La grave y múltiple colisión vehicular a la altura del aeropuerto de Viru Viru en la carretera al norte, provocada por la humareda de una temprana quema de pastizales en los alrededores, que nubló la visión de los conductores, con el lamentable saldo de heridos graves y motorizados dañados, es premonitoria de lo que nos espera en la aún distante temporada seca, si desde la sociedad civil y, sobre todo, desde el Gobierno, no se toman medidas idóneas y drásticas para que este año los chaqueadores de todos los pelajes no nos hagan otra vez vivir en ascuas con tan ominosa y primitiva práctica.
Ni bien cesaron las intensas lluvias con las cuales el fenómeno El Niño nos jugara tan malas pasadas, sobrevino el humo proveniente de los chaqueos de pastizales cercanos a la capital y de las quemas de desechos vegetales y plásticos en todos los barrios populares de la ciudad. Cualquiera que recorra la ciudad, del tercer o cuarto anillo hacia delante, se encontrará con fogatas de medianas a pequeñas que los vecinos encienden en las calles para quemar la basura. Verá el humo en una ascensión contaminante del de por sí contaminado aire que ahora respiramos en Santa Cruz. Si sale de la ciudad, se encontrará con la humareda con origen en la quema de pastizales en los campos que rodean a la capital.
Normalmente, el chaqueo empieza en agosto, alcanzando máxima intensidad en septiembre. No pocas veces, se prolonga hasta octubre y comienzos de noviembre. Ni en el pasado mediato o inmediato existen antecedentes de comienzo prematuro de tan salvaje práctica, como el que ahora lamentamos, cuando aún el verano y la temporada húmeda todavía esperan al otoño avanzado y al invierno.
Es urgente que tanto a escala nacional como regional y municipal, se haga lo que la ley manda a hacer contra los chaqueos ilegales no controlados y oficialmente autorizados. Al Gobierno le corresponde garantizar la preservación de los parques naturales del país así como la biodiversidad y el poco acervo forestal que aún nos queda en tierras de vocación agropecuaria. Si no actúa con firmeza en una línea de prevención sobre el tema, por diversas causas, los chaqueos pueden alcanzar este año magnitud realmente catastrófica.
A los gobiernos regionales compite hacer lo mismo a escala departamental, en forma enérgica, sin contemplaciones con nadie.
Igual actitud deben asumir las alcaldías contra cuantos envenenan el aire de la ciudad quemando basura en calles y avenidas, frente a sus casas.
Sí, se anticipan los chaqueos, algo que no podemos observar con los brazos cruzados. Hay que pararlos en seco.
Bienes incautados y otros bienes
Marcelo Rivero
Sonado ha estado en días pasados el asunto de los bienes incautados a los narcotraficantes que, según ley, una vez dictado el veredicto de la justicia, deben ser destinados a servir a personas afectadas por el consumo de drogas a través de instituciones que se encargan de proporcionarles los medios para que se rehabiliten ante sus familiares y la sociedad.
Como no, la corrupción que se repite muy puntualmente en Bolivia desde su fundación allá por 1825, a través de muchísimos años viene haciendo chichisco los bienes incautados, que han ido a parar a manos de adherentes al régimen de turno en el poder y éstos así convertidos en ‘custodios’ (al menos en tratándose de vehículos motorizados, ganado y objetos suntuosos, los dejaron para las cachuchas, o comieron churrasco jueves y domingo o los negociaron), continuando esta característica hasta nuestros días, con un agregado: por equis, ye y zeta motivos esa justicia demoró mucho tiempo en dictar sentencia y los bienes incautados que se libraron de las filosas uñas de la corrupción se hicieron cacharros inútiles, desaparecieron por robo, se convirtieron en taperas inhabitables, no cumpliendo en ningún momento -o muy rara vez-, la importante función social que les pudo haber sido asignada.
Pero no sólo estos bienes han sido presa de la rapiña, del descuido, de la retardación de justicia porque, al menos en Santa Cruz de la Sierra, otros bienes, asimismo de enorme valor en cuanto a sus precios y servicios que pudiesen prestar, están echados en el olvido, desviados del destino que les habían señalado unos hombres generosos y servidores de la patria chica que los vio nacer. Son los bienes que donaron, incluso conformando fundaciones, don José Mercado Aguado y don Ramón Darío Gutiérrez Jiménez, pudiéndose agregar las tierras de Espejos, no lejos de La Guardia, donde se instaló una granja de rehabilitación para jóvenes con problemas de conducta.
Son decenas de inmuebles en pleno casco viejo de la ciudad que el filántropo Mercado Aguado donó a favor de los niños pobres, pero la Alcaldía, a cuyo cargo debe estar la administración y manejo respectivos, no mueve un dedo para recuperar esos caserones en los cuales, con las adaptaciones que sean menester, tendrían cobijo y enderezarían el rumbo miles de chicos que se echan a perder en las vías públicas. Otro tanto se podría decir de la Fundación Cultural ‘Ramón Darío Gutiérrez Jiménez’, con sus dos grandes inmuebles que el ciudadano epónimo legó para fomentar la cultura en la capital cruceña, pero que la comuna también ha olvidado rescatar.
Ni nadando en riqueza se justifica semejante inoperancia, por una parte con respecto a los bienes incautados y por la otra a las tierras e inmuebles que donaron personajes sensibles y visionarios.