia Estados Unidos ante cualquier nimiedad, mientras los que se refieren desaprensivamente a nosotros desde otras latitudes, comenzando con personeros de un gigantesco país vecino y terminando con otros asentados sobre el Mar Caribe, no merecen comentarios, respuestas ni comunicados de ninguna naturaleza. Si vamos a “preservar dignidad” y “no intervención”, hagámoslo con todos por igual.
En el camino recorrido por el Gobierno, desde su inicio a la fecha, lo “anti yanqui” ha estado a la orden del día. Ya hemos perdido la cuenta de las veces que el embajador norteamericano ha sido citado al despacho de Relaciones Exteriores por diversos motivos (algunos francamente baladíes) que bien podrían haberse resuelto en la intimidad de los salones diplomáticos y sin tanta alharaca.
No augura nada bueno para Bolivia esta persistente actitud, tan contraria al interés nacional permanente de la nación. Ojalá se enderecen rumbos y se modifiquen conductas. La relación con Estados Unidos es demasiado importante y no solamente por lo que el gigante nos da o nos deja de dar, sino por las innumerables puertas que abre o cierra según su propia voluntad.
Desde la otrora superpotencia rival (Rusia) hasta el país más pequeño del globo, todos intentan llevarse bien con Estados Unidos, al mismo tiempo que hacen respetar su dignidad y sus soberanías. Lo lógico sería seguir esa misma senda, en lugar de proceder por la vía de estériles confrontaciones con EE.UU., confrontaciones de las cuales -con casi absoluta seguridad- los únicos perdedores seremos nosotros, los bolivianos.
Los semáforos y una cruda realidad
Marcelo Rivero
Creo que una de las formas más patentes de demostrar cuán lejos estamos de vivir en una comunidad ordenada y civilizada, y de que somos incapaces de obedecer las reglas más elementales, se da a través del servicio semafórico existente en Santa Cruz de la Sierra. Un servicio, recuerdo, que más tardó en entrar en uso hace décadas que en presentar fallas y ser pésimo, que ahora alterna la obsolescencia con la instalación de algunos aparatos nuevos en ciertas intersecciones, aunque sin dejar de ser malo y con una curiosa 'contrapartida': por cada semáforo que se coloca en una intersección dos o tres quedan en 'receso' -como enseñados-, tal cual aconteció hace unas tres semanas cuando empezaron a funcionar los de la avenida Cristo Redentor y tercer anillo y automáticamente dejaron de hacerlo los de las esquinas de las calles Sucre y Ballivián y primer anillo.
El caso de los flamantes artefactos de la avenida Cristo Redentor y tercer anillo debe ser único en el mundo: en la ampliación y remodelación de dicha avenida le tiraron como año y medio y en todo ese tiempo, o en casi todo, en la Alcaldía ni se mosquearon en tomar previsiones para que, incluso antes de librar al uso público los trabajos, estén operando los semáforos. No señor, transcurrió más de un mes sin los aparatos, ese cruce parecía un infierno -porque encima los policías de Tránsito aparecían de a ratos y siempre que no lloviera, que no fuera temprano ni tarde, tampoco día feriado ni fin de semana-, no siendo de extrañar que se produjeran numerosos accidentes, uno de ellos grave.
Pero hay algo peor que también sólo aquí puede suceder: a cientos, mejor dicho a miles de conductores, les importa un bledo el servicio semafórico porque se cruzan en luz roja no digamos cuando recién se ha producido el cambio y en el otro lado todavía está la luz amarilla, sino que cinco, diez y más choferes siguen a todo trapo detrás de los que habían pasado en luz verde, con peligro de percances viales y bajo la protesta de quienes ya tenían hacía varios segundos el derecho de circular. Otra 'maña' es girar por donde está prohibido hacerlo (con riesgo de más accidentes), por ahorrarse el viaje de 300 metros hasta una rotonda donde está permitido doblar. Se ve estas irregularidades en todas las intersecciones pero muy especialmente en el segundo anillo y avenida Santos Dumont, o en la Piraí, o en la Brasil, o en la ya citada Cristo Redentor y tercer anillo...
La conclusión, la cruda realidad de esta agitada capital cruceña, es que será botar plata el componer los semáforos que sufren desperfectos o que son derribados por los ebrios al volante, o comprar e instalar nuevos, si a diario aumenta el número incivilizados y abusivos que los ignoran. Una pena pero es la verdad.