Por ser morocho, por ser boliviano, por ser pobre. Por la
vestimenta, por padecer obesidad, por tener una
discapacidad. En boliches, en la calle, en los comercios, en
comisarías, en las escuelas. Una encuesta les puso números a
las víctimas de la discriminación en el conurbano
bonaerense, a los motivos para el prejuicio y a los lugares
donde ocurre. La investigación indagó en las vivencias y
percepciones de esa población sobre el fenómeno. Y dejó al
descubierto varios indicadores alarmantes. Casi cuatro de
cada diez personas fueron discriminadas alguna vez. Más de
la mitad vio que le sucedía a otro. Pero el 60 por ciento de
unos y otros no hizo nada. El 80 por ciento cree que en la
sociedad argentina hay “muchas” y “bastantes” prácticas
discriminatorias, pero a su vez un buen porcentaje avala
ciertas opiniones y actitudes prejuiciosas. Aquí, el mapa de
la discriminación en el área de mayor concentración de
pobreza del país.
El sondeo fue elaborado a pedido del Instituto Nacional
contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi),
como primer paso para elaborar un mapa de la discriminación
en todo el país. La consultora que lo hizo fue Ricardo
Rouvier & Asociados, sobre 350 entrevistas domiciliarias
entre el 18 y el 30 de diciembre de 2006.
De los encuestados, el 94 por ciento era de nacionalidad
argentina, el 3,1 de un país limítrofe y el 1,4 de otro país
latinoamericano. El 3,4 por ciento acusó una discapacidad y
el 27,1 dijo tener un familiar en esas condiciones. Casi el
70 por ciento se declaró católico; el 18,3, ateo; el 5,7,
evangélico; el 2, judío y el 1,4, testigo de Jehová. De
todos modos, seis de cada diez dijeron ser “sólo creyentes”
y no practicantes. Respecto de la ideología política, el 60
por ciento dijo que no tenía ninguna; poco más del 20, de
centroizquierda e izquierda, y algo más del 12, de
centroderecha y derecha.
“Uno de los datos que nos impresionó gravemente fue el
que constata que casi el 40 por ciento padeció algún acto
discriminatorio. Y que más de la mitad lo presenció alguna
vez –señaló María José Lubertino, titular del Inadi–. Esto
habla de la extensión del problema, que es alarmante.”
De acuerdo con el sondeo, en el “ranking” de las
discriminaciones sufridas o presenciadas figuran en los
primeros cinco lugares las ocurridas en función de la
nacionalidad de la víctima, de su nivel socioeconómico, del
color de piel, de la obesidad o sobrepreso o de una
discapacidad (ver cuadros).
A quienes padecieron u observaron una situación de
discriminación se les preguntó si habían tomado alguna
medida al respecto. El 60,7 por ciento dijo que no. Al 39,3
que aseguró que sí, se le consultó a su vez qué tipo de
medida había tomado. El 35,2 por ciento dijo que lo hecho
fue “dialogar”; el 20,5, “ayudar/defender”; el 12,5,
“enfrentar al discriminador”; el 11,4, “me enojé, presenté
una queja”; y el 6,8, “me retiré del lugar”. Más alarmante
aún fue la pregunta sobre “cómo caracterizaría la reacción
de las personas presentes” en una situación de
discriminación. Siete de cada diez dijeron que hubo
“indiferencia”. El 15,5 por ciento, que hubo “comentarios de
reprobación aislados”, y sólo el 6,6 por ciento,
“interviniendo directamente contra el discriminador”. El 4
por ciento aseguró incluso que la reacción fue “de apoyo al
discriminador”.
Lubertino advirtió que “el hecho de que la abrumadora
mayoría opte por la indiferencia ante la discriminación
implica un desafío: tenemos la tarea de mostrar a la
sociedad que hay algo por hacer, que el Estado está por
detrás”. Precisamente, el mapa de la discriminación que
arrancó con el estudio en el Gran Buenos Aires implicará
para el Inadi “una herramienta para la definición de
políticas públicas, de focalización de las campañas y de
instrumento para el diálogo con las autoridades de cada
provincia y de cada ciudad”, indicó la funcionaria.
