Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Lunes 27, noviembre de 2006
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Y dale con la coca...

Tal parece que el Gobierno actual no podrá superar su obsesión por la coca. Cualquiera que indague la causa de esta fijación temática, no puede menos que pensar en los cocaleros del subtrópico cochabambino. Estos campesinos conformaron una federación de poder e influencia superior inclusive a la que caracterizara en sus mejores tiempos a la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia y a la propia COB, matriz sindical que ya ni truena ni suena en el concierto gremial del país. Tan poderosa se hizo la federación cocalera que para Evo Morales se convirtió en catapulta al poder político que hoy ejerce y para el cual pretende ahora pleno vigor hegemónico.
Consciente de la necesidad de seguir contando con tan crucial respaldo y de que ahora los apoyos políticos asumen carácter evanescente, el Gobierno de Evo Morales, a fin de mantener contentas y satisfechas a sus bases cocaleras, hace que la glauca hojita encabece su agenda de política nacional e inclusive internacional.
Tal finalidad explica muchas de las decisiones gubernamentales respecto al circuito coca-cocaína, interacción que para el régimen actual no existe, puesto que según él, la coca no es cocaína, sino más bien hoja rica en nutrientes con la cual la Pachamama prodiga a los seres humanos para que la consideren sagrada, digna de honras y no blanco de penalizaciones. Se encuadra en este enfoque su tenaz oposición a toda política de “coca cero”. Considera que la producción excedente e ilegal de coca debe ser “industrializada”, sin tomar en cuenta para nada las posibilidades reales de mercado.
El Gobierno fracasó ya en Viena en sus intentos de que la comunidad internacional despenalice la coca. Parece que no asimiló este fiasco ni las causas que lo provocaron, las mismas que no son otras que la certidumbre universal, científicamente comprobable en cualquier laboratorio, de que la coca, junto a ciertos nutrientes, contiene cocaína. Es planta “droga”, igual que la marihuana, el hachís y otras. De la coca se extrae ese polvito blanco cuyo consumo causa adicción de efectos peligrosos para la salud y el comportamiento humano. Lamentablemente, ni la Pachamama ni el dios Inti pueden operar en la coca el milagro de una mutación genética que, expurgando a la cocaína de sus nutrientes, la convierta en planta puramente alimenticia, igual que el maíz, la quinua o el amaranto. Sólo en un pequeño porcentaje de los nueve millones de bolivianos, por tradición engarzada ya a ciertos oficios, se puede percibir carrillos abultados por la coca.
Se puede decir que menos del 20% del total de la producción nacional de coca va al consumo tradicional o a la fabricación de ciertas infusiones. El 80% tiene como destino un narcotráfico que en los últimos años aumenta su tráfico al exterior en forma directamente proporcional al incremento de los cultivos excedentarios e ilegales.
En consecuencia, consideramos poco afortunado que el Gobierno proponga otra vez a la comunidad internacional despenalizar la coca. Lo hará en la próxima reunión de la Comisión Antidrogas de la OEA, según recientes anuncios oficiales, alegando la necesidad de “revalorizar” y “dignificar” la hoja de coca. “Lucha contra el narcotráfico, pero sin coca cero”, será la proclama boliviana en tal ocasión.
Y dale con la coca, en actitud equivalente a golpearse la cabeza contra un muro hecho de una comunidad internacional firmemente dispuesta a seguir firme en la lucha para la erradicación de las drogas.


Cultura individualista
Juan Carlos Rivero
Muchos propietarios de negocios asentados sobre la avenida Cristo Redentor perderán los accesos pavimentados que ellos mismos construyeron desde la franja asfáltica hasta sus puertas. La ampliación de la vía que se está llevando a cabo obliga a tener que retirar las losetas, ladrillos, piedras y hormigones que cada cual colocó según su propia conveniencia. Aquí sale a relucir, una vez más, la cultura individualista que nos caracteriza, bajo la cual perdemos la oportunidad de cosechar los frutos del trabajo mancomunado.
Años atrás, si estos propietarios se hubiesen puesto de acuerdo para pavimentarlo todo de un saque, seguramente lo habrían logrado por la décima parte de lo que cada uno gastó en su franja particular. El ahorro en materiales, mano de obra y tiempo se multiplica cuando se piensa en grande, con mentalidad mayorista, con criterio eficiente. Ahora, la ciudad tiene que absorber el costo adicional de retirar esos accesos ‘privados’ antes de ampliar la vía.
La cultura individualista se manifiesta por donde miremos. En casi todas nuestras viviendas hemos levantado muros enormes para protegernos del crimen, pero somos incapaces de construir una cárcel pública que reúna las condiciones de infraestructura que todo penal debe tener. ¡Imagínese el Chonchocorazo que podríamos edificar con todos los ladrillos de nuestras bardas!
Cuando ingresamos a un mercado, nos tropezamos con cientos de comerciantes que ofrecen los mismos productos al mismo precio. ¿A nadie se le prende el foquito para tratar de asociarse, reducir costos y brindar un mejor servicio al cliente? No, esto no es posible porque el individualismo hace que la desconfianza hacia los demás se sobreponga a los beneficios de la asociación.
Claro que la desconfianza entre nosotros tiene también su razón de ser porque nunca faltan los perezosos, los aprovechadores, los que quieren beneficiarse de las obras comunitarias sin mover un dedo ni poner un peso. Conozco la experiencia de una unidad vecinal que decidió pavimentar el barrio por cuenta propia. Los vecinos se organizaron, se repartieron responsabilidades, sacaron cuentas, pidieron cuotas y pusieron manos a la obra. Al principio, el pavimento avanzaba sin problemas, pero a la hora de la verdad algunos se hicieron los opas con los aportes. Como represalia, los ejecutores decidieron no pavimentar frente a la casa del deudor. Algunos de los que no pagaron todavía tuvieron la desfachatez de acusar a los encargados de robarse la plata. Resultado final: un barrio semipavimentado y vecinos peleados.
¿Quién podrá sacudirnos de nuestra cultura individualista?