Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Miércoles 25, octubre de 2006
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Bloqueos a la orden del día

Quebrantar la ley es ejercicio preferido de los bolivianos. Como no tiene sanción alguna porque eso es lo que se estila en los países de Jauja similares al nuestro, pues, a quebrantar la ley se ha dicho. Y es que, además de ser una práctica impune, no deja de causar gracia la cara de asombro o más bien de rabia, que ponen los pocos que todavía creen que somos seres racionales.
La ley fundamental consagra la libertad de circulación. Dicho en palabras más sencillas y directas, todos los estantes y habitantes de nuestro territorio, mientras los fines sean lícitos, pueden moverse sin temor a restricción alguna. Suficiente, motivo más que suficiente para coartar esa libertad, para negarla a capricho, para interrumpirla sin vísperas.
El bloqueo es el medio efectivo y demoledor para consumar la cancelación del derecho a circular. El bloqueo alcanza éxitos rotundos y espectaculares cuando afecta a una ciudad, a un camino de los pocos que tenemos, a una avenida, a una calle, a un sendero, en fin. Se bloquea utilizando personas, armas de todo calibre, palos, piedras, excavando zanjas, tensando gruesos cordones, etcétera. Los bloqueadores son hombres, son mujeres, son viejos, son niños. Y para que no se tornen aburridos, se los matiza con unos buenos tragos de alcohol y unos puches de coca que están de moda desde hace cincuenta años y un poquito más.
El bloqueo no es la medida extrema, no es el recurso último al que se llega cuando todas las formas racionales de transacción han fracasado. El bloqueo es previo al planteamiento, a la discusión, al análisis de los posibles pro y de los posibles contra. A bloquear primero, manda la práctica, lo demás es irse por las ramas y en esto sí que no podemos permitirnos el lujo de perder el tiempo.
A quién le importa un pito que las víctimas del bloqueo sean personas, comunidades, pueblos que no tienen velas en el entierro, como vulgarmente se dice. A quién le importa que un pequeño productor no pueda llegar a los mercados de consumo y vea podrirse sus productos a merced del camino bloqueado. A quién le importa que la comunidad grande y pequeña no puedan abastecerse de artículos de primera necesidad porque los bloqueadores están firmes y soberbios cerrando el paso a moros y cristianos. Los bloqueos, por lo general, no hacen mella a la parte contraria, a la autoridad, al gobierno. Los bloqueos agudizan la miseria, las privaciones de los desposeídos especialmente.
Pero, meta bloqueos. Bloqueo por aquí, bloqueo por allá, bloqueo hasta de los que están bloqueados física y espiritualmente. Es la más efectiva forma de escarnecer la ley, que constituye, como decimos al comienzo, la gimnasia diaria de nuestra predilección.


Un poco de cordura en las calles
Juan Carlos Rivero

Cuando la agresividad y la demencia se apoderan del tráfico urbano de Santa Cruz, hace falta que los pocos conductores cuerdos –que seguramente existen– se atrevan a ser corteses en las calles, por el bien de todos. Digo que se atrevan, porque requiere valentía realizar algo que nadie hace. Precisa de coraje tratar de ser considerado con los demás en medio de gente ensimismada.
Somos tan agresivos cuando conducimos que hasta nos hemos olvidado de pensar. Veamos algunos ejemplos de esta demencia colectiva y lo que podemos hacer para implantar un poco de cordura.
Cuando una cadena interminable de vehículos se mueve lentamente somos incapaces de ceder el paso a peatones que han estado esperando varios minutos para cruzar la calle. Cediéndoles el paso no nos quita ni un segundo a los conductores puesto que podemos reengancharnos a la cadena inmediatamente. Pongamos en práctica este consejo en inmediaciones de los mercados y en lugares concurridos, como la Monseñor Rivero.
El giro a la izquierda desde el carril derecho es una de las armas más utilizadas por los choferes desconsiderados. Se cruzan delante de unas cuatro filas de vehículos –obstruyendo todo el tráfico de la avenida– sólo porque tienen que doblar ahí mismo. A veces sacan la manito como diciendo “perdonen esta boludez que estoy cometiendo”. ¿No le parece que resulta mejor ir hasta la siguiente intersección para hacer el giro sin perjudicar a nadie?
Los micreros, en una aparente demostración de sadismo, se paran a recoger pasajeros en la mismísima esquina y sin apegarse al cordón de la acera. Pudieron haberse detenido 20 metros más adelante para que sus clientes suban con mayor seguridad, pero ¡no!, alguien tiene que obstruir la intersección. Como dicen que estos señores trabajan 18 horas al día, que algún pasajero se digne en informarles de que existen seres humanos fuera de esa vitrina en la que viven.
Algo similar ocurre con los conductores de vehículos particulares que estacionan en doble fila. Las autoridades están intentando civilizarlos colocándoles un cartel grandote en el parabrisas que dice “infractor”. No creo que esto funcione a menos que esta palabra se la marquen en el trasero, como se hace con el ganado. La otra opción, más viable por cierto, es que las autoridades desempolven la grúa y saquen a los abusivos de circulación.
Con un poco de sentido común podemos humanizar la jungla de cemento de la ciudad.