De la magnitud de las faltas que cometemos como cosa natural los bolivianos, de la magnitud del daño que le causamos a nuestro pobre país con tales faltas, nunca tenemos imágenes claras. Esto es extraordinariamente real.
Hábiles en extremo en aquello de tender cortinas de humo para esconder nuestros hechos, y en particular nuestros malos hechos, ni un solo rastro dejamos al descubierto. Siempre fue así y ni una sola razón hay para pensar que podamos cambiar de conducta.
Escépticos sin remedio, ponemos en duda hasta los grandes dramas que ensombrecen el panorama de la república. El razonamiento es el mismo: sólo se trata de una cortina de humo para esconder el bulto del desastre nacional.
Tal práctica, en el fondo, viene a constituir casi siempre una fatalidad. Y es que tras la artificiosa cortina de humo con que se trata de esconder o disimular al menos las dificultades, los dramas en que estamos inmersos, con el fin de mantener en calma a la opinión pública, empieza a generarse una descomposición total de la que luego nadie nos salva ni le evita resquebrajamientos gravísimos al Estado. Dicho en resumidas palabras levantamos cortinas de humo para ocultar males, pero no hacemos nada por conjurarlos y es entonces que se agravan y nos tiran virtualmente a la lona.
Lo de tender cortinas de humo sobre el manejo de intereses de la mayor importancia, de cosas que son vitales para la vida misma del país y obviamente de sus habitantes, es realmente una temeridad, un riesgo enorme, una conducta punible. Las transacciones sobre valores y recursos estratégicos de la nación deberían estar rodeadas de la mayor publicidad e incluso, de haber tiempo y espacio, hasta de oficio tendrían que consultarse con los cuadros ciudadanos, al menos los más idóneos, los poco contaminados por la politiquería y la demagogia. Nada trascendental, en absoluto, a nuestro modo de ver, lo reiteramos, tiene que manejarse a la sombra de esas casi siempre impenetrables cortinas de humo.
En nuestro país, porque no hemos tenido el acierto de promocionar nuestros recursos, pocas veces enmarcamos las negociaciones en los planos apropiados y a la luz pública. Quizás a ello se debe lo muy poco que se sabe acerca de Bolivia como potencial proveedor de artículos y productos que se nos dan bien, de calidad óptima, pero que no tienen acceso a los mercados importantes del planeta. Así las cosas, y tomando en cuenta los muchos años de rezago que ya llevamos en el concierto internacional, porqué no vamos a levantar las cortinas de humo tras las que no nos mostramos o nos mostramos muy poco, cada vez que nos corresponde se parte fundamental de un convenio o de una buena y ventajosa transacción. Tenemos que romper el cascarón en que aún discurre buena parte de nuestra vida pública.
Que el olvido no los sepulte
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina
Nunca serán suficientes los elogios.
Nuestras mujeres, nuestras bellas mujeres cruceñas, se los tienen ganados.
Ampliamente ganados según hay general coincidencia.
Como seres humanos, por igual están dotadas de virtudes y de gracias.
Y entre virtudes y gracias, cuánto de amor en sus corazones.
Cuánto de coraje y santa bravura en sus delicados espíritus.
Reconocerlo en unas es reconocerlo en todas.
Nos viene a la memoria la imagen fresca de la señora Alicia Ribera de Cerruti.
Su rostro, doblemente agraciado en razón de la sonrisa permanente que lo iluminaba.
De tertulia amena.
De gestos vivaces y elocuentes.
La señora Alicia no se daba tregua.
Sus días y sus horas eran plenos de acción.
Respondía con encendidas devociones a sus deberes celosamente observados.
Deberes de madre y esposa por un lado.
Que aceptaba y a los que respondía con los ardores de su corazón.
Deberes, asimismo, irrenunciables, con su noble profesión de maestra.
Guía visible de óptimas generaciones.
Marcando rumbos en las lides al servicio de la enseñanza.
Y como complemento, su valentía y su entrega incondicional en bien de las reivindicaciones de nuestro campanario.
La señora Alicia, con sus gentilezas y su corazón bien templado mostró horizontes a su pueblo y los recorrió sin vacilaciones.
Recordarla, impermeabiliza su nombre frente a los embates del olvido y de la crudeza de los tiempos.