Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 24, febrero de 2007
 
 

 

Bolivia sin atractivos



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De todos es sabido, y desde luego que con hondo sentimiento, que nuestro país, Bolivia, es de los menos conocidos del mundo. De sus bondades, que pese a nuestro mal comportamiento, las tenemos, muy pocos en el exterior están informados. No es ninguna exageración aquella que destaca que a esta Bolivia de nuestros encendidos amores, se la conoce por las cosas malas, aparece en el ámbito externo ligada generalmente con el narcotráfico y con la anarquía descontrolada, irracional y, lo peor, casi siempre sangrienta.
Muy pocos, del otro lado de nuestras fronteras, y menos todavía del otro lado del mundo, saben de la encantadora diversidad geográfica de Bolivia que hace posible que sólo una hora de vuelo en avión lleve a la gente desde las montañas y sus nevados eternos, hasta sus feraces y cálidos llanos, pasando o haciendo escala en perfumados y encantadores valles. Esas imágenes no se conciben cuando se habla de Bolivia porque las que han sido exportadas, sensiblemente,  conciernen al gran centro productor de cocaína o de la materia prima o a la altiplanicie en que con viejos fusiles al hombro los bolivianos nos matamos en caóticas y despiadadas pugnas por el poder político.
 Con grandes riquezas naturales a flor de tierra, sin explotar, expuestas a la codicia de los vecinos, no logramos crear una corriente de inversionistas con capitales fuertes, prestigios universalmente reconocidos, equipos modernos y personal técnico de la más alta formación profesional. Los escasos inversionistas que se interesan en Bolivia, como decimos nosotros, -excepciones honrosas al margen-, son pichiruchis, casi desconocidos en el mundo empresarial. Y es con ilustres desconocidos que nos vemos en la necesidad inevitable de caer cada vez que tratamos de aprovechar las riquezas naturales dormidas.
Hay países que virtualmente viven de esa gran industria sin chimeneas como se lo llama con razón al turismo. Bolivia, por su sola diversidad geográfica, porque aún puede ofrecer zonas vírgenes de su extenso territorio a los miles y miles de turistas que prefieren el turismo de aventura, podría nutrir sus debilitadas arcas concediendo las máximas facilidades para que nos visiten, para que nos conozcan, para que se informen de lo mucho que tenemos para mostrar con orgullo. Pero hacemos justamente lo contrario, alzamos barreras burocráticas, sometemos a expedienteos sin sentido a los que se interesan en lo nuestro, sacrificamos, en fin, la gallina de los huevos de oro antes de aprovecharnos de sus portentosas cualidades.
Una agresión, hasta hoy sin explicación convincente, se ha consumado en perjuicio del turismo precisamente, al establecer limitaciones para ciudadanos norteamericanos que ingresan al país y que tienen centrado su interés en el lago Titicaca y sus múltiples atractivos. No es posible que se malogre una buena opción turística por un papeleo que va a enclaustrarnos más desde el punto de vista turístico.


Que el olvido no los sepulte
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina

Por los nombres de pila no los voy a mencionar.
Recuerdo apenas un par de ellos.
Pero los personajes a quienes aludirá esta breve columna eran más.
Y todos ellos, de innegable peso.
Dejaron honda huella en nuestra otrora plácida y encantadora aldea grigotana.

Me estoy refiriendo a aquellos ciudadanos, alemanes de nacionalidad, que montaron y durante años administraron las tres más importantes tiendas comerciales.
La Casa Zeller, La Providencia y La Casa Elsner.
Tras los nombrados establecimientos, no era difícil topar con las figuras austeras de los Zeller, de los Mozer, de los Schweitzer, de los Elsner.
Irreprochables todos ellos.
Con el aplomo característico de la gente de bien que, infelizmente, nunca es mucha.
 
Varones aquellos, casi todos hicieron hogar de nuestra Santa Cruz de la Sierra.
Llegaron algunos con esposas e incluso hijos todavía pequeños en su generalidad.
Otros aquí se casaron con gentiles flores de los maravillosos jardines cruceños.
Y sacando a relucir el espíritu empresario de que estaban animados, de esas tres casas hicieron atractivos centros que gravitaron en la vida parroquial.
La Zeller, Mozer y Compañía, La Providencia y la Elsner eran tiendas en que de todo había y de la mejor calidad, desde telas hasta maquinaria agrícola, desde la famosa salsa inglesa hasta mantequilla de insuperable calidad. Algo así como los supermercados de hoy, aunque más confortables y más acogedores.
Fueron la expresión de tiempos muy lindos sin duda.

 




 
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