Con fanfarrias se sale a la caza de ciertos personajes que, en un pasado reciente, incurrieron en actos lesivos contra los intereses del país o cuando menos violentando las leyes de la república.
Y vuelven a dejarse sentir las fanfarrias y hasta se dan atisbos de algazara cuando los cazadores retornan con presas de buen volumen y de mayor peso, es decir, cuando se logra atrapar o cortar las alas de los que les hicieron daño al país, en beneficio personal o de los grupos que están al mando.
Fanfarrias y algazaras a las que se suman todos aquellos que de buena fe piensan que por fin en Bolivia se está cumpliendo con aquello de que quien las hace, las paga. Casos hemos tenido en que se ha sentado la mano, en el tiempo presente, a los que bolsiquearon al muy famélico Estado boliviano sin guardarle un mínimo de conmiseración y en beneficio de unos privilegiados encaramados en las esferas de la administración de los bienes públicos y de la Nación en particular.
Y, preciso es reiterarlo, frente a tales casos que hacen pensar en que corren en el país aires renovados con fuerza como para llevarse el lastre de la corrupción, la gente de bien da muestras de complacencia, apoya y aplaude así sea dentro de los límites de su intimidad, que en este país nuestro de tantos vaivenes, siempre es prudente mantener a la sombra.
Pero el hecho de que en ciertos casos, de que en determinadas circunstancias, se dé muestras fehacientes de que va en serio la caza de los defraudadores del pasado reciente o un poquito más lejano, no significa ni remotamente que, a la par, se esté poniendo sobre seguro los intereses públicos, los recursos económicos del Estado Nacional.
¡No, la cosa no se da así! En los hechos el país, su manejo, con excepciones que gracias a Dios las hay, se ajusta a los mismos y nada recomendables moldes. Sigue en espectacular vigencia el uso de las influencias personales y políticas para copar los espacios de la función pública que no dejan de extender más y más sus tentáculos. Y así como el molde de las influencias se sacraliza en las circunstancias presentes, lo de servirse de los recursos públicos para el enriquecimiento personal o el engrosamiento de las arcas partidarias o afines, también adquiere características de moneda de uso corriente.
No es real, no se ha llegado aún, pese al barullo de las fanfarrias, a ese ejercicio saludable de sacar los trapitos al sol, quienquiera que sea el que se perjudique o el que se beneficie que en esta parte no debiera ser otro que el país. Aún se escuchan secreteos tras las puertas y manoseos al amparo de cortinas de humo. Romper estos moldes sin lugar a contemplaciones, es lo que no se manifiesta a plenitud.
Que el olvido no los sepulte
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina
Hombre de nuestro campanario.
Entre los de mejor talla humana.
Caballero a carta cabal.
Centro, por ello, de las generales simpatías de este vecindario grigotano.
Su nombre: Jorge Urenda Trigo.
Su existencia, que por la gracia de Dios fue larga, transcurrió sembrando ejemplos.
De patriarca, eran notorios sus rasgos.
Don Jorge Urenda Trigo era contador de profesión.
Honró las funciones inherentes a su saber que era real y profundo.
Trabajó con ejemplar entereza.
Fue pilar de la consolidación de no pocas de nuestras empresas madres.
Don Jorge Urenda Trigo cautivaba, asimismo, por su singular don de gente.
Sin proponérselo, se convertía en centro de las reuniones al más diverso nivel.
Ponía de manifiesto, sin esfuerzo, aquello que hoy se llama carisma.
Y que en el tiempo lindo de antes simplemente identificaba al hombre de bien.
Las inquietudes cívicas en Santa Cruz de la Sierra se abrieron paso con legítima vehemencia.
Fueron la consecuencia de muchos años de olvido a que estuvo condenada la región.
Fueron la resultante de muy amargas y reiteradas frustraciones.
Don Jorge Urenda Trigo no fue indiferente a las inquietudes cívicas de entonces.
Hizo su aporte militante ocupando lugar saliente en el seno del Comité pro Santa Cruz.
En suma, don Jorge es parte de esos recuerdos nuestros que no pueden desvanecerse.