Desde luego que es muy privativa del primer mandatario de la nación la facultad de designar a sus asesores personales, sean individuales o en equipos. Y nadie, en el uso de su razón, puede discutirle al jefe de Estado la señalada prerrogativa. No es la pretensión, entonces, de este comentario, inventar límites para las legítimas facultades presidenciales.
Si el asunto relativo a las asesorías de las que se rodea el primer mandatario de la nación nos preocupa es, ciertamente, en la estrecha concomitancia que la materia en cuestión tiene con el buen nombre, no sólo del Gobierno, sino del país en su conjunto.
Y es que no deja de ser lesivo para el buen nombre boliviano tomar conocimiento, después de más de un año de gestión gubernativa, y quién sabe cuánto tiempo más antes de tal gestión, de que la asesoría del jefe del Estado nacional estaba en manos de un individuo extranjero que arrastraba serios y graves cargos por sus recientes andanzas del brazo con los terroristas de su país de origen e incluso a la cabeza de éstos.
¿Estaba al tanto de estos antecedentes el jefe del Estado boliviano? Aunque no es costoso pensar que sí, dadas las diversas circunstancias que no vale la pena analizar; nosotros preferimos suponer que el señor Presidente no sabía gran cosa de su asesor o tal vez no sabía nada.
Siguiendo con nuestras suposiciones, concluimos con que ciertamente nadie puede coartar la libertad del más importante ciudadano del país para escoger a sus colaboradores y en particular a sus asesores directos. Mas, seguro que si estaba al tanto de sus nada recomendables hechos pasados, no lo hubiese instalado allí mismo, en el venerable e histórico Palacio Quemado, a pocos pasos del propio despacho presidencial, como para tenerlo al alcance no sólo en su calidad de asesor, sino a la vez de su paño de lágrimas.
Al asesor cuestionado se lo vincula, acabamos de enterarnos, con uno de los más sangrientos episodios de guerrillas desatados aquí nomás, al lado de nuestras fronteras y con repercusiones, que las hubo, en nuestro ámbito patrio. Al parecer, el asesor de marras, en su país, había caído en el olvido y de pronto reaparece vivito y coleando en Bolivia, nada menos que instalado en el Palacio de Gobierno. Tal vez queda mucha lectura por hacer de este caso que sin duda no tiene parangón, al menos en nuestra historia.
Oruro, mañana
Oso Molino * ®® Sonría ‘Plis’
Hoy, por mañana, fiesta de Oruro, quiero compartir con mis aguantadores seguidores unas líneas que escribí hace 20 años.
Si hubiera salido descalzo de mi tierra, mis huellas se habrían marcado en sus arenales, condominios de sales, que cobija a los quirquinchos.
Si hubiera salido descalzo de mi tierra, mis huellas de niño se habrían perdido detrás de la esquina que marcan los vientos.
Si hubiera salido descalzo de mi tierra, mis huellas pequeñas se habrían borrado en el trayecto de botas mineras rumbo a sus cuevas de Estaño.
Si hubiera salido en silencio de mi pueblo, sólo una oración de pequeño balbucearía en el socavón; un Avemaría. Un adiós, siempre en silencio a la Candelaria que habita y bendice los cerros mineros, las calles estrechas por las que se adhieren en el tiempo la sombra y el recuerdo de mis buenos abuelos.
Si hubiera escrito una palabra en los muros de mi pueblo, en molde pequeño, con cariño, estaría el nombre de mis padres que a lo lejos me enseñaron a amar a mi Oruro y me legó el espíritu sencillo, como lo es la gente de mi pueblo.
Si hubiera hecho fiesta al partir, siendo niño, hubiera invitado a un Diablo Lucifer para que baile con su China Supay, que rompa la piñata y salgan de ella la banda de música con tantas canciones y tantos colores con los que la gente de mi pueblo, fabrica un Carnaval de ilusiones, cada año, en sus venas, en sus calles, en sus gargantas, en sus brindis, en sus coplas, en sus gentes siempre amigas con sus casas siempre abiertas.
Si hubiera salido de Oruro en la noche me habría robado la luz de su faro. Habría acampado en la puna para enlazar con una liana tejida de pajabravas a muchas estrellas amigas, cercanas traviesas y audaces para atisbar con ellas el sueño de las vicuñas mecidas en las gigantes cunas de los cerros nevados, por donde se cuelan canciones antiguas con llanto y charango, con quenas de sangre.
Si un día retorno a mi tierra, que sea descalzo, como el retorno de un misionero a su santuario en busca de un consuelo llevando mil flores que pongan al gris de mi pueblo, una chispa de colores y el poema que en día de verano reclamaron en su partida los ojos de mi padre cansado.
Salí de niño, pero calzado. Con mis “Manacos” relucientes y estas líneas que las encontré luego de 20 años. Es un recuerdo a mi pueblo, aunque confieso que sin una plegaria, porque hace tiempo que me olvidé de rezar.
• Insigne originario de la Villa de Austria, laureado por su poema; El Rostro Asado en las Prácticas Sexuales del Carnaval.
• osomier@hotmail.com