Nuestras enfermedades, nuestros males endémicos son nuestros problemas. Y podrá decirse que ésta no es ninguna novedad, que todos los países del mundo adolecen de la misma enfermedad o dicho más claramente, sufren los efectos de sus peculiares problemas.
Pero en el caso nuestro, en el caso boliviano, las enfermedades, los males endémicos, aparte de ser tan graves como los que más, se agudizan porque no tenemos los remedios adecuados, porque invariablemente apelamos a pócimas y específicos inapropiados.
Para empezar, nuestros males, o sea nuestros problemas, no se anuncian con síntomas visibles como para permitirnos tomar precauciones, ensayar algún tratamiento de verdad preventivo. Nuestros males se dejan sentir con manifestaciones siempre agudas, siempre críticas, de modo que el tratamiento preventivo ya no cabe. No queda otra cosa que la intervención inmediata, que la operación de emergencia, únicas formas de salvar el pellejo.
Pero ¿por qué nuestros males se manifiestan así, lo que se dice sin vísperas? Pues, a nuestro modesto modo de ver, porque los que deberían asumir responsabilidades respecto de la buena salud de lo que es la comunidad boliviana, están siempre en otras cosas, velando por intereses sectarios o personales, jugando apasionadamente el juego de la política partidaria, ejercitando bien cultivadas dotes de demagogia o simplemente abriendo la boca. Es a expensas de estas actitudes indiferentes y negligentes de los responsables de nuestros destinos, que de los males de la comunidad se tiene noticias en los círculos oficiales, cuando han adquirido la calidad de críticos y en no pocos casos, de fatales.
Así, cuando ya la instancia se ha tornado dramática en razón de su gravedad, apelamos a nuestros viejos ungüentos y pócimas para caer casi de inmediato en cuenta, de que sirven de muy poco y hasta de que no sirven para nada, ni a título de simples paliativos.
Otras salidas se abren entonces. Salidas por la fuerza, salidas por la confrontación dura y armada que generalmente se tiñen de sangre fraterna. Parece que cargamos con un sino los bolivianos, hasta por un pucho tenemos que batirnos a balazos.
En resumen, nuestros males son muchos y son crónicos y no tenemos otra forma de llamar la atención acerca de ellos que no sea a través de la asonada, de la subversión del orden y de la paz. En cuanto a remedios, o ha caducado su fecha de efectividad o simplemente no los tenemos en stock. Por lo tanto, hay que resignarse y dejarse arrastrar nomás, por los cauces de la confrontación violenta. Esta nuestra triste suerte.
Que el olvido no los sepulte
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina
Abraham Telchi Giacoman.
Sin duda, nombre y apellidos de un ciudadano señero.
Firmemente arraigado entre los de personajes que dieron lustre a los cruceños durante la segunda mitad del siglo pasado.
Tan notable llegó a ser el doctor Telchi, y con él toda la familia, que venía a ser un hito en nuestra geografía citadina.
En tiempos de lluvia, como los actuales, la calle Arenales, donde vivía el Dr. Abraham, arrastraba tanta agua y con tal fuerza, que daba la impresión de ser un río.
Pues a ese caudal impetuoso se lo conoció como río Telchi.
Y hasta hoy, así se lo nombra.
Bioquímico farmacéutico de profesión.
Su farmacia, que sigue en pie, venía a ser una especie de timbre de confianza.
Allí señoreaba la presencia del doctor Abraham Telchi.
Con autoridad, proveía untos, calmantes y remedios para males menores.
Pero el Dr. Telchi no sobresalió solamente por el ejercicio profesional.
Tal vez tanto o más que como profesional se lo conoció como deportista.
Fue un apasionado del más popular de los deportes. Llegó a jugar en ese viejo Florida que de tantas glorias supo.
Se codeó con los mejores de su tiempo,
Y eran cabales su destreza y su fortaleza, amén de su caballerosidad.
Más tarde, fue el presidente casi inamovible de la Asociación Cruceña de Fútbol.
Y nadie podría negarle su calidad de promotor de nuevos valores cruceños del balompié.
Siempre cordial.
Siempre caballeroso y franco.
De aquellos que no deben caer nunca en el olvido.