SÁBADO 19, ENERO 2008
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia
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Justicia comunitaria


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Estamos a la cruel merced del crimen. Con sus actores de todos los tamaños y colores, el crimen se mueve en las ciudades, en las poblaciones grandes y pequeñas de Bolivia. La nuestra, esta de Santa Cruz de la Sierra, que no sólo marca hitos buenos sino también de los otros, aparece como la de mayor peligrosidad entre las copadas por el crimen invicto. Es tal la amenaza latente del crimen bajo nuestros coloniales aleros que, por regla general, los vecinos todos nos santiguamos a la hora de salir de casa, pidiendo al Altísimo que nos permita retornar con vida y con los pocos centavos que nos quedan en el bolsillo.
Física y materialmente las instituciones que cuidan de la vida, la seguridad y los bienes de las personas, han sido rebasadas ostensiblemente por el crimen que nos sale al paso igual en torno de la plaza principal que en el extraviado y distante  suburbio. En suma que en una confrontación cara a cara entre los encargados del orden y la seguridad, amén de la custodia de la vida de las personas, con la delincuencia, llevan aquéllos, irremediablemente, las de perder y por diferencias abismales.
Con una delincuencia, entonces, tan sólidamente establecida, tan bien montada mental y materialmente, no nos quedaría otra que dar por bien hecha, por bien concebida cualquier fórmula que nos permita un respiro más o menos seguro y más o menos tranquilo también, dentro de la áspera vorágine del crimen entronizado que nos abruma.
No obstante, viene a ser corriente aquello de que algunos remedios no usuales naturalmente, producen peores efectos que la enfermedad. En tal situación, y frente al crimen en creciente auge, tendríamos que colocar a la llamada justicia comunitaria que viene a ser la que por mano propia se cobra agravios y daños de la delincuencia, y casi siempre con un toque draconiano estremecedor.
Es cierto que hay crímenes que solamente con sangre pueden ser purgados y que justifican la reacción de la multitud que pide que rueden cabezas y reclama y  exige hacerlo por cuenta propia. No es menos cierto, sin embargo, que la multitud, no pocas veces, obra cegada por bajas o subalternas pasiones, llegando hasta el extremo de hacer correr sangre de inocentes. Sólo cuando nada queda por hacer, cuando se ha escarnecido o sacrificado a un inocente, despunta el arrepentimiento que, sensiblemente, es tardío y que nada remedia.
Caso patético de un inocente sepultado vivo por imperio de la justicia comunitaria se ha producido recientemente en el ámbito de los valles de nuestro país. La víctima, un infortunado individuo al que precipitadamente se apuntó como ladrón, suficiente para que la justicia comunitaria lo juzgase sumariamente y lo flagelara antes de condenarlo a ser enterrado vivo. Sin lugar a apelaciones, la sentencia se cumplió y con ello se le puso un pesado baldón a la justicia ordinaria consagrada en todo el ámbito nacional.
Lo peor de todo es que al parecer, el bárbaramente ajusticiado, era un hombre de bien o por lo menos sin culpa como para recibir tan horrorosa muerte. Y lo más  grave es que poco antes, en el tiempo actual en todo caso, uno o más de uno tuvo igual o parecido final a manos de la justicia comunitaria. Como para resistirse con intransigencia absoluta, a vivir o más bien a morir a la sombra de ella.


Que el olvido no los sepulte
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina

Fue un auténtico Quijote.
Dotado, eso sí, de una más que inagotable simpatía.
Llena de ilusiones su siempre erguida cabeza.
Con inteligencia, voluntad y fuerza para transformar en realidades algunas de aquellas sus tantas ilusiones.
Alternamos en diversos coloquios con gente amiga de verdad.
Y sin detonancias desagradables, él era quien llevaba la voz cantante.
Simpre matizada por sus ingeniosos chispazos llenos de sal y pimienta.
Que, desde luego, nunca fueron producidos con el propósito de ofender.
Menos todavía de lastimar.

Esta es una ligera radiografía de Germán Gabriel Arana.
Un pionero del periodismo revisteril.
Creó y sostuvo durante muchos años su revista “Abriendo surcos”.
Una gala como expresión del lenguaje periodístico, por concisión y vuelo.
Impecablemente presentada y a todo color, la revista “Abriendo surcos” abordaba temas que no sólo deleitaban por su factura gramatical, sino que además instruían y hasta incidían en la denuncia y la condena del mal.
Pero Germán, a quien cariñosamente se lo llamaba Palemón en la rueda grande de sus amigos, no sólo era el todo de una extraordinaria publicación que circulaba regularmente en el país y aún fuera de nuestras fronteras.
De igual forma respondía como auténtico hijo de esta tierra, amante de sus cosas, prendado de sus fiestas, en particular, del Carnaval, en que intervenía con todas sus pilas cargadas.
En suma, Germán Gabriel Arana fue, a la sombra de nuestro campanario, una luz que no hay cómo dejar que se extinga.


 
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