Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 2, agosto de 2007
 

No hablamos el mismo idioma



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Pues ciertamente, en nuestro país no hablamos el mismo idioma. Y no porque en algunas regiones haya predominio de una lengua autóctona y en otras, de alguna más,  distinta realmente.
Y porque no hablamos el mismo idioma, fenómeno que, si no nuevo, se ha agudizado en este tiempo difícil e impredecible, vivimos en constantes contradicciones y en contrapunteos que hasta suben de tono, que hasta se vuelven inamistosos, que hasta profundizan diferencias que creíamos, de muy buena fe, en vías de ser zanjadas afortunadamente.
Hay que remarcarlo porque corresponde a la estricta realidad en que nos estamos debatiendo. En pocas cosas coincidimos, en todas estamos distanciados formando sectores francamente antagónicos. Y el emperramiento –perdón por la vulgaridad-, es tan absoluto, tan  sin vueltas que nadie insinúa siquiera la posibilidad de dar el brazo a torcer, así estuviera de por medio el bien común o el destino del país.
Nuestras disidencias, casi en su generalidad, conciernen hasta a los asuntos de menor significación. Ahora mismo, en estos días que son de exaltación patriótica, estamos enfrentados en torno al tema de los signos, de las enseñas, de las banderas que deben flamear en manos de los sectores sociales durante las marchas y otras actuaciones cívicas. Somos viejos cronológicamente y hemos asistido en todo tiempo y lugar, como partícipes o como espectadores, a mil y una marcha de celebración de nuestros fastos libertarios. Pues, jamás ni nunca nos ensartamos en discusiones enconadas, siendo bizantinas, acerca de los símbolos bajo los cuales deberíamos guarecernos en las máximas solemnidades de la nación boliviana. La tricolor nacional nos identificaba a todos y nadie vacilaba al dedicarle la suma total de sus devociones ciudadanas y de su entrañable amor y veneración.
Hoy, como consecuencia de ese ánimo contradictorio que se cultiva sin razón válida alguna, aparecen grupos que quieren identificarse bajo la multicolor whipala nada menos que en los días de la patria. No tratamos de menospreciar ningún símbolo, pero cada uno de ellos en su lugar y en su tiempo. El de hoy es lugar y tiempo de la patria boliviana y en ese entorno, la whipala no puede quitarle espacio a la tricolor que nos enseñaron a honrar desde que dimos nuestros primeros pasos en esta vida y en este país nuestro.
¿Y por qué desde los altos niveles donde se manejan los destinos nacionales no se corta de raíz esta absurda contradicción, simplemente reiterando preceptos que, sin duda, están consagrados o, cuando menos, corresponden a nuestras antiguas y profundas costumbres y tradiciones?  ¿Por qué el gobierno no ha salido al paso poniendo las cosas en su justo lugar o cuando menos explicando racionalmente cualquier nuevo giro que se quiera introducir entre nuestras manifestaciones de fervor cívico?
Ah, es que los tiempos son otros, los tiempos son nuevos y sin  espíritu de contradicción, perderían su gracia y su emotividad. Buena razón, al parecer.


Que el olvido no los sepulte
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina

Un hombre de singular dinamismo.

A paso vivo se movía en esta Grigotania que tan suya sintió siempre.

Y así como se movía, hablaba derrochando vigor y fortaleza.

Acompañaba sus tertulias de una risa franca y realmente contagiosa.

De manera muy resumida, ésta era su imagen dominante.

Me estoy refiriendo a don Guillermo Roig Pacheco.

Nada le costó establecerse en el ámbito grigotano y obrar como dueño de casa.

Con su natural simpatía se abrió paso.

Ocupó lugares prominentes en nuestras instituciones empresariales, sociales, de servicio, culturales y otras.

En su rol de jefe de familia, de padre y esposo, sacó a relucir las profundidades de su fe cristiana.

Y cuando la oportunidad se le presentó, transmitió asimismo esa fe a quienes lo rodeaban por uno u otro motivo.

Don Guillermo Roig Pacheco fue correcto empresario del sector maderero.
Montó uno de los más importantes aserraderos en el límite norte de nuestro casco viejo urbano.

Y allí trabajó codo a codo con sus dependientes que le guardaban los debidos respetos y un real aprecio.

Respondiendo a sus convicciones, formó parte de una organización internacional de empresarios cristianos que dio y sigue dando mucho que hablar, y siempre en bien.

Trabajo y servicio comprometían la voluntad de don Guillermo Roig Pacheco.

Llegó con buen pie a Santa Cruz de la Sierra y dejó huella indeleble.

 




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