Si, como lo anuncia el Gobierno, se otorga el derecho al voto a los bolivianos que viven en el exterior, la democracia boliviana experimentará un notable avance. Se afirmaría la correspondencia que debe darse entre el pueblo que es la fuente de la soberanía y el poder político que ejerce aquella por delegación en la dirección política y programática que le señale en las urnas la mayoría electoral.
Se afirmaría, repetimos, porque hoy, la diáspora boliviana, que no es de ahora sino de varias décadas atrás, consecuencia del desempleo que provoca el subdesarrollo, se expresa en esa otra Bolivia que conforman bolivianos dispersos en Estados Unidos, Canadá, Brasil, Argentina, Chile y otros países latinoamericanos, así como en Europa, continente en el cual España se ha convertido en el destino predilecto de compatriotas que se van en pos del empleo e ingresos que no pueden conseguir en su propia patria. La población boliviana asentada en todos estos países, en total, asciende a varios millones que, hasta ahora, por la sola circunstancia de no vivir más en el país, se hallaban marginados del derecho que les asiste a concurrir como electores, e inclusive como elegidos, en la formación de los poderes públicos.
Consecuentemente, incorporar a la masa electoral a nuestros compatriotas radicados en el exterior, como el Gobierno anuncia que lo hará, para que elijan y sean elegidos, es algo que se debe aplaudir, siempre y cuando naturalmente, las cosas se hagan en forma correcta, sin afrentar a la ley ni a la racionalidad. Sobre el particular, el referido anuncio gubernamental más inquieta que tranquiliza. Eso de que los embajadores y cónsules de Bolivia actúen como jueces y notarios electorales, respectivamente, en todas las ciudades del exterior donde voten los bolivianos, genera toda suerte de incertidumbre respecto a imparcialidad y transparencia del proceso electoral fuera de nuestras fronteras
En todos los países donde rige el derecho al voto para los súbditos radicados en el exterior, no se margina al órgano central electoral de lo jurisdiccional en la materia. Los embajadores y cónsules no son ni jueces ni notarios electorales. Cumplen mera función de apoyo a la respectiva Corte Nacional Electoral, en el marco de una coordinación a cargo del Ministerio de Relaciones Exteriores, que para este fin cuenta con una dirección de asuntos electorales, como nexo entre el organismo electoral y las diferentes embajadas y consulados. A esta oficina llegan todos los datos relativos a identidad y número de ciudadanos consignados en los libros de registro electoral confiados a los cónsules, que no se convierten en ‘notarios’ por el solo hecho de apoyar de tal modo al proceso electoral dirigido y controlado por la Corte Nacional. Todo lo relativo al Padrón Electoral de bolivianos en el exterior, en cuanto a depuración se refiere, es labor privativa de la Corte Nacional Electoral.
Igualmente, es de exclusiva competencia de este organismo, resolver todas las observaciones y diferendos que puedan darse tras los comicios en ciudades del exterior.
Existe la posibilidad, sin embargo, de que el anuncio gubernamental fuera erróneamente formulado respecto a la naturaleza real de la tarea de embajadas y consulados frente al voto de los bolivianos en el exterior. Esperemos que así sea y que en el curso de las próximas horas se nos aclare la película porque a nadie le es dable ser “juez y parte en causa propia”, como lo serían embajadores y cónsules del MAS en las votaciones de los bolivianos fuera de nuestras fronteras.
Algo necesario: cambio de sede de Gobierno
Dominicus
Lamento muchísimo el tenor final que tuvo la reunión del Comité pro Santa Cruz con la gente de Chuquisaca el pasado jueves 29 de marzo y que vino a solicitar apoyo para llevar la sede de gobierno a Sucre, capital legítima de la nación.
Santa Cruz debe apoyar firmemente un cambio de sede de gobierno, en lugar de estar con posturas tímidas que solamente le hacen el juego a la oligarquía de La Paz, claro oponente del cruceñismo y de la autonomía.
La Paz como sede de gobierno no va más (como lo escribí varias veces) y hasta por imperativo de la lógica elemental de una geopolítica de las capitales, como por el propio interés a largo plazo de ese hermano departamento, trabado en su desarrollo y con un enorme potencial. Nadie construye su castillo en un pozo, nadie puede gobernar con la cabeza en la boca del lobo y la ciudad de La Paz es una ciudad que puede ser bloqueada en cualquier momento por pocas personas, algo inconcebible para una capital y que pone en riesgo la estabilidad de cualquier gobierno. Además, es hora de que se le devuelva a Sucre lo que por historia y por derecho le corresponde.
Mientras la sede siga en La Paz, Bolivia seguirá declinando y será cada vez más complicado su futuro, como también será su gobierno de turno cada vez más centralista y más anti autonómico. “Elemental Watson”, como diría Sherlock Holmes, pero aun así parece que hay quienes no lo perciben.
Por otro lado, la ubicación actual de la sede de gobierno es excéntrica y no refleja las nuevas condiciones de la Bolivia del siglo XXI; tampoco refleja ni su centro de gravedad ni su centro de impulso.
En lugar de posiciones tímidas y ambiguas, el Comité debe ser firme y decidido de entrada en este vital asunto, apoyando la legítima reivindicación de Sucre. Ahí esta el verdadero concepto de “unidad nacional”, no en hacerle el juego (como ha sucedido en la reunión del jueves) a algunos sectarios intereses paceños, dejando a Chuquisaca sin un firme apoyo de Santa Cruz en esta importante cuestión del cambio -necesario e imprescindible- de la sede de gobierno.
Nuestro Comité debe ponerse firme y apoyar el cambio de sede de gobierno, por ser éste un tema de interés nacional y de verdadero alcance estratégico. Se juega el porvenir de Bolivia.