En nuestro país, de cuya escasa fortuna tanto nos hemos dolido y lo seguiremos haciendo mientras nos quede un hilo de voz y la suerte no nos sonría aunque sea levemente, resulta muy difícil tarea conseguir el servicio, el aporte, el trabajo de los mejores, de los más calificados ciudadanos para que asuman la grave responsabilidad de contribuir al manejo de los intereses públicos.
Tan difícil, tan imposible más bien es lograr el concurso de los mejores bolivianos para el manejo de los destinos nacionales que incluso un jefe del Estado, discutido hoy como no podía ser de otra manera, decretó formalmente el servicio civil obligatorio con la única intención de evitar que los hombres, los buenos hombres, en caso de ser llamados a servir a Bolivia, no tuviesen opción para excusarse. La severa, y quizás única forma de comprometer a los buenos, no tardó en caer en desuso y finalmente en ser echada por siempre en el olvido.
Entre bambalinas escuchamos al respecto un criterio sobre el tema: es que en Bolivia aun si el propio Cristo se postulase y accediera a la función pública, a la hora de retirarse lo haría como sospechoso, cuando menos, de mil y una barrabasadas. Opinión tal, a nuestro modesto modo de ver, no peca por muy despistada.
Bueno, ahora en este tiempo en que ya se lleva corrido más que un año, está en trance de legitimarse, o se ha legitimado ya más bien, otra forma de surtir el frondoso aparato del Estado que no deja de producir brotes nuevos aunque no sea el tiempo primaveral apropiado. La otra forma, la nueva forma de aportar personal pata atender las viejas ramas y los recientes brotes del aparato administrativo del Estado, pasa por los “avales”, de singular notoriedad en medio de nuestras franciscanas pobrezas presentes.
Y como quiera que los ahijados nacen, crecen y se reproducen al por mayor y a cada cual hay que buscarle un hueco porque es bueno, porque es leal, porque no ha parido para nadie, pues los avales se multiplican, van y vienen sin cesar y llevan el sello de gente de peso, de aquella que hace temblar, lo menos, con el primer ¡quién vive!
Tiene su lado realmente conflictivo esto de los avales que van y vienen sin pausa y sin medida. Ese lado conflictivo se manifiesta constantemente y viene a ser la causa de discordias, a veces muy ácidas discordias, en los altos niveles de la fuerza política que detenta el poder. Seguramente tanto van y vienen los avales que terminan chocando de manera inevitable por aquello tan socorrido que se expresa de manera tan gráfica: Muchos son los diablos y es poca el agua bendita.
La fuerza política que detenta el poder no tiene enfrentamientos duros con los partidos de la oposición. Los enfrentamientos de la fuerza política gubernativa son con su propia gente.
Que el olvido no los sepulte
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina
Santa Cruz de la Sierra era una aldea.
La abrumaba el polvo de sus calles.
La carencia de todo.
Y esa triste situación prevalecía cuando otras ciudades del interior del país no sólo habían pavimentado sus calles.
Además contaban con agua, luz, alcantarillado y teléfonos automáticos.
A Santa Cruz de la Sierra la animaba un injusto y mezquino olvido.
Pero tenía sus ventajas.
Como aldea grande, la vida era tranquila, segura, cordial y fraterna.
Prácticamente nos conocíamos todos,
Éramos una sola familia.
Los corros a la puerta de calle de los caserones, con vecinos del alma, destilaban una mágicas tibiezas.
Cuando la aldea daba sus pasos para convertirse en ciudad, el ámbito todo empezó a cambiar.
Vagos, malentretenidos y hasta delincuentes fichados se aposentaron en nuestras calles y desataron sus bagajes de fechorías.
Más de una beata se santiguó recordando los tiempos recientemente idos.
Pero acudió en defensa de la paz, del orden y de la ley el almirante Aníbal Ugarteche.
Un disciplinado y guapo oficial de la Fuerza Fluvial y Lacustre.
Vino con la misión de asegurar la paz, el orden y el bienestar de los cruceños.
Impuso con su sola presencia, su autoridad.
Y, efectivamente, Santa Cruz de la Sierra, aunque vibrante frente a los primeros aldabonazos del progreso, volvió a ser tranquila como una taza de leche.
Cálida bajo sus soles eternos.
Y de renovados fervores fraternales.