Ya son terriblemente dramáticas las características del calvario que están viviendo nuestros compatriotas en estos tiempos en que tantos alardean de estar haciendo tremolar las banderas de la solidaridad humana y de la comprensión universal.
Nos referimos particularmente a esos compatriotas que, tocados por el infortunio y acuciados por la incierta suerte en que se debate nuestro país, dejaron sus lugares de origen y se marcharon muy lejos, al otro lado de los mares, a la tan cantada Madre Patria (España), en busca de una oportunidad, cualquiera sea ella, que les permita una subsistencia con un mínimo de dignidad. Son esos bolivianos, cuya indefensión absoluta conmueve y estremece, los que soportan el más despiadado de los calvarios.
Seguramente cuesta imaginar las penosas condiciones bajo las cuales nuestros pobres e infortunados compatriotas consiguieron armar el viaje tras el ‘sueño europeo’ o, más propiamente dicho, español. Muchos de ellos, o más bien todos, dijeron un triste y definitivo adiós a sus cosas y a sus sentimientos íntimos, amores, costumbres, culturas, en fin, usos y tradiciones. Pero eso no fue todo. Hasta podría decirse que fue lo de menos.
Lo grave empezó a darse cuando llegó la hora de encarar los gastos de viaje, el pago siempre costoso de los pasajes aéreos, la obtención de los documentos indispensables y el también indispensable equipamiento que alguna consistencia especial debía tener, considerando que resultaba imprecisable el tiempo que los viajeros pasarían a la deriva hasta encontrar cómo estabilizarse en sus nuevos destinos hispanos.
Y obviamente para afrontar estos gastos y meterse previsoramente unos pocos euros en los bolsillos, nuestros compatriotas debieron deshacerse de cuanto, muy poco en realidad, poseían de valor, desde la miserable vivienda hasta los desgastados muebles y las reliquias familiares que durante años habían atesorado. En suma, en pos del sueño hispano, nuestros compatriotas quedaron con lo del cuerpo, como vulgarmente se dice, a fin de poner alas a sus esperanzas y en procura de una tabla de salvación ante la inminencia del naufragio.
Y de esta forma realmente conmovedora, llegó puntual la hora de la larga travesía y del arribo al punto de destino. Y justamente es aquí, en el punto de destino, donde las esperanzas, donde el sueño dorado se transforma en espantosa pesadilla. Seguramente nuestros compatriotas sólo esperaban, a su llegada a la península, el trato que se merece el ser humano por su sola condición de tal. Pero ni eso hubo para ellos. Los funcionarios correspondientes se limitaron a catalogarlos como bolivianos y, luego de ello, los observaron como a bichos raros y los despidieron con una patada en salva parte. ¡Acabada profesión de fe en la solidaridad y en la comprensión!
Que el olvido no lo sepulte
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina
Nació en el señorial barrio de San Francisco.
Parte, de su corta vida discurrió a la sombra fresca y acogedora del convento del mismo nombre.
Su familia era muy criolla, muy nuestra.
Digna y trabajadora infatigable.
Su casa era un punto de referencia en la geografía urbana de Santa Cruz de la Sierra.
Del Santa Cruz de la Sierra de ese entonces, en el que todos éramos parientes.
Y si no lo éramos, honrábamos la amistad.
Y lo hacíamos de corazón.
Sí, allí discurrió la infelizmente corta existencia del padre Juan Manuel Bruno Garabito.
Sacerdote de hondas e inconmovibles convicciones.
De sólida formación.
De tierno espíritu.
De constantes y espontáneas, a la par de claras manifestaciones piadosas.
De niño, supo de todas las inocentes travesuras exentas de maldad.
Intervino en los juegos callejeros a la vista de los mayores del barrio.
Como cualquiera, corría vigoroso y ágil en pos de la pelota de trapo.
Marcaba goles con la satisfacción del caso, pero siempre respetando a su rival.
Ejerció su ministerio, o parte de él, en la iglesia de San Andrés.
Lo tuvieron invariablemente en muy alto aprecio todos sus feligreses.
Seguían sus sermones con particular recogimiento.
Y como producto de personales experiencias, debo confesar que sus prédicas me llevaron muchas veces a reencauzar mi cotidiano comportamiento.
El Padre Bruno era un escogido hijo de Dios.
Por eso se lo llevó muy temprano a su lado.
Vive en el recuerdo con toda su gracia espiritual que era contagiosa.