Un doloroso episodio humano se está desarrollando en la madre patria, España, del que son protagonistas centrales compatriotas bolivianos que, privados en su propia tierra, de medios de vida, de fuentes de trabajo, se marcharon en busca de posibilidades en las lejanas playas extranjeras.
Por allí, por el otro lado del océano inmenso, legiones de nuestros collas, chapacos y cambas, de toda condición y pelo, sufren de impíos zarandeos mientras aguardan alguna coyuntura providencial que les permita colocar sus ofertas de brazos, cerebros y voluntades, a cambio de modestos pero decorosos o cuando menos humanos medios de ganarse la vida.
El drama que durante días ha estado copando la atención de la prensa mundial, ha sido resuelto de una patada. Y al decir de una patada, no estamos hablamdo metafóricamente pues, en realidad, ha sido a las patadas que nuestros sufridos compatriotas fueron despedidos y embarcados caóticamente de regreso a sus lugares originarios o a que se las busquen donde no estorben.
Pero no es el propósito de este comentario insistir en el tema de las circunstancias inhumanas en que se debaten los bolivianos que dejan nuestro país con sus seculares limitaciones, en procura de alguna oportunidad al otro lado del inmenso océano Atlántico. En lo que más bien deseamos poner énfasis es en la terrible falta de fuentes de trabajo que se está confrontando en este rincón del mundo que se llama Bolivia. Y sobre el particular, creemos pertinente remarcar que, entre los múltiples problemas que se ha echado encima el actual régimen de gobierno, destaca justamente el que están en trance de desatar sus bases que demandan fuentes de trabajo sí o sí, vale decir, las haya o no las haya.
¿Cómo va a resolver el acuciante problema el gobierno, tras el cual se mueve con manifiesto desasosiego su propia gente? ¿Le va a cerrar tajantemente el paso o va a recurrir a la mítica varita mágica para que le cree las necesarias, las indispensables fuentes de trabajo? Por una de estas alternativas tendrá que pronunciarse el gobierno nacional pero, como quiera que ya no son tiempos de las varitas mágicas ni de las provisiones milagrosas, sólo queda la posibilidad de cerrar el paso a esos sectores sociales numerosos que, con razón o sin ella, se consideran dotados del derecho a apoyarse en el palo blanco del Estado, como ya lo están tantos de la misma condición.
Fuentes de trabajo, especialmente en países que como el nuestro, sensiblemente, no son atractivos sobre todo en tiempos de incertidumbre como los que corren, no brotan con la misma espontaneidad de los hongos ni mucho menos. ¿De qué fuentes, entonces, echar mano, para dar trabajo a los miles que los exigen vociferantes y alegando derechos inalienables? Es cosa que habrá que ver con marcada preocupación.
Que el olvido no los sepulte
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina
Mantengo viva en la memoria muchas estampas.
No sólo de personajes del tiempo tan lindo ya ido.
Igualmente de la ciudad bella.
De la Santa Cruz de la Sierra de mi corazón.
Tan diferente de la que hoy vive a merced de sordos remezones y de cotidianas y crueles acechanzas.
La evocación de aquella Santa Cruz recoleta me sume en sentidas añoranzas.
Tiempos aquellos de la Recova,
Centro vital a sólo unos pasos cortos de la Plaza de Armas.
Pasando las primeras cincuenta varas de la calle Libertad.
Todo era especial en el área de la Recova.
Hasta el aire que se respiraba y que era una mezcla agridulce de olores.
Hasta sus calles, Libertad y Florida, con sus arenales apelmazados.
Húmedos de bostas y orines de los bueyes y de los caballos que servían para el desplazamiento sin prisas de la gente que llegaba a comprar y también a vender cosas, en especial comestibles.
Complemento del “paisaje” eran las ventas.
Se instalaban en la orilla de la alta acera de ladrillos.
Sólo dejaban un muy estrecho pasillo por el que en fila india, de uno en fondo, tenían que moverse compradores o circunstanciales transeúntes, pues dos a la par no cabían.
En las ventas se ofrecía frutas de estación, tanto las criollas, las nuestras, como las del interior, uvas, duraznos, peras.
Las ventas operaban todo el día protegidas de los rigores del tiempo por improvisados toldos de telas vastas, sucias de polvos y vejez.
Las ventas servían además de dormitorio a sus propietarios, con frecuencia en parejas y también con frecuencia, incluso niños en edad de lactantes, a los que las madres no les negaban el seno como único recurso para mantenerlos quietos y acallar sus llantos.
La Recova alzó pollera y se marchó cuando la aldea empezó a cambiar.