Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 25, marzo de 2007
 

La actual coyuntura política



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No es exageración alguna decir que Bolivia está hoy atrapada en una verdadera telaraña política, cuyos hilos iniciales lograron enorme efecto de reproducción desde una Asamblea Constituyente que hasta ahora se acredita más como fuente de inquietud pública que de trabajo efectivo. A pesar de los siete meses de sesiones, no aprobó un solo artículo de la Carta Magna con la cual, según muchos dirigentes masistas, habrá un cambio total de país.
No sabemos todavía cómo hará la Constituyente para hacer lo que la respectiva convocatoria le fija en los pocos meses que le quedan. Al principio, las cosas eran en Sucre no tan complejas como lo son ahora. Se debatía únicamente el carácter de la Asamblea. Si originaria, como todavía sostiene el MAS o meramente derivada, como lo prescribe la Constitución y la Ley de Convocatoria. Otro punto de conflicto era el relativo al sistema de votación. Pero poco a poco el debate derivó a otros asuntos, creando toda una maraña en torno a la actual coyuntura. Tales, por sólo citar algunos, los casos de las autonomías regionales, que ni Evo Morales ni su partido las quieren ver en el futuro inmediato, por lo que pretenden territorial, política y administrativamente restringir sus espacios de soberanía con autonomías indígenas.
La maraña alcanza ahora densidad récord con el planteamiento del jefe del Poder Ejecutivo de elecciones presidenciales para el próximo año. No sabemos cómo se resolverá este asunto en la Constituyente, pero sí estamos seguros de que dará lugar a una encendida controversia que demorará más aún el trayecto de la Asamblea hacia la sanción de la nueva Carta Magna. Si ésta no incorpora a su articulado el principio de la reelección presidencial, simple y llanamente, constitucionalmente hablando, el proyecto de Evo se convierte en barco que naufraga y no llega a puerto alguno.
Para aspirar a una reelección en las elecciones presidenciales que desea se convoque en 2008, tanto la ética como la legalidad constitucional prevaleciente en todos los países democráticos del mundo, le exigen a Evo Morales la renuncia a sus altas funciones con carácter previo al verificativo de las urnas. El asunto podría paralizar aún más a la Constituyente, toda vez que es altamente probable que en su seno sectores del MAS propongan que se elimine del texto de la Carta Magna el requisito de la renuncia presidencial previa. Nos imaginamos la incandescencia del debate, con ajos y cebollas de por medio, si eso ocurriera.
Entretanto, el tiempo pasa, la Constituyente sigue sin aprobar nada y salvo algunos aciertos en materia hidrocarburífera, el actual Gobierno no acredita un rumbo cierto que infunda confianza y seguridad en el pueblo. Por el contrario, en la mayoría de la gente, particularmente la concentrada en las ciudades, se impone la incertidumbre.
En los constituyentes del MAS (no todos, por cierto), a raíz del anuncio presidencial de convocatoria a elecciones para 2008, lo político-electorero empieza a sobreponerse al trabajo de reformas a la Constitución. Es lo que acredita la postulación del binomio Morales-Lazarte para las justas que Evo quiere que se realicen en aquel año. Sectores de la oposición incurren también en el mismo exceso, cuando plantean la constitución de un solo bloque antimasista contra Evo.
Gobierno y oposición debieran más bien desenmarañar la actual coyuntura política, ofreciéndole al país un terreno llano hacia reformas constitucionales que el pueblo libre y democráticamente apruebe o rechace en el referéndum previsto para ello.


¡Celulares!, ¡celulares!
Dominicus
Todavía recuerdo los primeros celulares que ingresaron a Bolivia en 1990. Eran casi del tamaño de un ladrillo y costaba una pequeña fortuna hacer llamadas. Hoy las cosas han cambiado radicalmente: prácticamente todo el mundo tiene un celular, sus costos se redujeron considerablemente y ahora son diminutos, amén de tener varias funciones extras, tales como correo electrónico, fotos y videos, etc. Es más, se dice que los celulares de nueva generación serán útiles hasta para extraer dinero de los cajeros automáticos ¿Qué tal?
Lo que no se dice sí, es lo que se siente. Con el auge de los celulares su presencia ha llegado a ser antipática, pues suenan –con diversos tipos de música y ruidos– en todas partes. Desde conferencias, hasta cines y velorios, no falta el que –pese al pedido previo– deja prendido su celular y se escuchan los antipáticos sones del mismo. En Buenos Aires, el exclusivo Jockey Club solicita a sus socios e invitados que dejen sus celulares apagados o en el guardarropa. Aquel que contraviene, es severamente apercibido y se le retira el celular. Así debería ser en todas partes, pero esto resulta de difícil aplicación.
Es por eso que me alegró una noticia leída en el diario argentino Clarín el pasado 3 de marzo. El teatro Alexandrinsky de San Petersburgo, el más antiguo de Rusia, instaló un equipamiento para bloquear las señales de teléfonos celulares e impedir que el público interrumpa la función. La decisión se tomó luego de que un actor suspendió su espectáculo al grito de: “¡Apaguen esos estúpidos teléfonos y déjenme terminar mi monólogo!”.
Este tipo de señales bloqueadoras hace falta aquí y ahora, donde se ha llegado al colmo del abuso y del desparpajo con los celulares, pues se hacen sentir hasta en los momentos más solemnes. Conozco un conferencista local que pide que se apaguen los celulares y amenaza con abandonar la sala si suena uno; ya lo hizo en dos ocasiones, con gran consternación de muchos, pero también plenamente justificado ante la falta de educación de pocos.
Nadie niega la utilidad y hasta la función social de los celulares, pero hay límites dados por el respeto a los demás. El uso del bloqueador implementado en el teatro ruso, merecería ser imitado en muchos lugares.

 




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