Sobre una superficie de aproximadamente la mitad del territorio boliviano, Kenia tiene casi 38 millones de habitantes. Este país del África oriental está poblado por varias etnias, entre las que sobresalen los Kikuyu 22%, Luhya 14%, Luo 13%, Kalenjin 12%, Kamba 11% y Kisii 6%. Independiente desde 1963 de Gran Bretaña, el nuevo país conservó al inglés como lengua oficial y unificadora.
Kenia ha atravesado últimamente graves problemas de corrupción y crisis, sobre todo en el mandato del actual y controvertido presidente Mwai Kibaki. Desde las discutidas elecciones de fines del año pasado contra el carismático líder opositor Raila Odinga, se han registrado más de mil muertos y 300.000 desplazados. El hecho sacudió a la comunidad internacional, que se movilizó para tratar de detener una inminente ‘limpieza étnica’ similar a la de Ruanda en 1994.
Casi todos los observadores coinciden en que Odinga fue robado arbitrariamente de su victoria. Kibaki es kikuyu, Odinga es luo; eso desató al fantasma africano más temido: el tribalismo ancestral. Cuando las potencias europeas se dividieron el continente durante sus festines coloniales del siglo XIX, lo hicieron desde salones en Londres o Berlín, sin tomar en cuenta que estaban creando para el futuro innumerables problemas, ya que mezclaron artificialmente lo que estaba dividido ancestralmente por líneas étnicas y culturales. Con la independencia, cada nuevo estado africano se las arregló en el marco del territorio que le tocó, pero tuvo al mismo tiempo que lidiar con formidables elementos tribales que tendían a la fragmentación o a la abierta confrontación entre sí. Poco a poco se fue logrando -en algunos casos bien y en otros casos con tragedias- cierto acomodo, pero es un hecho que el acomodo siempre fue y es frágil: el tribalismo surge contra cualquier detonador que lo haga estallar. Y cuando surge, es una fuerza devastadora, llena de odios, de fusiles, de machetes, de sangre.
La comunidad internacional ha despachado emisarios de alto nivel a Nairobi. Ojalá las tensiones cedan para dar lugar al entendimiento, pero por ahora la situación sigue tensa.
Hemos traído a colación el tema keniano (o keniata) no por su actualidad, sino por su triste ejemplo. Es un hecho que cuando las pasiones étnicas se desatan, los seres humanos pierden la racionalidad y acicateados por el odio son capaces de cualquier brutalidad. En esto no hay colores: ha habido matanzas entre blancos en Europa, entre negros en África y entre amarillos en Asia. El tribalismo y el odio no tienen raza ni frontera. Su único remedio posible es la creación de una conciencia nacional de alta fortaleza que esté por encima de las diferencias y que consolide a todos los grupos como parte integrante de una sola nación, de una sombrilla protectora que los cubra a todos por igual.
Esta fortaleza, ciertamente, no se conseguirá con 36 naciones y un estado ‘plurinacional’ como se pretende impulsar ahora el futuro institucional de Bolivia. Retomemos, más bien, el concepto de Nación Boliviana como madre de todos, marchemos juntos unidos en nuestra diversidad bajo el manto republicano de la bolivianidad única e indivisible.
Nadie, en su sano sentido, quiere que Bolivia se transforme en una Kenia. Luchemos contra lo que nos quiera dividir y a favor de la unidad de los bolivianos.
Tres en Uno
Tras el Carnaval, la historia se repite
Pasado el Carnaval, las quejas sobre diversos aspectos del jolgorio son más o menos las mismas año tras año. Que el corso fue un desastre, que los excesos, que el daño al ornato, que lo uno, que lo otro... y así siguiendo, el rosario de observaciones y lamentos es de nunca acabar.
Tampoco hay norma que se respete ni que se haga respetar. Se le había encargado a la Oficialía Mayor de Defensa Ciudadana ejecutar el ‘Plan Carnaval’ en coordinación con la Policía. Aparentemente, no coordinaron nada y así fue a parar al tacho la ordenanza del Concejo Municipal para resguardar, entre otras cosas, la plaza 24 de Septiembre y evitar el pintarrajeado de edificios públicos. El del órgano deliberante de la ciudad volvió a ser el blanco predilecto de las salvajadas de los malos comparseros.
De puro bestias...
Si se trata de las carnestolendas que ya son historia, una condena general merecen los valentones que en bollo molieron a golpes a un par de infortunados ciudadanos. A uno de éstos lo mandaron a terapia intensiva por un incidente de importancia menor; al otro de un mordisco le arrancaron la nariz cuando intentó impedir que a su pareja le robaran una cámara fotográfica.
De puro bestias que son. ¿Hay otra manera de calificar a los pandilleros agresores o de buscar una explicación para las tan cobardes y despiadadas agresiones que cometieron?
¿Al revocatorio?
Parece chiste algo tan serio. Como si nada hubiera pasado, el Gobierno ha vuelto a invitar al ‘diálogo’ económico a los delegados prefecturales, a objeto de seguir analizando el financiamiento de la renta Dignidad cuyo pago se reanudó ayer con los recursos del IDH recortados a las regiones que habían planteado otras alternativas como fuentes de financiamiento. La propuesta no le provocó ni la tos al Ejecutivo que, además, insiste en dar por oleada y sacramentada la CPE masista y en desvirtuar los estatutos autonómicos regionales.
De tal manera, el tan mentado ‘diálogo’ está virtualmente roto y como única alternativa para evitar que en el país se produzca una solución por el desastre, se maneja la convocatoria al referendo revocatorio del mandato presidencial y prefectural. Aunque el titular de la CNE, José Luis Exeni, ha hecho notar que dicho referendo no está previsto en la Constitución, por lo que se requiere de una ley interpretativa. Así vamos, de embrollo en embrollo...