Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Martes 6, febrero de 2007
 
 

 

Cuentas dramáticas



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No existe el propósito aleccionador. Sin duda, no se trata de llamar la atención acerca de lo que viene a ser oprobioso, denigrante, y menos todavía  con la intención de revivir un antecedente cruel, inhumano más bien, para no repetirlo nunca más.
¡No!... A un Gobierno nacional reciente, el que le sigue o los que le siguen, se encargan de colgarles dramáticas cuentas por los ciudadanos bolivianos muertos en las confrontaciones sociales o políticas violentas, por lo general, a manos de uniformados del Ejército o de la Policía. En eso de abrir cargos, de colgar facturas por muertos y también por heridos, a los antecesores en el ejercicio del Gobierno, nadie se cuida de aquella prudente recomendación: “No hay que escupir para arriba porque el escupitajo puede caer en la propia cara.”
Con diversos grados de culpabilidad, directa o indirecta, más sangrienta o menos sangrienta, los últimos regímenes de gobierno, han recibido a su tiempo la cuenta dramática por muertos, heridos o desaparecidos. Y tras librada la factura, interna y externamente se ha exigido justicia, cárcel para los presuntos culpables y resarcimientos materiales y espirituales. Aparte de ello, un clamoreo los jueves, los domingos, los días de fiestas cívicas y los de fiestas religiosas para que a los culpables se los traiga de vuelta al país y se los haga eructar a pólvora.
Sin que un ápice avance el propósito de hacer justicia, de encarcelar a aquellos a quienes se apunta sin piedad con el dedo por sus crímenes directos o indirectos, nuevas cuentas empiezan a girarse porque de nuevo nuestras calles y nuestras ciudades han servido de cauce a la sangre de otros bolivianos. Y sin excepción, las cifras producen estremecimientos dolorosos porque si a los gobernantes de ayer se les factura tres vidas, a los de hoy ya se les tiene anotadas cuatro y todavía queda bastante tiempo antes de la hora de hacer el recuento final.
Unos y otros, en este nuestro país, no hallamos la forma correcta de comportamiento. No sabemos, las mayorías, cómo exponer nuestras cosas, cómo exigir lo que nos hace falta y lo que nos corresponde. No saben, a su vez, los que manejan los destinos nacionales, escuchar las buenas razones y atender las justas demandas. Por eso caemos indefectiblemente en el camino menos aconsejable, en el de la confrontación, que no tiene límites, que suele tornarse sangrienta en muchos casos. Y, por la sangre vertida, naturalmente, a alguien habrá siempre que colgarle la cuenta.
Vale, de todas maneras, la advertencia: No se puede o no se debe escupir para arriba porque el escupitajo cae en la propia cara.
Esto sí que es cierto.


Corresponsales y la imagen de Bolivia
 Juan Carlos Rivero
El periodismo tendencioso es fácilmente identificable en países donde se goza de libertad de expresión. La opinión pública, más temprano que tarde, ficha a los medios que distorsionan los hechos porque ella misma es testigo de lo que está sucediendo a su alrededor.
No se puede decir lo mismo cuando la información proviene del extranjero. En este caso, lo que uno conoce y sabe de un país depende casi exclusivamente de lo que escribe y reporta el corresponsal de prensa. A miles de kilómetros de distancia resulta más difícil verificar el contenido de los despachos.
Si los lectores del diario The New York Times, por ejemplo, desean enterarse de lo que sucede en Bolivia tienen que confiar en el trabajo periodístico de su corresponsal, Simón Romero. Lastimosamente, los despachos de este señor suelen mostrar una imagen sesgada de nuestro país porque a veces omite, exagera o distorsiona los hechos.
Para los estadounidenses que se han tragado las historias de Romero, los cruceños somos unos oligarcas racistas que queremos autonomía para apoderarnos del negocio del gas. Para empezar, este corresponsal no menciona que el movimiento autonómico impulsado por Santa Cruz se inició mucho antes de que la nacionalización de los hidrocarburos cobrara vigencia.
Tampoco menciona que la demanda autonómica de cuatro departamentos está respaldada por los resultados de un referéndum. En lugar de este dato importante, Romero acude a ‘analistas políticos’ para que éstos confirmen la supuesta ambición cruceña por los recursos naturales.
Parece que el corresponsal Romero estuvo demasiado ocupado leyendo grafitis en las paredes de la ciudad y recibiendo mensajes obscenos en su celular que hablan mal del Presidente de la República. De las expresiones de unos cuantos vándalos, bromistas y extremistas Romero saca la conclusión de que los cruceños son racistas y elitistas. Por supuesto que no menciona que cientos de miles de personas en Santa Cruz han protestado pacíficamente contra las políticas del Gobierno, sin que en los discursos se haya deslizado algún comentario racista o despectivo contra nadie.
Menos mal que los estadounidenses tienen otras fuentes de información. Por ejemplo, la columnista Mary Anastasia O’Grady del diario The Wall Street Journal representa la visión opuesta del Sr. Romero. No queda más que leerlo a ambos para intentar aproximarse a lo que verdaderamente sucede.   

 




 
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