Y dale con la coca...
Tal parece que el Gobierno actual no podrá superar su obsesión por la coca.
Cualquiera que indague la causa de esta fijación temática, no puede menos que
pensar en los cocaleros del subtrópico cochabambino. Estos campesinos
conformaron una federación de poder e influencia superior inclusive a la que
caracterizara en sus mejores tiempos a la Federación Sindical de Trabajadores
Mineros de Bolivia y a la propia COB, matriz sindical que ya ni truena ni suena
en el concierto gremial del país. Tan poderosa se hizo la federación cocalera
que para Evo Morales se convirtió en catapulta al poder político que hoy ejerce
y para el cual pretende ahora pleno vigor hegemónico.
Consciente de la necesidad de seguir contando con tan crucial respaldo y de que
ahora los apoyos políticos asumen carácter evanescente, el Gobierno de Evo
Morales, a fin de mantener contentas y satisfechas a sus bases cocaleras, hace
que la glauca hojita encabece su agenda de política nacional e inclusive
internacional.
Tal finalidad explica muchas de las decisiones gubernamentales respecto al
circuito coca-cocaína, interacción que para el régimen actual no existe, puesto
que según él, la coca no es cocaína, sino más bien hoja rica en nutrientes con
la cual la Pachamama prodiga a los seres humanos para que la consideren sagrada,
digna de honras y no blanco de penalizaciones. Se encuadra en este enfoque su
tenaz oposición a toda política de “coca cero”. Considera que la producción
excedente e ilegal de coca debe ser “industrializada”, sin tomar en cuenta para
nada las posibilidades reales de mercado.
El Gobierno fracasó ya en Viena en sus intentos de que la comunidad
internacional despenalice la coca. Parece que no asimiló este fiasco ni las
causas que lo provocaron, las mismas que no son otras que la certidumbre
universal, científicamente comprobable en cualquier laboratorio, de que la coca,
junto a ciertos nutrientes, contiene cocaína. Es planta “droga”, igual que la
marihuana, el hachís y otras. De la coca se extrae ese polvito blanco cuyo
consumo causa adicción de efectos peligrosos para la salud y el comportamiento
humano. Lamentablemente, ni la Pachamama ni el dios Inti pueden operar en la
coca el milagro de una mutación genética que, expurgando a la cocaína de sus
nutrientes, la convierta en planta puramente alimenticia, igual que el maíz, la
quinua o el amaranto. Sólo en un pequeño porcentaje de los nueve millones de
bolivianos, por tradición engarzada ya a ciertos oficios, se puede percibir
carrillos abultados por la coca.
Se puede decir que menos del 20% del total de la producción nacional de coca va
al consumo tradicional o a la fabricación de ciertas infusiones. El 80% tiene
como destino un narcotráfico que en los últimos años aumenta su tráfico al
exterior en forma directamente proporcional al incremento de los cultivos
excedentarios e ilegales.
En consecuencia, consideramos poco afortunado que el Gobierno proponga otra vez
a la comunidad internacional despenalizar la coca. Lo hará en la próxima reunión
de la Comisión Antidrogas de la OEA, según recientes anuncios oficiales,
alegando la necesidad de “revalorizar” y “dignificar” la hoja de coca. “Lucha
contra el narcotráfico, pero sin coca cero”, será la proclama boliviana en tal
ocasión.
Y dale con la coca, en actitud equivalente a golpearse la cabeza contra un muro
hecho de una comunidad internacional firmemente dispuesta a seguir firme en la
lucha para la erradicación de las drogas.
Cultura individualista
Juan Carlos Rivero
Muchos propietarios de negocios asentados sobre la avenida Cristo Redentor
perderán los accesos pavimentados que ellos mismos construyeron desde la franja
asfáltica hasta sus puertas. La ampliación de la vía que se está llevando a cabo
obliga a tener que retirar las losetas, ladrillos, piedras y hormigones que cada
cual colocó según su propia conveniencia. Aquí sale a relucir, una vez más, la
cultura individualista que nos caracteriza, bajo la cual perdemos la oportunidad
de cosechar los frutos del trabajo mancomunado.
Años atrás, si estos propietarios se hubiesen puesto de acuerdo para
pavimentarlo todo de un saque, seguramente lo habrían logrado por la décima
parte de lo que cada uno gastó en su franja particular. El ahorro en materiales,
mano de obra y tiempo se multiplica cuando se piensa en grande, con mentalidad
mayorista, con criterio eficiente. Ahora, la ciudad tiene que absorber el costo
adicional de retirar esos accesos ‘privados’ antes de ampliar la vía.
La cultura individualista se manifiesta por donde miremos. En casi todas
nuestras viviendas hemos levantado muros enormes para protegernos del crimen,
pero somos incapaces de construir una cárcel pública que reúna las condiciones
de infraestructura que todo penal debe tener. ¡Imagínese el Chonchocorazo que
podríamos edificar con todos los ladrillos de nuestras bardas!
Cuando ingresamos a un mercado, nos tropezamos con cientos de comerciantes que
ofrecen los mismos productos al mismo precio. ¿A nadie se le prende el foquito
para tratar de asociarse, reducir costos y brindar un mejor servicio al cliente?
No, esto no es posible porque el individualismo hace que la desconfianza hacia
los demás se sobreponga a los beneficios de la asociación.
Claro que la desconfianza entre nosotros tiene también su razón de ser porque
nunca faltan los perezosos, los aprovechadores, los que quieren beneficiarse de
las obras comunitarias sin mover un dedo ni poner un peso. Conozco la
experiencia de una unidad vecinal que decidió pavimentar el barrio por cuenta
propia. Los vecinos se organizaron, se repartieron responsabilidades, sacaron
cuentas, pidieron cuotas y pusieron manos a la obra. Al principio, el pavimento
avanzaba sin problemas, pero a la hora de la verdad algunos se hicieron los opas
con los aportes. Como represalia, los ejecutores decidieron no pavimentar frente
a la casa del deudor. Algunos de los que no pagaron todavía tuvieron la
desfachatez de acusar a los encargados de robarse la plata. Resultado final: un
barrio semipavimentado y vecinos peleados.
¿Quién podrá sacudirnos de nuestra cultura individualista?
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