Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Miércoles 24, enero de 2007
 
 

 

Incógnitas por resolver



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Abre múltiples interrogantes la circunstancia de que hasta el momento no se conozca en forma pública, en todos sus detalles, un anteproyecto de ley que abulta aún más el paquete de emprendimientos etnoculturalistas del actual Gobierno. Nos referimos al establecimiento de la denominada ‘justicia comunitaria’ para los llamados ‘pueblos originarios’.
La primera de tales incógnitas tiene que ver con el principio constitucional relativo a la igualdad de las personas ante la ley. Ésta rige sin privilegios ni singularidades para nadie en materia penal, civil, familiar, social, electoral, etc.
“Sin distinción de raza, sexo, idioma, religión, opinión política o de otra índole, origen, condición económica o social, u otra cualquiera”, recalca el Art. 6 de la actual Carta Magna, al fijar con mucha claridad la relación de la personalidad y capacidad jurídica de los bolivianos con las leyes a las cuales éstos deben sujetarse.
Consecuentemente, una sola justicia debe regir para todos.
Entre otras cosas, porque Bolivia, constitucionalmente hablando, es un “Estado Social y Democrático de Derecho que sostiene como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la igualdad y la justicia” (inciso 2 del Art. 1 de la Carta Magna).
¿Cómo harán los hombres y mujeres que hoy ocupan el espacio de la representación popular, sea ordinario o constituyente, para conciliar los postulados referidos con la ‘justicia comunitaria’? Que Bolivia es multiétnica y pluricultural (Art. 1) es algo que salta a la vista, tanto como en muchos otros países. Pero en todas partes del mundo, el Estado, al empuje de una economía de efecto más o menos igualador, casi siempre, absorbió la diversidad étnico-racial. Los suizos, son suizos, por más que muchos hablen lenguas diferentes. Algo parecido ocurrió con los canadienses y los belgas. Para qué hablar de Estados Unidos. Esta potencia es un verdadero crisol de razas y culturas. Y todos, absolutamente todos estos países tiene un sistema judicial común
Debe tomarse en cuenta que las actuales comunidades de originarios no seguirán permaneciendo como tales durante mucho tiempo más. En la medida en que el agro se desarrolle y abata los diques de la exclusión social, originada en la extrema pobreza, ellas tenderán a desaparecer. Son formaciones económico-sociales propias de la comunidad primitiva, cuando no había propiedad privada ni mercado. La primera y el segundo, que son destinos a los cuales se encaminan también los originarios, equivalen a estocada a sus actuales y rezagadas formas de organización. Ambos convertirán a la ‘justicia comunitaria’ en mera pieza testimonial o recordatoria de un neopopulismo ultra nativista incapaz de sintonizar sus proyectos con el futuro…
En la justicia comunitaria no existe el derecho a la defensa. Se condena sobre la base de meros indicios. La comunidad que juzga se atiene más a las sombras en el muro que al cuerpo que las proyecta. Los sistemas de tipificación y punibilidad son diferentes y hasta contradicen los principios del actual Código Penal y sus normas procedimentales.
¿Los fallos comunitarios serán revisados por los tribunales ordinarios, a nivel de alzada , para corregir defectos formales o de fondo, a fin de que garanticen imparcialidad y apego a la ley en los jueces originarios? Esta es otra de las preguntas que se agrega a un cuestionario de interrogantes que el Gobierno debe responder.


Delincuentes por todos lados
Marcelo Rivero
Ya sabemos cuánta inseguridad hay para la vida y hacienda en esta nuestra capital cruceña porque los delincuentes de toda clase se mueven a sus anchas -incluso en la cárcel-, cometiendo fechorías sin que importe que la víctima sea niño, adolescente o adulto, hombre o mujer, rico o pobre, que vaya en su vehículo o en colectivo, con sus condiciones físicas intactas o con uno o más impedimentos. No tienen miramiento los maleantes cuando deciden actuar, sólo les interesa lograr sus inconfesables propósitos caiga quien caiga, como aconteció el pasado fin de semana con un albañil y pintor, al que además le falta una pierna, pero que con dignidad se gana la vida y da de comer a su familia. El hombre con no poco sacrificio adquirió un teléfono celular usado para recibir llamadas de sus clientes que quieren algún trabajito, pero unos desalmados no tuvieron reparos en pelárselo tras armar uno de sus consabidos alborotos en los micros: tumban un par de monedas, o un reloj inservible, distraen a la gente, la hacen pararse, ponerse de un lado o agacharse para ayudar a recoger lo que cayó, y ahí aprovechan para bolsillear y luego uno de los cómplices le dice al chofer ‘parada maestro’ y los cuatro o cinco pillos escapan.
Pues bien, esa inseguridad en Santa Cruz de la Sierra se ha trasladado a poblaciones provinciales y al mismo campo, donde la vida hasta hace unos años transcurría con cierta tranquilidad, como otrora ocurría en esta capital oriental. En efecto, con una frecuencia que alarma llegan noticias de robos, violaciones, asesinatos y percances fatales, que culminaron hace unos días con la muerte de un productor brasileño al que atracaron por despojarlo de sus agroquímicos, hecho en el que también hubo heridos por el lado de los labriegos porque de por medio se verificó un tiroteo.
Menonitas, rusos, japoneses y de otras nacionalidades, y desde luego bolivianos, que con tanto esfuerzo labran la tierra y que tantas consideraciones merecen porque buena parte de lo que nos alimenta lo producen ellos, en los días que corren están a merced de malhechores que actúan generalmente en pandillas, de ahí que esa gente laboriosa fuera de cargar los útiles de labranza lleva el revólver al cinto o el rifle en bandolera y se desplaza con cautela. ¡Y todavía corre el peligro de convertirse en criminal por defenderse de los bandidos!   
No puede ser que estemos tan a merced de los delincuentes y que la Policía continúe tan inoperante con la cantaleta -que ya está siendo eterna-, de que carece de equipos técnicos y humanos. Algo tiene que hacer la entidad del orden contra los antisociales, que en la ciudad nos atacan en cualquier instante y que en el área rural están reviviendo el ‘Far West’ americano.

 




 
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