Claudia Siles
La vida de Norlan Nova Vivanco (24) ha estado siempre marcada por serios incidentes. Nació en el seno de una familia humilde, de aquéllas que en 1983 sobrevivieron a la riada y fueron relocalizadas en terrenos del Plan Tres Mil. Allí pasó su niñez, en un barrio lleno de arena y de familias que luchan día a día contra la pobreza.
En medio de ese panorama, los chicos del barrio aprendieron a crecer juntos. Formaban grupos de hasta 60 niños para jugar en la calle. Hasta que un día un camión que pasaba por su calle lo atropelló, con chata y todo. Sintió pasar sobre su cuerpo, de tan sólo 13 años, el peso de ese vehículo y aunque el resultado pudo ser fatal, Norlan sobrevivió para contar la experiencia. Pero quedó con la pelvis fracturada, lo que le impidió volver a caminar.
Entonces comenzó un periodo de adaptación, que resultó ser más difícil de lo esperado. La silla de ruedas pasó a ser un instrumento inseparable para movilizarse, pero para el resto de los chicos de la escuela, no era más que un motivo de juego y hasta de burla. “No quería ni estudiar y por primera vez sentí discriminación. Me sentía impotente mientras los chicos jugaban con mi silla”, cuenta. Lo peor de todo es que muchas veces Norlan estaba en la silla y entre un juego brusco y otro de sus compañeros, acababa en el piso, con las piernas fracturadas.
Fueron momentos difíciles, en los que Norlan llegó a rechazar el colegio. De hecho, perdió tres años de estudio por evadir las burlas y las fracturas, que lo dejaban meses en recuperación. Hasta que un día su madre lo inscribió en un colegio de Comunidades Educativas Hombres Nuevos y todo cambió. De allí se graduó con honores, fue presidente de su promoción, cultivó amistades y aprendió a vencer los temores. “No todos entienden el hecho de ser diferente. Tardé en darme cuenta de que anormal es aquél que tiene una pierna saliéndole de la frente, no el que está en una silla de ruedas”, reflexiona.
Pero después de tantos dolores, no es que la vida se hubiera vuelto fácil, sino que su postura hacia ésta cambió. Con decir que hace dos años y medio le detectaron una enfermedad en los huesos y tuvieron que amputarle la pierna derecha. Pese a esto, no ha perdido el entusiasmo. “La vida siempre será difícil; hay que luchar”, comenta ahora, convencido de haber aprendido la lección que le sirve para enfrentar con fortaleza y optimismo cualquier obstáculo en la vida.
Norlan es actualmente voluntario en una coordinadora de organizaciones juveniles y se encarga de un punto de Internet que existe en esa oficina. “Transmito lo que aprendí en un curso de mantenimiento de computadoras, y todo lo que esté a mi alcance”, explica.
No quiere ser una carga para su familia; por eso busca generar ingresos ofreciendo sus servicios de animador de fiestas, una actividad que ejerce principalmente los fines de semana. De igual forma, dedica su tiempo a coordinar actividades de un programa de arte, a través de la organización Albor, que impulsa el teatro en el Plan Tres Mil y que está teniendo repercusión entre los jóvenes. “Hay muchos chicos que no tienen opciones. Las canchas y las bibliotecas no bastan para motivarlos. Tiene que haber alguien que los conduzca y los involucre en actividades variadas, donde pueden expresarse”, manifiesta. La tarea del grupo es recorrer también las escuelas de la zona. “Somos de escasos recursos, pero ponemos para el pasaje y ya hemos logrado capacitar a 4.200 chicos en cuatro años”, explica.
El trabajo que más logros ha tenido es una obra de teatro sobre los chicos que viven abandonados a su suerte, en las calles.
“Tenemos los ojos abiertos, pero no vemos los riesgos que corren. Esa vida en la calle lleva a muchas cosas malas, a la explotación, al maltrato, pero no hacemos nada por evitar que más niños y adolescentes sigan ese camino”, indica. La acogida que ha tenido esta obra ha servido para buscar nuevos horizontes. Por eso, Norlan considera que todavía hay mucho por hacer. Cree que todo se puede lograr con voluntad y decisión.
Esa forma de ver la vida le permite imaginar que en unos años más será todo un profesional. “Quiero estudiar Comunicación Social, dedicarme a hacer radio o trabajar en televisión, en programas educativos. Sé que me va a costar, pero también estoy seguro de que lo puedo lograr”, dice. Eso no le impedirá dedicarse a otras actividades, pues si algo aprendió de su padre, es que hay que saber hacer de todo en la vida.
Los chicos que integran Albor han aprendido a quererlo, porque le levanta el ánimo a cualquiera. “Es un ejemplo de vida para todos”, dice Norma Precio, mientras que Richard Aliaga asegura que sin el aporte de Norlan, no sería posible que Albor sueñe con alcanzar nuevos logros.
Norlan, un nombre especial
No es un nombre común, pero sí muy especial, al menos así lo entiende Norlan Nova, este joven, de 24 años, que vive en el Plan Tres Mil. Investigando en Internet, descubrió que su nombre, en inglés, quiere decir tierra del norte (north land). Sin embargo, su madre le ha contado que también era el nombre de unos chupetes sabrosos que consumía cuando estaba embarazada. “Puede ser que se haya inspirado en estos chupetes... y me agrada que sea así, porque un dulce es algo que nunca se rechaza”, comenta complacido. Considera que su madre es la persona que más apoyo le ha dado.