Según la encuesta, en el conurbano, el 83,8 por ciento
asegura que existen “muchas/bastantes” prácticas
discriminatorias en la sociedad argentina. Sólo el 15,2 dice
que hay “poco o nada” y un insignificante uno por ciento
dice que no sabe. Las víctimas de la discriminación son, en
la percepción de los encuestados, las siguientes, en este
orden (ver porcentajes en cuadros): las personas pobres, las
personas con sobrepeso, las portadoras de enfermedades
contagiosas, las personas con discapacidad, los extranjeros
de países limítrofes, las minorías sexuales, las minorías
religiosas, las personas mayores, los jóvenes, las mujeres,
los niños. Quienes más discriminan en el país, de acuerdo
con la opinión de los habitantes del conurbano, son en
primer lugar “los sectores socioeconómicos privilegiados”,
luego “la población en general”, en tercer lugar “los
empresarios”, luego “la clase media”, “los políticos y
políticas” y “los medios de comunicación” (sólo se consignan
aquí los que figuran en los seis primeros casos). “Un
aspecto llamativo de las respuestas en el conurbano –apunta
Lubertino– es que se identifica con claridad a los
‘poderosos’ económicos o sociales como los responsables de
actos y situaciones de discriminación.” En la Capital
Federal el estudio (aún en marcha) indica que esa
identificación es más etérea: se acusa a la sociedad en
general más que a un sector económico determinado.
Otra particularidad del conurbano es la identificación de
los grupos más afectados por la discriminación en el país:
en la percepción de los encuestados, en primer lugar figuran
los inmigrantes bolivianos (52,3 por ciento); los sectores
socioeconómicos desfavorecidos (48,3), los inmigrantes
peruanos (30,6), los inmigrantes paraguayos (24,3), los gays,
lesbianas y travestis (24), las personas con discapacidad
(24), los judíos (17,1), los inmigrantes chinos (14,6), los
inmigrantes chilenos (11,7), las personas mayores (9,4),
otros inmigrantes (8,9), las mujeres (5,4), los obesos
(5,1), la gente de piel oscura (3,7), los islámicos (2,9),
los adictos (2), los enfermos de sida-VIH (1,7).
Hasta aquí, los encuestados demostraron cierta
“corrección política” a la hora de contestar. El Inadi
indagó entonces sobre el grado de acuerdo respecto de una
serie de frases de contenido discriminatorio o prejuicioso,
muchas de ellas repetidas con asiduidad por algunos medios
de comunicación o dirigentes políticos y sociales. El 66,6
por ciento se mostró “de acuerdo” y “más o menos de acuerdo”
con que “la mayoría de los delincuentes no tiene
recuperación”. Con la frase “si mi hijo fuera homosexual, me
tengo que ocupar y lo llevaría a un profesional de la
salud”, el 45,5 contestó con esas dos opciones. También el
45,1 adhirió a la idea de que “la mayoría de los drogadictos
son delincuentes”. El 52,8, al concepto de que “los
trabajadores que vienen de países vecinos lea quitan
posibilidades a los trabajadores argentinos”. “A mí me
parece bien que el Estado se ocupe de resocializar a los
delincuentes, pero yo no emplearía a ninguno”: 45,7 por
ciento contestó siempre con la suma del “de acuerdo” y “más
o menos de acuerdo”. A la frase “las mujeres tienen más
complicaciones para trabajar, entonces es lógico que para un
mismo trabajo ganen menos”, adhirió el 26,3 por ciento, una
cifra menor que las anteriores pero igualmente preocupante.
Por último, sólo el 16 por ciento estuvo “de acuerdo o más o
menos”, con que “los musulmanes y judíos ortodoxos que uno
ve por la calle deberían vestirse como todos”.
–¿Qué significa está contradicción entre la alta
percepción sobre la discriminación en la Argentina y la
adhesión a este tipo de lugares comunes del prejuicio
social? –preguntó este diario a Lubertino.
–Significa que son prejuicios que ni siquiera están
autopercibidos. Si los encuestados los percibieran como
tales, posiblemente no los admitirían. Pero aquí
respondieron con sinceridad. Esto significa que la situación
es mucho más grave y requiere de un compromiso muy fuerte
para el cambio.
FUENTE: www.pagina12.com.ar