Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Lunes 26, marzo de 2007
 

Metas y posibilidades reales



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Su lugar en la correlación nacional de fuerzas, la cual tiene connotación no sólo política, sino también demográfica, es algo que el Gobierno de Evo Morales y su partido, el MAS, debieran analizar en forma cuidadosa, antes de emprender la ruta hacia las metas que se proponen alcanzar, la principal de las cuales y en cierto modo, determinante de las demás, es un Estado de multinacionalidad basada en lo étnico-cultural. Varias naciones dentro de un mismo Estado, bajo rígida segmentación política, administrativa, lingüística y hasta jurídica, dentro de autonomías regionales condenadas así a una manifiesta ingravidez dentro de su propio espacio decisorio.
En primer lugar, veamos lo demográfico: Bolivia es un país mayoritariamente mestizo y urbano. Lo primero lo puede verificar cualquiera con sólo mirar a la gente que pasa a su lado por cualquier lugar del país. En el mestizaje se iguala, sin duda alguna, más del 65% de la población total del país. Lo puramente indígena se da solamente en lo rural y no va mas allá del 35%. A partir de 1970 adquirió creciente e imparable volumen la migración campo-ciudad a las principales ciudades del país. El Alto, Santa Cruz y sus zonas rurales son casos representativos al respecto.
Consecuencia natural de la migración campo-ciudad es la aculturación del indígena y el progresivo desvanecimiento de su identidad étnico-cultural. Aimaras y quechuas que se incorporan en las ciudades a la economía informal y otras actividades, confrontan retos de integración social que tanto en lo lingüístico como en lo cultural les ciñen a la más estricta funcionalidad. Poco a poco, además, según como les vaya en la actividad ferial y cualquier otra a la cual se dediquen para fines de subsistencia, van adquiriendo mentalidad diferente a la de la comunidad a la cual pertenecieran.
Lo único que les queda del pasado indígena es el folclore del que hacen gala en festividades religiosas y carnestolendas en las ciudades que les acogen.
Políticamente, tras las elecciones de diciembre de 2005, logró un apoyo popular del 54%, cifra no alcanzada por fuerza política alguna, en el pasado inmediato. No hay últimas encuestas que nos digan si mantiene o no ese porcentaje. Debe tomarse en cuenta que el apoyo a un gobierno se ajusta, a veces, a un ritmo de sube y baja. Asciende un poco cuando sus logros hacen impacto en la opinión pública. Pero estos incrementos equivalen a burbujas que pinchan los desaciertos.
Y el Gobierno de Evo Morales los tuvo, y no pocos, en los últimos 60 días. Mencionaremos únicamente los principales, como el mal manejo de los contratos petroleros, asunto con el cual se demostró total incompetencia e irresponsabilidad, o la onda de corrupción que recorrió estructuras altas, medias y bajas de la dirigencia masista. Es altamente probable que todo esto haya desdibujado la imagen y prestigio de Evo y el MAS en capas medias urbanas imposibles de manejar a control remoto, como a los denominados ‘movimientos sociales’. Si eso ha tenido lugar, el índice de aceptación del actual Gobierno debe andar en bajada.
Ni políticamente ni demográficamente el MAS es un partido suficientemente grande como para imponer sin chistar el modelo de país que quiere y del cual sólo se conocen generalidades que más inquietan y preocupan que satisfacen. Le falta vigor y capacidad para pasar y pisar sobre los demás rumbo a la hegemonía política que quiere implantar tras la Constituyente y el referéndum. Si de la mayoría absoluta bajan a la simple mayoría, lisa y llanamente tal emprendimiento les llevará al despeñadero político.


Corrupción, mal endémico
Marcelo Rivero
Arbitrariedades en la designación de autoridades militares, policiales, judiciales, de salud, de educación, etc. -o sea, sin respetar jerarquías, institucionalidad y normas, asimismo sin llamar a concursos de méritos y exámenes de competencia-, he ahí las primeras características del Gobierno tan pronto como se instaló en enero del año pasado. Igualmente, a los pocos días, daba sus primeras señales de prepotencia y desconsideración con prefectos y alcaldes que no le simpatizaban y hacia departamentos como los del oriente, y muy principalmente el de Santa Cruz, que ya antes de ocupar el Palacio Quemado no le inspiraban simpatía, peor todavía después del referéndum sobre las autonomías.
No habría que extrañarse, así ha sido siempre, los que se han turnado en el poder en lugar de dar el ejemplo de acatamiento a las leyes, las pisotearon a su antojo. Una de las diferencias es que los de ahora entraron a barrer con todo, a no dejar ni rastros de 500 años de ‘colonialismo’, de ‘oligarcas y terratenientes explotadores’, a imponer la ‘justicia comunitaria’, el socialismo según los dictados de los entremetidos, a refundar el país o mejor dicho a crear la ‘república collasuyense’, con sus nuevos héroes, guerrilleros muertos y vivos pero por estirar la pata, y parlanchines y demagogos, adinerados por añadidura.
Por diversos motivos que se haría largo enumerar no se están logrando muy fácilmente los objetivos de lo que también aspira a ser dictadura y totalitarismo por los siglos de los siglos, menos ahora que las decepciones vienen por el lado de la corrupción. La corrupción que se ha manifestado y denunciado de distintas formas, desde la que supone dar pegas chicas o grandes a familiares y a los ‘compañeros’ que llevan reclamando más de un año un pedazo de la torta -y que encima deben pagar ‘avales’ que les proporcionarán los más cogotudos-, hasta la que involucra negociados y favores con bienes incautados a narcotraficantes y con maquinaria para labores agropecuarias, pasando por el tráfico de influencias con plata de por medio para conseguir pasaportes, con su yapa: nacionalidad boliviana en dos días para la parentela extranjera que así gozará de un buen trabajo. En fin, también son formas de corrupción las maniobras por las cuales el oficialismo logró que en esa chacota llamada Asamblea Constituyente votaran representantes que no habían asomado ni la nariz, y que en el Senado unos suplentes aparecieran con una docilidad enternecedora para aprobar la Ley INRA.
La corrupción entonces continúa flotando en el ambiente boliviano, provocando el desencanto de la ciudadanía como había acontecido con los regímenes que antecedieron al actual. Es el endémico mal que tiene a la nación en eterna agonía.

 




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