Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Viernes 3, noviembre de 2006
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Silencio protege a linchadores San Julián. Nadie quiere hablar del linchamiento del joven que fue sindicado de atracar a mototaxistas. El fiscal aseguró que tienen identificados a los instigadores. El alevoso crimen ocurrió el 12 de octubre
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Crimen. Al parecer, el asesinato de Marcelino puede quedar en nada. La Fiscalía y la Policía aseguran que siguen en la etapa de identificación de los autores
Rubén Darío Méndez Chávez

Casi un mes después del linchamiento de Marcelino R.P. (12 de octubre), en manos de una turba enardecida de mototaxistas y pobladores de San Julián, el fiscal Basilio Villca asegura que ya tiene identificados a los presuntos instigadores de aquel crimen, pero no actúa porque está aguardando que baje la tensión social en el pueblo para luego citarlos a declarar.
Además, el código del silencio que empezó a regir después de ocurrido el linchamiento ha hecho que las investigaciones no avancen con más celeridad.
El jefe policial de San Julián, Samuel Ortega, admitió que los mototaxistas y los familiares de las víctimas de los atracos se cuidan de hablar sobre el crimen ocurrido. Similar criterio expresó el fiscal Villca, pero dijo que primero está investigando los casos de robo de motocicletas y los hechos que originaron el linchamiento de un presunto atracador y que dejó herido a otro.
Después del crimen, algunos dirigentes de los mototaxistas desaparecieron de San Julián, mientras que otros mantienen reuniones frecuentes en lugares clandestinos. El ambiente sigue tenso, al extremo que la presión de los mototaxistas obligó al fiscal a incluir en el proceso por el robo de motocicletas al casero de la propiedad El Vergel, Mateo Rojas, que a principio había sido separado porque no existían indicios en su contra. Ahora, sin embargo, está detenido bajo el argumento de que supuestamente era cómplice de Bernardino R.M., el joven que mantenía una relación sentimental con una de sus hijas. Además, porque varios atracos se dieron frente a su predio.
Esa misma forma de presionar fue la que se vio poco antes de ocurrido el linchamiento. Los mototaxistas hicieron que el fiscal y dos policías vayan hasta la ciudad de Montero para atrapar a Marcelino. Cuando éstos retornaban, otro grupo de transportistas se concentró en el lugar donde ocurrieron los dos últimos atracos, a cinco kilómetros de San Julián, para interceptar y secuestrar a los sospechosos, a los que golpearon sin piedad. Uno de ellos, Marcelino, fue asesinado en la plaza principal, a los pies de una cruz de madera.
Otra muestra de presión se ejerció tres días después. Una comitiva, integrada por mototaxistas, el fiscal y los policías, tuvo que trasladarse hasta la comunidad de Santa Rosa del Sara para aprehender a Aldo R.M., hermano de Bernadino.
Bernardino actualmente está recluido en la carceleta policial de San Julián acusado de ser cómplice en el atraco a los mototaxistas. Mientras que Mateo Rojas y Aldo fueron trasladados hasta la cárcel de Palmasola. La hija de Mateo, de 15 años, fue llevada al hogar Renacer, por disposición del juez William Escalante.
Luego el fiscal Villca explicó que Mateo no tuvo nada que ver con los hechos, pero fue enviado preso para evitar que sea linchado.
La historia que provocó que un gremio se atreva a linchar a un hombre y a mantener amenazadas a las autoridades comenzó cuando el mototaxista David Paredes Álvarez fue víctima de un atraco. Según su declaración, trasladó en su motocicleta a un joven que trabajaba en una lavandería de vehículos, al que logró identificar después como Marcelino. Dijo que al llegar frente al predio El Vergel otros dos individuos lo golpearon con un fierro y cuando creyeron que estaba muerto, se llevaron la motocicleta.
Al día siguiente del atraco, casi a la misma hora (19:30), atraparon a Bernardino cuando retornaba de Montero, donde se cree que fue a dejar la motocicleta robada. Ante el hostigamiento y los golpes de parte de los mototaxistas y familiares de la víctima, Bernardino delató a los hermanos Marcelino y Aldo.
Aquella noche en el pueblo ya circulaba la versión de que a los atracadores los iban a linchar. Pese a esa advertencia, el jefe policial no tomó los recaudos necesarios y el alcalde, Germán Villca, desapareció del pueblo, dijo el sacerdote Ruperto Rodríguez, que intentó calmar los ánimos de la turba, pero todo fue inútil.

 Los antecedentes

El 12 de mayo. El taxista Eusebio Cuti Porras (40) fue asaltado en el barrio Los Tajibos de San Julián. Le arrebataron su motocicleta.

El 27 de junio. Asesinaron a Basilio Lizarazu para robarle la motocicleta. El hecho ocurrió frente al predio El Vergel, pero no fue denunciado a la Policía.

El 10 de octubre. Asaltaron a David Paredes Álvarez. Se llevaron la moto. La víctima se hizo el muerto y después logró identificar a Bernardino.

El vía crucis de los dos sindicados

Los ocho policías que prestan servicio en San Julián, incluidos el comandante, Samuel Ortega y el fiscal, Basilio Villca, fueron testigos una noche antes de que los ánimos de los mototaxistas estaban caldeados, así que prepararon todo para que tras la llegada del principal sindicado Marcelino y de su presunto cómplice Bernardino, sean llevados ante el juez cautelar.
Sin embargo, no sucedió como lo planificaron. Alrededor de las 7:30, decenas de mototaxistas se habían concentrado en el lugar donde ocurrió el último atraco. En el mismo sitio, frente a la propiedad El Vergel, se hallaba una cruz en memoria de Basilio Lizarazu, otro mototaxista que hace casi cinco meses fue asesinado.
Allí, la caravana de cinco vehículos que retornaba de Montero con los dos aprehendidos, más dos motocicletas y dos bicicletas que fueron halladas en poder de Marcelino, fue interceptada y le arrebataron a los dos sospechosos.
Desde ese lugar, a cinco kilómetros de San Julián, Marcelino y Bernardino fueron obligados a cargar la cruz que había en el sitio. Luego, como recordando el vía crucis de Jesucristo, los llevaron caminando, mientras la turba enardecida los azotaba y los golpeaba con patadas y puñetes.
Algunos testigos dijeron que los dos jóvenes fueron castigados de manera inhumana. Cada vez que caían, eran levantados jalados de los cabellos. Los dos uniformados que los traían y el fiscal Villca fueron separados, quedando bajo control de los mototaxistas y los familiares de las víctimas de los atracos.