Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Viernes 2, febrero de 2007
 
 

 

Dar la cara



Texto normal Texto medio Texto grande

Con el goce que es natural en la persona humana, damos nuestra cara de bolivianos cada vez que los caminos de la vida nos llevan hasta el otro lado de nuestras fronteras. Sin aspavientos, pero sí con cabal dignidad, asumimos nuestra identidad, nuestro lugar de origen, al que nos debemos y al que amamos por sobre todas las cosas.
Pero sensiblemente muestra cara pelada de bolivianos, casi sin excepciones allá, justamente traspasadas nuestras fronteras, no cae muy simpática que se diga, hablando sin vueltas, no cae bien. Sin duda lo hemos sentido así los que tuvimos ocasión de viajar al exterior y nos vimos enfrentados con funcionarios de migraciones, aduanas y otros burócratas que los hay en cualquier punto del planeta.
En efecto, pasan los controles, sin mayores tropiezos, viajeros de razas blanca, negra, amarilla, cobriza o de otros tintes, si las hay. Pero cuando toca el turno de un boliviano, primero lo observan y lo miden de pies a cabeza, luego examinan sus documentos de viaje y personales hasta a trasluz y, no conformes con este tratamiento descomedido y claramente discriminatorio, a los bolivianos, hombres, mujeres y hasta niños, nos meten en unas dependencias copadas por policías que nos someten a ultrajantes interrogatorios. Un calvarios en fin, supone para nosotros, arribar a cualquier puerto donde jamás encontramos una muestra de bienvenida.
Aunque el ultraje, injusto casi en la generalidad de los casos, duele, mortifica, amarga, debemos reconocer que somos un poco responsables por ese trato agraviante. Es que nunca hicimos gran cosa o tal vez nunca hicimos nada por mejorar, por lavar la imagen de nosotros los bolivianos, a quienes siempre se nos consideró poco civilizados, exponentes de un país primitivo y casi desconocido, y violento, caótico, levantisco, puesto que cambiaba gobiernos y gobernantes cada dos por tres, sin sujeción a las leyes, sin idea cuando menos de lo que podía ser una Constitución Política del Estado. Y para completar nuestra imagen, dechado de fallas e imperfecciones, aparecimos ante los ojos del mundo como protagonistas centrales del narcotráfico, proveedores de la materia prima, productores a gran escala del alucinógeno y con el añadido de una supuesta adicción generalizada.
Tenemos que reconocer que era mucha cosa semejante cúmulo de antecedentes. Era razonable que nos tuviesen bajo sospecha, que a justos y a pecadores, entre los bolivianos, nos midiesen por el mismo rasero.
Pero en cierto modo, las cosas han cambiado con el correr del tiempo y si bien no tenemos razón para pensar que no somos lo mejor que parió Pilato, de varias de nuestras lacras nos hemos sacudido. Nadie se ha ocupado de difundir la nueva imagen del boliviano y ésa es una falla que es a nosotros mismos a quienes lastima en carne propia.



¿Quieres casarte conmigo?
Oso Molino * ®® Sonría ‘Plis’

El mundo es un ovillo de conflictos. No es una taza de leche. Si lo es, siempre hay una mosca que jode el idealismo. En un país ocurre lo que ocurre en la relación de pareja. El ‘matriqui’ es un laboratorio para perfeccionar la interacción entre partes.
Por ejemplo: ¿a qué se asemejaría esta conversación romántica?
- ¿Quieres casarte conmigo?
- Quieres, digo quiero y con toda el alma. ¿Y vos?
- No.
- Pero si acabas de decirme: “¿quieres casarte conmigo?”
- Una cosa es preguntar y otra cosa es desear. Yo no he dicho: “¿nos casaremos?”
- Pero: ¿para qué preguntas?
- Tengo que consultar con mi familia.
-Pero; ¿qué tiene que ver tu familia, si ya tienes edad para decidir por ti mismo?
- Es que para mí, mi familia es como los movimientos sociales. Ella tiene que decidir.
- Estás tratando de confrontarme con tu familia y no hay nada peor que la confrontación.
- Entonces dialoguemos.
- Dialoguemos, pero no te vayas a poner a hablar cuatro horas y media y dejarme sin posibilidad de opinar. Diálogo es entre dos, monólogo es un discurso.
- Pero hay que sentar las bases.
- Sí, pero una cosa son las bases de sinceridad y otras es la demagogia, porque dialogar no es sólo hablar. Mi loro habla. Mi madre habla.
- Mi futura suegra, habla como lora. Jejej
- ¿Quiere decir eso que nos vamos a casar?
- No, es una forma simplemente de hablar. Chiste es.
- Pues yo quiero dialogar.
- Bueno, nos vamos a casar
-  ¿Cuándo?
- Cuando vuelva de Irak.
- Y ¿cuándo vas a ir a Irak?
- Nunca.
- Pero acaso no nos vamos a casar.
- Nos vamos a casar.
- Yo de blanco.
- Yo con poncho rojo.
- El poncho rojo es guerra.
- El matrimonio también.
- ¿O sea que no hay matrimonio?
- No. A no ser que haya.
- Éste ya no es un doble discurso. Es un acertijo, búscate quién lo descifre y no me busques más. Prefiero vestir santos a escuchar verdades a medias, que siempre terminan en mentiras.
- ¿Ves? No sabes dialogar, por lo tanto, no me caso contigo.

* Académico de la Lengua y autor de las tesis: Arsenal de palabras, La Lengua en el Amor, Ají de Lengua, El Discurso es el api del pueblo.
osomier@hotmail.com


 




 
Derechos Reservados © 2006 - EL DEBER
Santa Cruz - Bolivia