En Tokio, Japón, donde estuvo de visita oficial, el presidente de la República, Evo Morales, frente al ministro japonés Shinzo Abe, abundó en reflexiones que merecen ser analizadas. Admitió, en primer término, que la radicalidad contra la inversión extranjera marcó su lucha por la conquista del poder político, pero que luego, tras asumir la primera magistratura del país, “felizmente” entendió la necesidad de que Bolivia cuente con inversión extranjera para poder explotar sus recursos naturales.
En la misma oportunidad, siempre ante tan insigne anfitrión, aseguró que su Gobierno respetará el derecho de los inversionistas foráneos a recuperar el dinero invertido en el país, así como a obtener los réditos inherentes a su inversión.
Sin duda alguna que repitió retórica de tan tranquilizador efecto en las reuniones que sostuvo con empresarios japoneses interesados en la importación de productos orgánicos de Bolivia y representantes de empresas mineras y agrícolas, así como de la liga parlamentaria japonesa.
¿Despliegue conceptual connotativo de viraje a la sensatez y racionalidad con las cuales cualquier gobierno debe tratar a la inversión extranjera y su articulación a un mercado internacional que obliga a los países a hacer negocios y no política? Sí, negocios que dan réditos y acercan a los pueblos y no despliegues politiqueros que no dan nada que no sea mala imagen, con pérdida de credibilidad y prestigio.
Esperamos que sí. Confiamos que lo del Presidente en Tokio no sea un mero reflejo protocolar al buen trato recibido por el Gobierno de aquel boyante país, sobre todo en materia de condonación de la deuda bilateral y asistencia a Bolivia por la emergencia sufrida a causa del fenómeno El Niño.
Cabe hacer notar que durante la reunión, el Primer Ministro japonés tuvo frases de acento exhortativo para que el Gobierno de Bolivia reandara lo andado en muchos frentes de la política nacional. Pidió entonces al Presidente boliviano mantener los principios de democracia y economía de mercado en el proceso de reformas económicas que emprenda, garantizando seguridad jurídica para las inversiones extranjeras en el país.
Otra de las razones, la anteriormente citada, para que el Presidente de la República dijera en Tokio lo que dijo. ¿Mera reacción de tipo protocolar para quedar bien con los anfitriones o firme decisión de hacer las cosas, a partir de ahora, en la línea de lo expresado?
Esperamos que sea lo último y no lo primero. A pesar de la buena coyuntura de mercado internacional para nuestras principales exportaciones, del equilibrio macroeconómico logrado y del incremento de los ingresos nacionales, no disponemos todavía del excedente necesario para las multimillonarias inversiones que exige la explotación, industrialización y comercialización de nuestros recursos naturales en el mercado externo. La inversión extranjera nos será absolutamente indispensable por mucho tiempo todavía. Sin ella, inclusive actuales y prósperas potencias económicas, como China, por sólo citar un caso, no hubieran llegado a ser lo que ahora son.
¿Qué clase de país es éste?
Dominicus
El reputado escritor Marcos Aguinis alguna vez dijo que la Argentina era un país de opereta. Si eso dijo y con respecto a su propia nación, no sé qué podrá decir de Bolivia (¿país de zarzuela, de sainete?), pues acá se ha llegado a extremos.
En primer lugar, los viajes marítimos directos están descartados, ya que no hay salida autónoma al mar por la trágica pérdida de nuestro litoral marítimo y como consecuencia de no haber sabido prevenir lo que pudo evitarse. En segundo lugar, resulta que en la “tierra de contactos” (¿¿??) es casi imposible viajar por tierra: los malos caminos se caen con cuatro gotas de lluvia o el bloqueo de turno lo impide. A las pruebas me remito.
Ahora y en dramático tercer lugar, ya no es posible viajar con certeza en avión debido a la permanente escasez de jet fuel que hizo suspender muchos vuelos y causó justificadas protestas, amén de la incertidumbre actual en torno a itinerarios que no se sabe si se concretarán o no.
Por mar, por aire y por tierra, casi cercados y encerrados. A todo esto, lo único eficiente en Bolivia es la mendicidad internacional, que en ocasión de la catástrofe de las inundaciones llega ahora a su apogeo, tal como ha sucedido en el pasado con otros gobiernos y otras situaciones. Para ser justos, no es cosa del momento, viene de mucho tiempo atrás.
Mientras se cae la infraestructura y la vida se le hace cada día más complicada al ciudadano común, en la superestructura gubernamental de ayer, de hoy y de mañana, se sofistican cada vez más las técnicas del “mangazo” y del “sablazo” internacionales. Se habla de dignidad y de no aceptar imposiciones, pero se tiene la mano tendida con el sombrerito dando vueltas para recibir la limosna de otros. En casos de desastre la ayuda es necesaria y bienvenida, pero hay muchas otras veces en las que uno puede ayudarse a sí mismo y no se lo hace, total, es más fácil pedir y ya se hizo adicción. Así andamos y parece que así andaremos…
Aguinis, si usted fuera boliviano, ¿cómo nos bautizaría?