Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 18, enero de 2007
 
 

 

El crimen en auge



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Muchos son los males que le han cambiado la cara a la otrora conventual Santa Cruz de la Sierra, tierra de promisión para esta Bolivia y para estos bolivianos, todos nosotros, que estamos arrimados a su maternal regazo. Heredera de grandes y pequeñas cosas gratas para el espíritu, olvidadas están ellas en viejos y aherrumbrados arcones de nuestra villa,  en los  que hemos dejado de reparar. Hasta son otros, muy distintos, los aires que nos soplan en este tiempo en que ni de sobrevivir tenemos seguridades mayores.
Conformábamos aquí una sociedad en que prácticamente nadie desentonaba porque todos amábamos la paz, el orden y creíamos en la necesidad de seguridades para trabajar, para producir, para ejercitar nuestras libertades fundamentales. No había vericuetos desde los cuales manos arteras se cerraran  en nuestros cuellos para despojarnos, para robarnos y mucho menos todavía, para quitarnos la vida, que era tan respetada pues estábamos todos legítimamente convencidos de que el único dueño de ella, de la vida, era el Señor, nuestro Dios piadoso y omnipotente.
¿Cuándo empezó a difuminarse esa especie de paraíso terrenal? El momento se dio parejo, coincidió con el fenómeno de las migraciones internas y externas que, si bien aportaron con gente y cosas buenas, asimismo sumaron escorias más escorias. No sólo se rompió la paz conventual del reducto aldeano, sino que además se filtró, incontenible, el crimen, a la cabeza de tantos otros males como la letal politiquería, la impostura, la mala fe, el ocio y una sarta muy larga de pecados capitales y veniales.  En medio así, súbitamente contaminado, no podíamos pretender seguir encontrando rutinariamente hombres de buena ley, confiables, fieles a sus tradiciones, leales a sus principios, incapaces de descender hasta los extremos nauseabundos del crimen.
Y eso es lo que está pasando en Santa Cruz de la Sierra y en la comunidad cruceña. Mientras el crimen avanza, nos despoja y nos priva de la vida en cualquier esquina, los hombres de buena ley no se muestran, no se dejan sentir, no aparecen ni en calcomanías. Y no es, desde luego, que no los haya, que ya no se den los especímenes de mejor calidad. Tiene que haberlos y hasta puede que sean más de los que imaginamos. Pero han escogido el recogimiento del hogar. Desde el punto de vista de los intereses comunes, de los deberes con su ciudad y sus coterráneos, eso no es bueno, eso es censurable.
Sin embargo, cada cual sabe su cuento.


Que el olvido no los sepulte
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina
Don Kurt Lewy fue de esos “gringos” que sucumbieron bajo el embrujo de la cálida tierra cruceña.
Llegó con su temple excelente trayendo sueños, esperanzas, alma y corazón revestidos de genuina decencia.
Y aquí echó raíces, aquí estableció su hogar, aquí ejercitó sin pausas su voluntad, su clara inteligencia, su capacidad de hombre de empresa que lucía de sol a sol.
***
Pionero del sector de los empresarios, don Kurt, como lo llamaban todos los vecinos de la entonces grande y empolvada aldea, fue leal y consecuente con sus responsabilidades.
Sus productos enlatados, conservas, dieron para abastecer el mercado interno y el del interior del país, y hasta me parece que llegaron a trasponer las fronteras internacionales.
Asociado con pares bolivianos de legítimo peso, don Kurt ayudó a sentar las bases de la modernidad en la producción de bienes de consumo.
Una buena brecha quedó abierta aquí en este sector.
Pero a la vez este gringo fue puntal a la hora en que el fútbol, el más popular de los deportes, empezaba a ponerse los pantalones largos en nuestra villa grigotana.
Más que eso, don Kurt propició el alargue de los pantalones de nuestro fútbol y de nuestros futbolistas.
Congregó en su propia casa a los mejores futbolistas del medio. Descubrió jóvenes valores. Y con un equipo de estrellas, Allways Ready, peleó durante años por los más altos galardones.
Kurt Lewy debe figurar, si no figura aún, en el cuadro de honor de los dirigentes deportivos no sólo de Santa Cruz de la Sierra, sino de toda Bolivia. No exagero.
Aunque nacieron con luces propias porque eran de buena casta futbolística, no se puede negar que al lado de don Kurt alcanzaron mayor brillo algunos virtuosos como los tojos Francisco y Ernesto Mercado o Lucho Lara.
Con ellos completó Lewy su linda y respetada familia.
Ellos, a su vez, aprendieron de don Kurt a ser grandes de espíritu, tanto en la victoria como en la derrota.
Con rasgos indelebles, el nombre de Kurt Lewy está inscrito en las páginas de la historia del fútbol cruceño.

 




 
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