Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Lunes 29, enero de 2007
 
 

 

Sobre lo de Achacachi



Texto normal Texto medio Texto grande

Que las tradiciones a nivel corporativo tardan en desaparecer, lo prueban los ‘ponchos rojos’ de Achacachi. Las columnas que allí desfilaron ante el Presidente de la República, Evo Morales, inducen a una reminiscencia de las milicias campesinas que organizara el Movimiento Nacionalista Revolucionario tras la Revolución del 9 de Abril de 1952, no sólo en tan histórico lugar, sino también en otras regiones del altiplano y los valles. Se las estructuró conforme a esquemas paramilitares y se les dotó de armas de los tiempos de la Guerra del Chaco. Justamente, pertenecían a este parque los pocos fusiles ‘máuser’ que se vio en poder de los campesinos del lugar citado.
El máuser, en realidad, a esta altura de los tiempos, cuando la tecnología aplicada a la industria bélica ha desarrollado nuevos y más idóneos tipos de arma, deriva a simple pieza de museo de guerra. No deben ser muchos los fusiles alemanes que aún permanecen en poder de aimaras del altiplano y quechuas del valle. En su mayor parte, seguro que registran deterioros que los vuelven inutilizables. No existen, además, fuentes de suministro de las respectivas municiones. Y fusiles máuser sin balas, por mucho que se hallen en buen estado, no sirven de nada a sus poseedores campesinos.
Nos parece, en consecuencia, un tanto desproporcionadas las reacciones de temor ante los pocos e inservibles máuser que cargaban al hombro algunos campesinos en el acto de Achacachi. Son meros testimonios de un pasado ‘revolucionario’ que ya están, repetimos, para el museo. Pero sobre todo constituyen un emblema asociable a esa Guerra del Chaco que sostuvimos con el Paraguay y en la que perecieron miles de bolivianos. Un capítulo negro de nuestra historia al que nos empujó la irracionalidad.
Nos parece correcta, por tanto, la decisión del Gobierno y las Fuerzas Armadas de proceder al recojo de los fusiles máuser en poder actualmente de algunos campesinos de la parte occidental del país. Sí, ‘recojo’ y no ‘desarme’ que es otra cosa. Sería esto último si los “máuser” no fueran tales, sino rifles modernos o dispara cohetes que actualmente fabrican ciertas industrias bélicas de Europa.
El debate sobre lo visto en Achacachi, en realidad, no es sobre las citadas piezas bélicas de museo, sino sobre el propósito gubernamental inherente a la organización de los ‘ponchos rojos’ en Achacachi. Y es aquí donde hay mucha tela que cortar. Imposible dejar de referir aquel objetivo a la incorporación de nuevas columnas, esta vez campesinas, al frente de ‘movimientos sociales’ que desde el punto de vista orgánico el Gobierno acaba de colocar bajo las riendas de un viceministerio.
¿Beneficia o ayuda al Gobierno, en materia de imagen, semejante despliegue vocacional por lo paramilitar? Creemos que no. Mucho más todavía si con las fuerzas de choque pretende crear una fuerza paralela a la del Ejercito y la Policía.
¿Es que la cuestión política seguirá definiéndose en las calles y no en los respectivos ámbitos institucionales que señala la democracia y el ordenamiento jurídico constitucional?


Ni médicos ni enfermeras
Marcelo Rivero
El Hospital Francés, inaugurado hace poco con general beneplácito, se está viendo obligado a derivar pacientes a otros nosocomios por no contar con personal suficiente, básicamente médicos y enfermeras. Éstas alcanzan para atender a unos 35 enfermos, vale decir que apenas poco más de un tercio de la capacidad del centro médico puede ser aprovechado. Un reportaje en EL DEBER señalaba los apuros que se verifican en los hospitales públicos por falta de camas, incubadoras (en la maternidad) y otros elementos imprescindibles, llegando al extremo de que con frecuencia deben atender en camillas y en los pasillos a los enfermos, que para colmo de males se entremezclan y así puede haber en el mismo ambiente un tuberculoso u otra persona con un mal igual de contagioso que pueden infectar a sus ocasionales compañeros de infortunio.
Increíble que un flamante hospital instalado donde no hay similares y donde viven millares de pobladores tenga que despachar de vuelta a éstos si acaso se enferman, por falta de personal que los atienda. Y más increíble que no haya perspectivas de solución puesto que se conoció, asimismo, que el Gobierno nacional proveerá este año 850 cargos para el sector salud en todo el país, siendo que en Santa Cruz se requieren 800 como mínimo, de manera que los padecimientos en este campo no sólo que se mantendrán sino que se agudizarán porque en tanto se provee unos pocos profesionales, el número de habitantes crece por miles tanto en esta capital oriental como en casi todas las provincias del departamento.
El problema no es nuevo, se remonta a los tiempos en que empezaron a llegar al distrito cruceño miles de paisanos del interior del país, casi todos ellos de la parte andina, que desde luego, empezando por el cambio de clima y terminando por las picaduras de los mosquitos, más que un pan precisaban -y siguen precisando-, médicos, enfermeras y remedios. Los gobiernos que se fueron turnando en el manejo del Estado poco o casi nada hicieron por atender nuestros requerimientos en materia de salubridad, ni les interesó que estos requerimientos fuesen para los nuevos vecinos que arribaron de las alturas.
Así llegamos al mes de abril del año pasado cuando el alboroto fue grande por los llamados ‘items’, haciéndole notar el Comité pro Santa Cruz a la ministra de Salud que en realidad se precisaban 1.800 puestos y que lo mínimo indispensable eran 800. Ni siquiera sirvió un cuadro demostrativo: mientras en Pando hay un empleado de salud para 325 habitantes, en Santa Cruz la cosa es 1 X 1.500.
Ahora estamos peor, porque los hospitales rechazan pacientes y los que no lo hacen atienden en los pasillos y juntan al que tiene sarampión con el que sufre de los pulmones para que se transmitan sus males.

 




 
Derechos Reservados © 2006 - EL DEBER
Santa Cruz - Bolivia