Respecto a muchos temas de la actual agenda nacional, el régimen de Evo Morales se halla como en un túnel sin salida. Que se encuentre en esta situación no es por culpa de otros, sino de él mismo. Tras asumir, el Gobierno hizo cuanto le fue posible, y lo sigue haciendo todavía, para alargar aún más la cadena de conflictos, complicando de modo extremo el primer tramo de su recorrido quinquenal por el poder político.
El primer capítulo del culebrón de problemas fue la Asamblea Constituyente. Evo y el MAS hicieron oídos sordos a racionales advertencias sobre los riesgos que implicaba tal iniciativa en un país de las características de Bolivia, donde principios y valores de la democracia no alcanzaron similar arraigo en todos los sectores sociales de la población. Mientras unos, que son la mayoría, asocian el ejercicio del poder político a diálogo, concertación, respeto a las minorías y a la voluntad del pueblo expresada en las urnas, otros lo ven simple y llanamente como símbolo de mando personal, gremial o corporativo sobre los demás, considerando enemigos a los cuales aplastar o anular por cualquier medio, a cuantos le afrenten con disidencias, oposiciones o críticas.
Tal la explicación de que asambleístas elegidos por el voto de tales sectores sociales –en cuya mentalidad se igualaban– equiparen la Constituyente a camino llano hacia la hegemonía política total. Más todavía si desde el Palacio de Gobierno se les alienta a ajustar sus pasos en esa dirección. El carácter de la Constituyente, si originaria, como quiere el MAS o derivada, como lo establece la Carta Magna y la Ley de Convocatoria, fue el comienzo de un debate que terminaría empantanando a la Asamblea de Sucre , sin que hasta la fecha, en más de seis meses de sesiones, no pueda siquiera concluir la aprobación de su norma reglamentaria.
Un tercer tramo de esta ruta de conflictos fue el asunto relativo a la modalidad de voto. El planteamiento masista de que la Asamblea apruebe la Carta Magna sólo por mayoría absoluta de votos, complicó al máximo las cosas. La tremolina rebalsaría enseguida de la Constituyente a las regiones del país en las que la autonomía se impuso en las urnas. Con razón, porque eliminar los dos tercios conllevaba el riesgo de poco menos que una estocada de muerte a aquel modelo de organización territorial y administrativa. Con la mayoría absoluta, el MAS, en Sucre, dentro de las reformas constitucionales, podía imponer un centralismo embozado…
Así, el Gobierno termina en un túnel en el cual, hasta ahora, no se vislumbra salida alguna. Y lo peor es que no hace sino alargarlo la iniciativa presidencial sobre referéndum revocatorio de mandato para todas las autoridades electas por voto popular. Es lo que planteó tras el fracaso de las acciones de las columnas de cocaleros y gremios aliados con las cuales se buscaba presionar a los prefectos no masistas para que renunciaran a su cargo. Al percatarse de que la propuesta entrañaba un peligro para él mismo, aconsejado por sus asesores, restringe tal referéndum sólo a casos en que se cumplan ciertas condiciones. Peligro, sí, porque el poder político desgasta. Sobre todo en Bolivia, donde nadie, por muy bien intencionado e idóneo que sea, desde el Palacio de Gobierno de La Paz, puede solucionar los problemas de los bolivianos de la noche a la mañana. La gente quiere más empleo y mejores ingresos. No alcanzan cinco años de Gobierno para satisfacerla en ambos frentes.
Consecuentemente, lo más probable es que un presidente llegue al fin de su mandato con menos aceptación que cuando inició su Gobierno. El descenso, en algunos casos, es leve, pero en otros, brusco y fatal. Esto último, particularmente, si además de defraudar en sus expectativas a los sectores sociales mayoritarios, se condenó a moros y cristianos a vivir en ascuas. Es decir, presa de la inseguridad y el temor inherentes a la ola de conflictos que provoque el gobernante y su partido, sin importarle para nada que el país termine en el túnel sin salida en el que ahora nos encontramos.
¿Por qué no nos quieren? ¿Qué hemos hecho?
Por Dominicus
El camba es alegre y de buena naturaleza. Sea cual sea su condición social, el nativo del oriente tiene como mínimo esas características comunes, sumando a ellas su sentido hospitalario, su predisposición para acoger a todo el que llegue a su hogar o a su territorio. Prueba contundente de lo expresado es la enorme cantidad de inmigrantes del occidente del país que se asentó en estas cálidas tierras, sin problema alguno y ahora –con justo derecho- las considera como propias.
Pese a esta concluyente demostración matemática de la buena voluntad cruceña, persiste cierta antipatía contra nosotros y a esta altura, la misma resulta francamente incomprensible. De ahí el interrogante de la nota de hoy.
He escuchado con mis propios oídos a algunos collas copetudos sentados en el boulevard de la Monseñor Rivero decir cosas tales como “Qué lindo es Santa Cruz, lástima los cambas”… Frente a esto, no debe extrañar que previamente un cultor casi extremista de lo andino, como sin duda lo es el actual ministro de Educación, haya expresado muy suelto de cuerpo que “le gusta Santa Cruz pero sin cruceños”. Últimamente y durante el cerco cocalero de Cochabamba, expresiones y acciones anti cambas de los manifestantes estuvieron a la orden del día.
¡Ah! Pero ¡pobre del camba que diga algo en réplica! Automáticamente será tildado de fascista, racista y mil epítetos adicionales, como también lo tildarán de “separatista” o alguna otra zoncera por el estilo. Los de las alturas pueden decir lo que quieran, los cambas no. Así de simple está la cosa.
Creo que todo esto debe terminarse. El camba ha probado una y otra vez su vocación nacional; lo hizo con hechos contundentes que la propia historia refleja. El colla sabe que acá tiene su esperanza y su refugio. Terminemos pues con estas cosas tan desagradables y vivamos todos en paz. Pero para ello yo cordialmente pido: amigos de occidente, no sean injustos con Santa Cruz y recuerden que el amor es de dos vías. No nos pidan más pruebas de amor mientras ustedes siguen dudando de ese amor y encima algunos (¿muchos?) no nos quieren. Aprendan a querernos y nosotros los amaremos mucho más. Así es de bueno el camba.