Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 22, febrero de 2007
 
 

 

¿Tradición carnavalera?



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De la tradicional originalidad, del colorido y la picardía del carnaval cruceño que tanto y tan legítimo renombre alcanzó, poco o más bien nada queda a la fecha. Y no vaya a creerse, como habitualmente concebimos nuestras quejas y nuestras protestas, que esta especie de aculturación carnavalera que estamos sintiendo en carne propia, es producto de la influencia que nos viene del interior y del exterior del país. De ninguna manera, nosotros, los propios cruceños, le hemos cambiado fundamentalmente la cara a la que todavía pomposamente seguimos llamando nuestra “Fiesta Grande”.
Vamos por partes en este somero ensayo sobre el fenómeno carnavalero cruceño: El peregrinaje de las comparsas durante los tres días largos del carnaval venía a ser como la reafirmación del derecho de propiedad de los cruceños sobre su ciudad. A manera de añadidura, esos tres días de andanza por nuestras calles hacía posible que nos encontrásemos con gente amiga a la que normalmente no veíamos durante años y años. Y no era, desde luego, sólo el encuentro, sino que además salía a relucir el abrazo fraternal, el intercambio de buenos deseos que se acompañaban de un ardiente trago que de verdad sabía a gloria.
La caminata carnavalera que cubría lo que hoy constituye el casco viejo, lograba que todo el pueblo se sintiese parte de la fiesta grande. Posibilitaba a la vez la puesta en descubierto del espíritu hospitalario del hombre y de la mujer de nuestra tierra que aunque fuese del humilde alero de su casa se valía para acoger con amor a los fiesteros en sus andanzas sin rumbo fijo.
Hoy los carnavaleros se privan del goce de reafirmar su derecho sobre su ciudad. Un gran número de carnavaleros, y curiosamente jóvenes todos ellos, han adoptado la moda de encerrarse en un “canchón” o en un garaje o en un descampado cualquiera y allí pasarse todas las horas de la farándula bailando, bebiendo, en suma, divirtiéndose. Tienen todo el derecho a hacerlo, desde luego, pero igual, en cualquier tiempo del año, no precisamente en carnaval, podrían hacer lo mismo. Sólo que hacerlo justamente en carnaval es como asestarle un golpe artero y mortal a nuestras mejores y genuinas tradiciones.
Los viejos carnavaleros, y los que no lo son tanto, recuerdan nostálgicos y apenados los singulares bailes de mascaritas en que con tanta gracia y a veces con intencionalidad, salía a relucir, cruda y chispeante, la picardía de la desconocida mascarita, bulliciosa y saltarina infatigable. ¿Qué fue lo que le puso término a los bailes de mascaritas? ¿Arrebatos de fementida moralidad? Esa moralidad fementida que, en cambio, admite formas mucho más groseras de faltamiento a la honestidad, al pudor y por supuesto a las buenas costumbres.
Tenemos un carnaval que dista un siglo, cuando menos, de aquella que, ciertamente, fue la Fiesta Grande de los cruceños.


Que el olvido no los sepulte
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina

Don Armando Jordán Alcázar merece figurar en la galería de notables.
De aquellos personajes, hombres y mujeres, que no pueden ser sepultados por el olvido.
No era nacido en estas cálidas llanuras, sin embargo.
Sus raíces habían sido echadas en La Paz.
Y el propio don Armando vio las primeras luces de este mundo en esas nevadas alturas.
Pero vivió en esta tierra, trabajó en ella y la honró con amor y profundidad.
Sin duda alguna don Armando ganó por mérito propio la calidad de buen cruceño.
A nosotros, que la pintura nos impresiona por el impacto que logra en nuestros ojos cansados, siempre nos gustó el trabajo artístico de Jordán Alcázar.
Pintor, con vehemente alma cruceña, don Armando imprimió en sus lienzos estampas de la vida aldeana cruceña de su tiempo.
Allí estaba el buri.
Allí estaba el velorio.
Allí estaba, en fin, todo lo concerniente a nuestra vida social y a nuestros fastos religiosos y también cívicos.
Don Armando sabía cómo manejar sus pinceles para captar el gusto popular.
Entre sus cuadros no faltaban, asimismo, estampas campestres.
Y éstas, concebidas con la misma vehemencia e igual fervor,
Don Armando fue el esposo de esa gran mujer, la señora Guillermina, que ya pasó por esta breve columna con legítimos abolengos.
Al lado de ella, de su casa hizo un centro cálido de la buena vida cruceña.
Punto de reunión obligado era esa casa en que además que se respiraba aires de fraternidad, se comía como reyes, y de nuestras cosas.
Sobrarán motivos para mantener actual el nombre de don Armando Jordán Alcázar.

 




 
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