Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 17, febrero de 2007
 
 

 

Tenencia de armas



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Comentábamos, no hace muchos días, desde esta misma columna editorial, acerca de lo ciertamente  peligroso que resulta quedar a merced de los delincuentes, de los atracadores en alarmante proliferación, porque ahora no sólo que despojan, que cargan con lo de uno, grande o pequeño,  sino que además te matan o de un balazo o de una cruel puñalada.
Deben contarse por decenas y hasta por cientos los casos de robos con muertes o heridas graves o leves, sólo para apoderarse, los delincuentes, de un teléfono celular que es hecho de todos los días y de todas las horas, o de un simple bolígrafo o de un arrugado billete de cincuenta o de veinte o de diez bolivianos incluso. Ahora resulta que hasta ese hurto ratero, en esta nuestra sufrida ciudad de Santa Cruz de la Sierra, se da teñido en sangre cuando no con el sacrificio de la vida humana.
Pero ¿cómo es que en manos tan irresponsables no faltan, casi a la par de las armas blancas, las de fuego? ¿Acaso no existen disposiciones legales estrictas que deben observarse sí o sí, acerca de la tenencia, en manos de civiles, de armas, en particular si de las de fuego se trata?
Por lo que es de nuestro conocimiento, la adquisición de armas de fuego, en particular, cualesquiera sean éstas, rifles, escopetas, pistolas y otras, sólo procede previa la presentación de una autorización de compra expedida por la repartición policial competente. Y allí no acaba todo, desde luego, pues el comprador, -siempre según lo que sabemos-, está en la inexcusable obligación de registrar el arma de fuego adquirida en otra de las reparticiones de la institución policial. Y nos imaginamos que lo primero que se averigua en las dependencias es el objeto que conlleva la compra de un revólver o de una escopeta.
De mantenerse vigentes estas regulaciones, de no haber sido abolidas, podemos llegar a la conclusión de que, adquirir un arma, especialmente de las de fuego, no es cosa nada sencilla. Considerando, particularmente, que según recordamos, asimismo, está prohibido vender este tipo de artículos a menores de edad o personas con taras mentales.
Dando por hecho que tan cabales limitaciones se mantienen vigentes, que deben ser observadas obligatoriamente por compradores y vendedores, no deja de aparecer como un manifiesto contrasentido advertir que armas de fuego, incluso de gran potencia mortífera, son corrientes en los mil y un casos de atracos con derramamiento de sangre o muertes, en poder de hasta iniciados en el espantoso camino del delito.
Una de dos está ocurriendo. O hay impedimentos legales o de orden humano que obstaculizan la aplicación de la ley, o como con frecuencia sucede en nuestro país, no aparece un responsable con determinación para hacer cumplir nuestras normas de convivencia. Por algún lado existe un tornillo flojo que es menester ajustarlo sin pérdida de tiempo.


Que el tiempo no lo sepulte
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina

De estricta justicia es traer a esta breve columna periodística a un personaje que dejó visible huella.
Visible huella que nítidamente quedó estancada en nuestras calles.
En esas nuestras calles arenosas primero.
En esas calles que luego vistieron de losetas hexagonales.
A través de las cuales poquito a poquito se fue filtrando el progreso.
Alentado por nuestra inclaudicable fe.

El personaje a que aludimos se llamaba Ramón Ortiz Mardóñez.
Regentaba su propia farmacia que mantenía impecable y muy bien abastecida.
Y eso que don Ramón no era un profesional del ramo.
Y eso que tampoco era un hombre de gran fortuna.
Del sentido de la responsabilidad, sí que estaba ricamente dotado.
Como lo estaba, asimismo, del amor al prójimo para quien era un libro abierto en materias elementales de la salud.

Pero Ortiz Mardóñez algo tenía de genio.
Y eso le permitió dar aplicación a nuestro macororó, del que obtuvo, con legítimo suceso, un aceite para frenos de vehículos motorizados, de calidad reconocida internacionalmente.
Aunque su producción del aceite era casi artesanal, se vendía como roscas calientes entre choferes y conductores en general.
Se lo conoció bajo la etiqueta de “Tartagoil” en razón del nombre  universal de nuestro macororó que era y es, tártago.
Llamó la atención en el sector automotriz de todo el mundo, este Tartagoil.
Fue un premio justo para un cruceño cuyo nombre hay que poner a salvo del olvido.

 




 
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