Bloqueos a la orden del día
Quebrantar la ley es ejercicio preferido de los bolivianos. Como no tiene
sanción alguna porque eso es lo que se estila en los países de Jauja similares
al nuestro, pues, a quebrantar la ley se ha dicho. Y es que, además de ser una
práctica impune, no deja de causar gracia la cara de asombro o más bien de
rabia, que ponen los pocos que todavía creen que somos seres racionales.
La ley fundamental consagra la libertad de circulación. Dicho en palabras más
sencillas y directas, todos los estantes y habitantes de nuestro territorio,
mientras los fines sean lícitos, pueden moverse sin temor a restricción alguna.
Suficiente, motivo más que suficiente para coartar esa libertad, para negarla a
capricho, para interrumpirla sin vísperas.
El bloqueo es el medio efectivo y demoledor para consumar la cancelación del
derecho a circular. El bloqueo alcanza éxitos rotundos y espectaculares cuando
afecta a una ciudad, a un camino de los pocos que tenemos, a una avenida, a una
calle, a un sendero, en fin. Se bloquea utilizando personas, armas de todo
calibre, palos, piedras, excavando zanjas, tensando gruesos cordones, etcétera.
Los bloqueadores son hombres, son mujeres, son viejos, son niños. Y para que no
se tornen aburridos, se los matiza con unos buenos tragos de alcohol y unos
puches de coca que están de moda desde hace cincuenta años y un poquito más.
El bloqueo no es la medida extrema, no es el recurso último al que se llega
cuando todas las formas racionales de transacción han fracasado. El bloqueo es
previo al planteamiento, a la discusión, al análisis de los posibles pro y de
los posibles contra. A bloquear primero, manda la práctica, lo demás es irse por
las ramas y en esto sí que no podemos permitirnos el lujo de perder el tiempo.
A quién le importa un pito que las víctimas del bloqueo sean personas,
comunidades, pueblos que no tienen velas en el entierro, como vulgarmente se
dice. A quién le importa que un pequeño productor no pueda llegar a los mercados
de consumo y vea podrirse sus productos a merced del camino bloqueado. A quién
le importa que la comunidad grande y pequeña no puedan abastecerse de artículos
de primera necesidad porque los bloqueadores están firmes y soberbios cerrando
el paso a moros y cristianos. Los bloqueos, por lo general, no hacen mella a la
parte contraria, a la autoridad, al gobierno. Los bloqueos agudizan la miseria,
las privaciones de los desposeídos especialmente.
Pero, meta bloqueos. Bloqueo por aquí, bloqueo por allá, bloqueo hasta de los
que están bloqueados física y espiritualmente. Es la más efectiva forma de
escarnecer la ley, que constituye, como decimos al comienzo, la gimnasia diaria
de nuestra predilección.
Un poco de cordura en las calles
Juan Carlos Rivero
Cuando la agresividad y la demencia se apoderan del tráfico urbano de Santa
Cruz, hace falta que los pocos conductores cuerdos –que seguramente existen– se
atrevan a ser corteses en las calles, por el bien de todos. Digo que se atrevan,
porque requiere valentía realizar algo que nadie hace. Precisa de coraje tratar
de ser considerado con los demás en medio de gente ensimismada.
Somos tan agresivos cuando conducimos que hasta nos hemos olvidado de pensar.
Veamos algunos ejemplos de esta demencia colectiva y lo que podemos hacer para
implantar un poco de cordura.
Cuando una cadena interminable de vehículos se mueve lentamente somos incapaces
de ceder el paso a peatones que han estado esperando varios minutos para cruzar
la calle. Cediéndoles el paso no nos quita ni un segundo a los conductores
puesto que podemos reengancharnos a la cadena inmediatamente. Pongamos en
práctica este consejo en inmediaciones de los mercados y en lugares concurridos,
como la Monseñor Rivero.
El giro a la izquierda desde el carril derecho es una de las armas más
utilizadas por los choferes desconsiderados. Se cruzan delante de unas cuatro
filas de vehículos –obstruyendo todo el tráfico de la avenida– sólo porque
tienen que doblar ahí mismo. A veces sacan la manito como diciendo “perdonen
esta boludez que estoy cometiendo”. ¿No le parece que resulta mejor ir hasta la
siguiente intersección para hacer el giro sin perjudicar a nadie?
Los micreros, en una aparente demostración de sadismo, se paran a recoger
pasajeros en la mismísima esquina y sin apegarse al cordón de la acera. Pudieron
haberse detenido 20 metros más adelante para que sus clientes suban con mayor
seguridad, pero ¡no!, alguien tiene que obstruir la intersección. Como dicen que
estos señores trabajan 18 horas al día, que algún pasajero se digne en
informarles de que existen seres humanos fuera de esa vitrina en la que viven.
Algo similar ocurre con los conductores de vehículos particulares que estacionan
en doble fila. Las autoridades están intentando civilizarlos colocándoles un
cartel grandote en el parabrisas que dice “infractor”. No creo que esto funcione
a menos que esta palabra se la marquen en el trasero, como se hace con el
ganado. La otra opción, más viable por cierto, es que las autoridades
desempolven la grúa y saquen a los abusivos de circulación.
Con un poco de sentido común podemos humanizar la jungla de cemento de la
ciudad.
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