Tienen vigencia en todos los países del planeta. Son la consecuencia de las numerosas, de las incontables complejidades que se dan a diario en las abigarradas comunidades humanas. De ellos, especialmente en niveles donde se toman decisiones que afectan a colectividades más o menos numerosas, es imposible pensar siquiera en prescindir.
Nos estamos refiriendo a los asesores que por igual se mueven en el sector público como en el privado. Asesores para asuntos que tienen que ver con las más variadas disciplinas humanas, hoy son parte irreemplazable entre los engranajes de la vida moderna.
Pero aunque casi todos ellos ostentan rangos universitarios, títulos de estudios especializados superiores, masterados y otros de iguales o mayores relumbrones, amén de convincentes y largas experiencias, hay entre los asesores, cualesquiera sean sus especialidades, buenos, regulares y malos e incluso pésimos. El simple hecho de contar con uno o con varios asesores no garantiza acierto, infalibilidad. De muchos, en tal función, se sabe que han mandado al traste los mejores, los más esperanzadores emprendimientos humanos.
En nuestro país, donde con mucha frecuencia pecamos de buena fe y a veces hasta de manera consciente, nos hemos equivocado mucho con asesores individuales o en equipos. Asesores que, más audaces que competentes en sus ciencias, nos han llevado a meter la pata o han hecho tambalear, y hasta frustrarse, proyectos, programas, medidas, políticas en que teníamos cifradas crecidas esperanzas. Al cruce, tales asesores audaces, nos han salido con diagramas que no consultaron las realidades bolivianas ni eso que es tan importante y que se conoce como nuestro peculiar modo de ser.
Se toman muy en serio los asesores que se apoyan en su audacia, aquello de que en país de ciegos, el tuerto es rey. Nada cuesta venir y probar, al final de cuentas, nuestras extensas fronteras están abiertas y supuestamente los bolivianos somos fáciles de embaucar. Adentro entonces, en la altiplanicie boliviana hasta alojamiento, con el Illimani al fondo y desayuno en la cama, aguardan.
Y no hay esperanza en que aparezca una cura para la ingenuidad y la inocencia nuestras.
Asesorías y asesores especializados en sojuzgamientos, domas y escarmientos ya no corren en estos tiempos así queden sueltos aún no pocos trogloditas. Y se torna doblemente indeseable ese tipo de asesoría y de asesores si se tiene presente que no sólo ha sido corrido de su país de origen, sino que pesa sobre su cabeza una severa orden de aprehensión a nivel internacional.
Vacíos de un juicio oral
Juan Carlos Rivero
Recientemente tuve la oportunidad de participar como juez ciudadano en un juicio oral. Esta experiencia me permitió conocer mejor el procedimiento y darme una idea sobre el estado de la administración de justicia en el país.
Se trataba de un caso de violación. Una mujer acusaba a dos hombres de haberla violado durante una fiesta realizada en una autoventa de propiedad de uno de ellos. Según la acusación, la mujer había sido drogada. Mientras la violaban ella recobró el conocimiento y reconoció a sus agresores, pero éstos, posiblemente junto a otros participantes, la golpearon, la redujeron y continuaron violándola.
Sin duda, un caso difícil para el tribunal, doloroso para la supuesta víctima y crucial para los acusados.
En principio, puedo decir que estos juicios orales constituyen el marco adecuado para tratar casos tan complejos como el mencionado. Me parece que la combinación de tres jueces ciudadanos y dos técnicos representa una instancia en la que existe un balance –no óptimo pero sí aceptable– de imparcialidad, idoneidad y probidad.
El perfil de nosotros los jueces ciudadanos tuvo cierto grado de diversidad: un tornero, un guardia de seguridad y un ingeniero. En casos de violación la defensa suele solicitar que se excluya a mujeres del jurado porque teme que éstas se solidaricen con la supuesta víctima. Craso error, en mi opinión.
Así como los jueces ciudadanos aportamos con criterios sin prejuicios, los jueces técnicos aportan con el conocimiento de su profesión. Me impresionó la firmeza y capacidad con que los dos magistrados llevaron adelante el proceso, sin dejarse atropellar ni manipular por ninguna de las partes.
Luego de dramáticas sesiones de litigio, el tribunal halló culpables a los dos acusados y los sentenció a 20 años de prisión. Y fue aquí donde yo me quedé boquiabierto por lo que considero un vacío legal: Una vez leídos el veredicto y la sentencia, los jueces técnicos no ordenaron la detención de los condenados y sólo los convocaron para que se presenten varios días después a escuchar la lectura del documento final.
Como era de esperar, los dos condenados no acudieron a la cita porque eso significaba entregarse mansamente a su encierro en Palmasola. Se los declaró en rebeldía, pero lo cierto es que, si están libres en algún lugar, esta declaración les importa un rábano.
Luego me enteré de que la ley faculta a los jueces a ordenar o no la detención de acusados y/o condenados. ¿Está fallando algo aquí o es mi imaginación?