De nada están sirviendo, para cierta gente, los –sin embargo- legítimos títulos de Santa Cruz de la Sierra. A estas alturas de la vieja y limpia historia cruceña, el concepto de cruceñidad aparece bajo la sombra implacable de las oligarquías y de los terratenientes sin entrañas. Esa es la progresión que se endilga a la cálida Grigotania que, gracias a Dios, no se desespera ni pierde la calma.
Ahora último los agravios han menudeado. Incordiados porque sí y porque no ciertos sectores soberbios, no hablan solamente de oligarquías y terratenencias sin entrañas. Ahora resulta que Santa Cruz de la Sierra arrastra otro perfil, el de proveedora de grupos de choque, de mercenarios listos para ser trasladados a puntos en conflicto donde el elemento de primera necesidad es la carne de cañón.
A decir de aquellos que tienen a Santa Cruz de la Sierra entre ojos, con maldad y con resentimientos enfermizos e inconfesables, los mercenarios cruceños han estado, fusil y garrote en mano en estos momentos de tensiones y de confrontaciones, respaldando a ciudadanos infelices caídos en desgracia.
Sí, tal como lo expresamos líneas arriba, de nada han servido los buenos y legítimos títulos que Santa Cruz de la Sierra alcanzó a lo largo de su vieja y ejemplar historia. Que fue Santa Cruz de la Sierra una avanzada de la República acá en las vastas y abandonadas fronteras del Oriente, que se dio modos para poner a buen recaudo la integridad territorial amenazada por vecinos codiciosos, que sin otros recursos que su voluntad, su patriotismo y su fuerza protagonizó titánicas colonizaciones en los confines orientales dejados a la diestra del Señor, nuestro buen Dios. ¡No!... Esos pergaminos nada valen en la hora actual. Oligarquías y terratenencias, eso y nada más es la bravía Grigotania a los ojos miopes y descomedidos de individuos a los que, dicho sea entre paréntesis, nadie les ha hecho mal alguno, al menos desde nuestra regional y fraterna intimidad.
Tal como se están dando las cosas, tal como se están precipitando los acontecimientos, esta cadena de agravios contra Santa Cruz de la Sierra no ha concluido. Es muy fácil advertirlo. El ensañamiento anticruceño va a recrudecer, quizás con la mira puesta en hechos dolorosos y sangrientos que todavía se recuerdan y que llevaban, a mediados del siglo pasado, el propósito de “escarmentar a los cambas”.
Sólo podemos aspirar, a estas alturas de los acontecimientos, que se recupere la cordura, que se restituyan la paz y el orden, que se robustezcan la ley, la democracia, el principio de autoridad propio de la convivencia en civilización. De no ocurrir tales cosas, la vida de nosotros los bolivianos carecería de sentido.
¿Arderá el país entre la sordera y la miopía?
Raspapinchete
Nada ni nadie parece ser capaz de conmover al Gobierno mientras se descompone aceleradamente el clima social en el país entre el temor y la angustia de la ciudadanía ante el peligro latente de una reproducción de episodios como los ocurridos en Cochabamba la semana pasada. La anunciada marcha de grupos radicales de El Alto sobre La Paz para echar al prefecto José Luis Paredes, sigue los mismos lineamientos de la salvaje invasión cocalera que, con la venia oficial, se consumó en la capital del valle reclamando el cargo del también prefecto Manfred Reyes Villa. Éste se ha refugiado en Santa Cruz al igual que numerosos coterráneos suyos, que sienten desconocidas y pisoteadas sus garantías constitucionales por las hordas soliviantadas y decididas a no dejar a nadie con la cabeza en su sitio, peor aún si los consideran un obstáculo para concretar sus más oscuros propósitos.
Ni en los peores tiempos de las dictaduras que asolaron Bolivia se había experimentado, desde la vivencia del pueblo, semejantes atropellos a una democracia que costó tanto recuperar.
Está más sordo que una tapia el Presidente Evo Morales Ayma que en vez de hacer gestión, de gobernar para todos respetando los principios democráticos y de dejar de impulsar la confrontación entre regiones, entre bolivianos, mantiene inalterable la rutina de sus periplos por el mundo y no desaprovecha cuanta tribuna le ofrecen para seguir faltando alevosamente a la verdad. Para distorsionar o minimizar los graves acontecimientos que han ocurrido, ocurren y pueden seguir ocurriendo en Bolivia, que se ha convertido en un volcán en erupción mientras no faltan los despistados que se tragan el cuento de que aquí todo es una taza de leche y que los que se atreven a alzar su voz de protesta y a salir a las calles, son unos cuantos ‘oligarcas’ y ‘antipatrias’ que todos los días conspiran contra el Gobierno.
La sordera y la miopía son tan deliberadamente obcecadas, hipócritas y perversas entre la ensimismada jerarquía gobernante, que no han surtido mayor efecto el preocupado mensaje del Papa Benedicto XVI, la mediación eclesiástica ni los llamados a la pacificación y a la concordia del Cardenal Julio Terrazas.
Podría no haber a quién más recurrir para que sea evitada a tiempo una ‘solución por el desastre’. Y es que parece haberse agotado el listado de interlocutores y todas las instancias que se consideraban confiables y capaces de reencauzar la profunda crisis por los senderos del diálogo y de la racionalidad. Para restablecer la paz y el orden, para desterrar la violencia, el odio, el revanchismo y la posibilidad cada vez más cercana de un nuevo enfrentamiento fratricida.
Pero lo peor de lo peor es que no asoma por ninguna parte una señal esperanzadora de que Morales Ayma y su círculo áulico abran sus ojos y oídos para cambiar un libreto, un modo de gobernar que hará, más temprano que tarde, que el país arda por sus cuatro costados. ¿Se llegará a este extremo? Pongamos velas a todos los santos para que eso no suceda...