No existe el propósito aleccionador. Sin duda, no se trata de llamar la atención acerca de lo que viene a ser oprobioso, denigrante, y menos todavía con la intención de revivir un antecedente cruel, inhumano más bien, para no repetirlo nunca más.
¡No!... A un Gobierno nacional reciente, el que le sigue o los que le siguen, se encargan de colgarles dramáticas cuentas por los ciudadanos bolivianos muertos en las confrontaciones sociales o políticas violentas, por lo general, a manos de uniformados del Ejército o de la Policía. En eso de abrir cargos, de colgar facturas por muertos y también por heridos, a los antecesores en el ejercicio del Gobierno, nadie se cuida de aquella prudente recomendación: “No hay que escupir para arriba porque el escupitajo puede caer en la propia cara.”
Con diversos grados de culpabilidad, directa o indirecta, más sangrienta o menos sangrienta, los últimos regímenes de gobierno, han recibido a su tiempo la cuenta dramática por muertos, heridos o desaparecidos. Y tras librada la factura, interna y externamente se ha exigido justicia, cárcel para los presuntos culpables y resarcimientos materiales y espirituales. Aparte de ello, un clamoreo los jueves, los domingos, los días de fiestas cívicas y los de fiestas religiosas para que a los culpables se los traiga de vuelta al país y se los haga eructar a pólvora.
Sin que un ápice avance el propósito de hacer justicia, de encarcelar a aquellos a quienes se apunta sin piedad con el dedo por sus crímenes directos o indirectos, nuevas cuentas empiezan a girarse porque de nuevo nuestras calles y nuestras ciudades han servido de cauce a la sangre de otros bolivianos. Y sin excepción, las cifras producen estremecimientos dolorosos porque si a los gobernantes de ayer se les factura tres vidas, a los de hoy ya se les tiene anotadas cuatro y todavía queda bastante tiempo antes de la hora de hacer el recuento final.
Unos y otros, en este nuestro país, no hallamos la forma correcta de comportamiento. No sabemos, las mayorías, cómo exponer nuestras cosas, cómo exigir lo que nos hace falta y lo que nos corresponde. No saben, a su vez, los que manejan los destinos nacionales, escuchar las buenas razones y atender las justas demandas. Por eso caemos indefectiblemente en el camino menos aconsejable, en el de la confrontación, que no tiene límites, que suele tornarse sangrienta en muchos casos. Y, por la sangre vertida, naturalmente, a alguien habrá siempre que colgarle la cuenta.
Vale, de todas maneras, la advertencia: No se puede o no se debe escupir para arriba porque el escupitajo cae en la propia cara.
Esto sí que es cierto.