Sólo hay un pelo de distancia que salvar para precipitarse, en este tiempo de tan despiadados e inapelables enjuiciamientos, en los repudiables estratos de la oligarquía. Basta con medio fruncir el ceño ante los desmanes, ante las medidas y las desmedidas de los todopoderosos de la hora, ensoberbecidos en el ejercicio del poder político, para que se los tenga, a los que así manifiestan reparos aunque sean silenciosos, como comprometidos con la oligarquía o más bien como instrumentos activos de esta corriente infamante.
Dicho en muy pocas palabras, en este tiempo no son oligarcas solamente los que real y de manera incuestionable lo son, por convencimiento o por tradición o por conveniencias incluso. Pasan a serlo además, automáticamente, los que se resisten o tienen reparos a la hora en que se desea que todo el mundo nuestro empiece a bailar según la música que le tocan los de arriba.
Pero vamos a dar por hecho que oligarcas lo son todos, es decir, todos aquellos que sustentan puntos de vista diferentes de los que manejan los de turno en el uso del poder político, los que formulan abierta o reservadamente objeciones, los que conciben ideas y formas distintas de conducción de los destinos del país, los que no llevan el compás en las ruidosas marchas con motivos o sin motivos. Aceptando que oligarcas lo son todos los que aceptan serlo, más los que se identifican por infinidad de causas, debemos reconocer, en acto de cabal y estricta justicia, que esta nuestra oligarquía es mansa, es inofensiva, es conformista, es resignada en fin. Si hasta da la impresión, casi siempre, de que se avergüenza de serlo y allí están, no pocos de los que se desprenden directamente de ella, fungiendo de furiosos abanderados de la fuerza y de la sinrazón.
Los tiempos se están dando para ubicar las cosas dentro de su cabal dimensión. Ya nos tienen abrumados, cansados más bien, con esos desplazamientos humanos agresivos, explosivos en manos y hasta portando armas mortíferas, que dejan estremecidos a los vecinos de bien y que tan alto precio le significan para el erario nacional en crónica crisis. Hasta cuándo va a usarse milicias como medio de intimidación y de alarde de fuerza.
Sin estruendos inútiles, sin quebrantar la paz ni el orden, sin sobrepasar el necesario principio constitucional de la autoridad, la oligarquía, la que puede que realmente lo sea, más aquella a la que se involucra sólo por no aceptar el estado de cosas en que se está debatiendo el país, debe asimismo dar la cara. Nunca en tono jactancioso desde luego y menos todavía con propósitos subversivos o desestabilizadores, como se dice en los tiempos presentes.
La oligarquía, que a lo mejor la hay sin que muchos de los involucrados se den cuenta, debe dar la cara, insistimos, para que no se la subestime bajo la afirmación de que se trata de cuatro gatos y de que no tiene velas en este entierro.