Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 13, enero de 2007
 
 

 

Preservemos la paz



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Con la paz se construye mientras que con la violencia se destruye. Así fue siempre desde los albores de esa sociedad políticamente organizada que es el Estado. La historia nos ofrece múltiples precedentes en tal sentido.
Recordemos el caso de España, en la década del 30 del siglo pasado. Republicanos y conservadores, en vez de concertar acuerdos para la paz social y política, aviniéndose a que el pueblo, en las urnas, en forma libre y democrática, definiera los entuertos ideológicos y políticos, se fueron a los tiros. La Guerra Civil dejó una España destrozada y un saldo de centenares de miles de muertos. La peor parte se la llevó su población, que mayoritariamente terminó inmersa en el hambre y la miseria. A la madre patria le costaría después décadas de esfuerzo sostenido superar el rezago. Recién a partir de los años 70 comenzaría a marchar a paso firme hacia la prosperidad que hoy disfruta. Lo hizo tras el establecimiento de una democracia afirmada en el pluralismo ideológico y político y en las autonomías regionales.
Un etno-culturalismo inflamado de intolerancia religiosa, provocaría después una confrontación de peores consecuencias en Yugoslavia. Fue la causa final de la dramática pobreza en que actualmente se debaten los habitantes de los pequeños estados en que se descompuso la ex patria del mariscal Tito. Marca también la génesis de la creciente migración humana de la región de los Balcanes a España y otros países europeos. Hombres que van a trabajar de jornaleros y mujeres a desempeñar trabajos domésticos, simbolizan mejor que cualquier otra cosa, la cerrazón de horizontes que les provocó la guerra.
En Bolivia, desde el frente étnico-racial, no hay fundamentos valederos para una confrontación. Entre nosotros, la discriminación no es por el color de la piel, de los ojos o la textura del pelo. Somos un país esencialmente mestizo, donde el criollo de pura cepa constituye una manifiesta minoría. Si no se acepta a alguien es simple y llanamente porque no figura para nada en las pasarelas de esa economía en que se afirma el estatus social. Ocurre lo contrario si se aparece en ellas, por mucho que se tenga ascendencia indígena estampada en el color de la piel y el diseño del rostro. Sobran los ejemplos en tal sentido. Y en todas las regiones del país.
Se hace necesario puntualizar que, finalmente, es la extrema pobreza y no otra cosa el origen final de la exclusión social que padecen todavía centenares de miles de bolivianos, indígenas, en buena proporción. Acabar con el mal entraña políticas gubernamentales que rigurosamente apunten a un creciente y sostenido desarrollo económico de efecto integrador. Esto, tanto en lo que respecta a una total vertebración geográfica que complete el ciclo de afirmación del Estado nacional, cuanto de incorporación a la economía, la educación y la salud de los excluidos, a fin de que de “indios” pasen a ser los bolivianos que anhelan ser en la colectividad.
Lo anterior no puede alcanzarse sin paz social y normalidad política en el país. Si queremos avanzar y no retroceder debemos preservar ambas cosas. Acaso al Gobierno le corresponda la primera responsabilidad en esta línea. Pero también a la oposición. Y, en general, a todos los bolivianos. No podemos permitir que entre nosotros la confrontación violenta nos conduzca al precipicio en que cayeron otros pueblos.


Absolutismo que mata
Juan Carlos Rivero
Los aires absolutistas que estamos respirando los bolivianos en los últimos tiempos son tan asfixiantes que matan las ideas y todo lo que no tenga que ver con la angurria del poder. Buscan envenenarnos con un absolutismo que, como ya lo ha demostrado la historia, convierte a los pueblos en rebaños serviles y dependientes de los caprichos supremos.
En este escenario, todo se vuelve unidimensional y vertical. El accionar del poder acapara la atención de la gente, llena las páginas de los periódicos y se convierte en el pensamiento predominante. Pareciera que otras actividades, problemas, proyectos y sueños dejan de ser importantes, pasan de moda o no existen. Agoniza la iniciativa.
Tal asfixia colectiva se hace más evidente cuando uno sale del país y se da cuenta de que la política y los gobiernos democráticos de otras naciones jamás opacan los demás ámbitos de las vidas de las personas.
En el exterior me di el gusto de conocer los temas que ocupan los principales titulares de los medios, lo que habla la gente en la calle, lo que sucede en los negocios, lo que se expone en el museo. Y puedo asegurar que todo esto es tan importante y más interesante que lo que pueda decir o hacer el mandamás.
Leí, por ejemplo, un informe completo sobre la deforestación de la selva amazónica (¿Amazonas?, hace cuánto tiempo que no hablamos de esto los bolivianos; ¿queda cerca de Bolivia ese monte?).
Escuché, en tertulias con amigos extranjeros, de la preocupación que tiene la gente por el calentamiento global, pero también me enteré de las fuentes alternativas de energía que ya se están empleando con marcado éxito en el mundo para atenuar las causas de ese calentamiento.
En el ámbito social, conocí el ambicioso proyecto educativo que una famosa conductora de TV está desarrollando en Sudáfrica. Ella ha abierto una academia con todas las de la ley, cuyo objetivo es convertir en líderes a los ciudadanos más vulnerables y rezagados de la sociedad sudafricana: las niñas de raza negra.
Hasta la extravagante vida de Angelina Jolie y Brad Pitt, cuyas movidas parecen cautivar a la prensa mundial, significan un sorbo de aire puro frente a la mentalidad absolutista o los afanes de protagonismo de cualquier líder mundial.
De vuelta a Bolivia, veo que los detentadores del poder siguen enrareciendo el aire que respiramos. Sus métodos son contundentes: nos dividen, nos confrontan, nos debilitan, nos matan en las calles y, por último, nos quitan nuestra libertad de pensar y de crear todo aquello que no esté dentro de sus planes hegemónicos.

 




 
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