En muchos países del mundo, la mayoridad de edad, para fines jurídico-legales y político-electorales, empieza a los 21 años.
En otros, a partir de los 18 años. Entre nosotros, regía lo primero. Para tener derecho al sufragio había que sobrepasar la veintena.
Pero después, bajo el peso de intereses político-electorales, el requisito de edad fue bajado a los 18 años, edad en la que el ser humano conserva aún muchos rasgos de la mentalidad que caracteriza a la adolescencia.
Sin embargo, está científicamente comprobado que es justamente a partir de los 18 años que el hombre y la mujer empiezan el recorrido hacia una madurez que en materia de opciones político-electorales les permite tomar decisiones por sí mismos, sobre bases de racionalidad y reflexión. Éstas, casi siempre referidas al día a día. Es decir, a eso que para la mayoría es la lucha por la subsistencia y para otros el ansia de mejores empleos e ingresos. El ciudadano de a pie extrae de este cuadro los parámetros que le sirven para calificar de mala, regular o buena las opciones político-electorales que se disputan el voto ciudadano. Y vota a favor de la que considera más potable. Claro que a veces, algunos, y otros, muy a menudo, se equivocan de cabo a rabo, circunstancia que, empero, no interesa demasiado, toda vez que la definición fue propia y no digitada por nadie.
En cambio, a los 16 años, el ser humano no es todavía plenamente consciente de todo cuanto hace y decide. Acredita una personalidad en la que aún se delata el niño que ha sido. Se halla sustraído a las responsabilidades de la vida, sin asumir plena conciencia de lo bueno y lo malo en la política y la sociedad. Por mucho que la pobreza extrema le obligue al trabajo prematuro para ayudar al sostenimiento del hogar, carece de capacidad reflexiva para captar dichos valores. Lo peor es que le falta información. Partido político y programa le equivalen a crucigrama difícil de resolver. En consecuencia, es fácil de ser arrebañado por cualquiera para cualquier cosa. Sobre todo, por políticos y partidos que ahora apuestan al voto adolescente-juvenil y que hoy creen que con éste abultarán en forma ostensible sus guarismos electorales en las urnas.
Y no se equivocan si tomamos en cuenta verdades irrefutables de la demografía nacional. Bolivia, a diferencia de los estados europeos, es un país joven. Corresponde a los bolivianos entre los 10 y 18 años el porcentaje más alto en la estructura demográfica del país.
Representan un buen abrevadero político electoral. Más que tal, cardumen de votos fáciles de pescar. Es lo que ahora quiere hacer el MAS con su propuesta de que en Bolivia se vote en las urnas a partir de los 16 años.
En dos meses 40 toneladas
Marcelo Rivero
Asombrosos los números conocidos en los últimos días con respecto a la producción de estupefacientes y su posterior tráfico a los mercados del exterior, asimismo para su comercialización en el territorio nacional.
La semana pasada se supo que en los dos primeros meses de 2007, mejor dicho hasta el 25 de febrero, el organismo antinarcóticos decomisó 40 toneladas de droga, cifra récord. No es aventurado calcular que otras 40 toneladas escaparon al control policial para llegar a los consumidores de aquí y de más allá de las fronteras bolivianas, con lo que redondearíamos otra ‘interesante’ cantidad: casi una tonelada y media (¡1.500 kilos!), de alucinógenos se fabrica diariamente en el país. No es una exageración y ahí están las frecuentes noticias de que en el aeropuerto de las pampas de Birubiru, a 13 kilómetros de nuestra capital, permanentemente están cayendo presos los ‘narcos’, las ‘mulas’ y los ‘tragones’ con cantidades diversas de cocaína que pretenden sacar al exterior de las formas más inimaginables, ingeniosas habrá que admitir. También están por ahí más traficantes sorprendidos en pueblos chicos y grandes, en caminos, trancas y comunidades de las áreas rurales, en barrios de las ciudades, ya sea fabricando, transportando o vendiendo al por mayor y menor los malhadados alcaloides.
Hasta el más ignorante sabe de memoria que la coca es la materia prima sin la cual sería imposible producir cocaína, y también son muchos los que están enterados de que sus propiedades medicinales y para algún otro uso son relativos, además de reemplazables, siendo también nocivo el ‘uso tradicional’ -que no es otro que el llamado ‘acullico’-, puesto que tiene el fin de que el individuo esté más activo, no se duerma y por tanto pueda trabajar más, que era el objetivo de quienes estimularon su uso, nada menos que los conquistadores españoles, los barones mineros y los ‘oligarcas’ y ‘terratenientes’ de las alturas bolivianas.
Por eso resulta incongruente que el Gobierno insista no sólo en defender la ‘hoja milenaria’ -incluso en estrados internacionales donde más de una vez quedó muy malparado-, sino que fomente su cultivo, cuando tendría que estar enfrascado en intensas campañas para reemplazarla con trigo, quinua, maíz, soya y otros productos incuestionablemente alimenticios que los bolivianos tanto necesitan para tener una vida más saludable. Y paralelamente concienciando a la población sobre la importancia de no coquear, de quitarse la dependencia de la coca, comprobado como está que más le daña que le beneficia.
Todo eso sin tomar en cuenta las 40 toneladas de estupefacientes incautados en menos de 60 días, que quizá pudieron ser 80 si los narcos no fuesen tan gallos.